Hay en español una riqueza que las lenguas vencedoras del comercio global han ido perdiendo sin nostalgia. El inglés liquidó hace siglos su «thou» y se quedó con un «you» único, plano, que sirve igual para Dios que para el cobrador de morosos. Nosotros conservamos todavía esa articulación delicada entre el tú y el usted, dos pronombres que no son sinónimos con distinta etiqueta, sino dos maneras distintas de situarse ante el otro, dos temperaturas del trato. El tú abraza, acerca, presupone una complicidad o al menos una igualdad. El usted reconoce que delante hay alguien a quien todavía no conozco, una persona cuya intimidad no me ha sido concedida y cuya dignidad, precisamente por desconocida, exijo respetar. No es frialdad, es cortesía, que viene de corte y por tanto de civilización, del arte difícil de convivir con extraños sin agredirlos

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Esther Tusquets, que escribió sobre tantas cosas con la inteligencia melancólica de quien ha visto desmoronarse un mundo, dedicó páginas memorables a esta frontera. Entendía que el usted no levantaba un muro entre las personas, sino que ofrecía un umbral, un espacio de respeto previo que cada cual podía decidir cuándo y con quién franquear. Tutear a alguien era, en su mundo, una pequeña conquista que se ganaba con el tiempo o se concedía como un regalo. Hoy ese regalo ya no significa nada, porque se entrega de oficio, en la primera frase, a cualquiera, y lo que se da gratis a todos deja de ser un don para convertirse en una norma de empresa.

Porque conviene nombrar al responsable. La abolición del usted en España no ha sido un fenómeno espontáneo del habla, una de esas mareas que suben desde la calle. Ha sido una decisión de despacho, importada por las grandes corporaciones del norte. Fueron las multinacionales del mueble y de la ropa, las cadenas de comida rápida, las plataformas que nos hablan desde una pantalla, quienes resolvieron que a su cliente había que tutearlo. El gigante sueco que nos invitó a la república independiente de nuestra casa trajo consigo el igualitarismo escandinavo del tú universal, y detrás vinieron todos los demás. El cálculo era transparente: el tú vende, el tú elimina la distancia que separa al consumidor de su deseo, el tú simula una amistad que agiliza la transacción. No nos tutean por respeto a nuestra cercanía, nos tutean para vendernos más deprisa. Lo que se presentó como modernidad y campechanía era una estrategia de márketing, y la aceptamos como se aceptan casi todas las servidumbres, con la sensación de estar ganando una libertad.

Y aquí aparece la pregunta incómoda, la que de verdad importa. ¿No tendrá todo esto que ver con cierto infantilismo de la sociedad española? Porque el tuteo obligatorio, el de todos con todos y a la primera, supone un mundo sin jerarquías, sin distancias, sin grados, un mundo en el que nadie es mayor que nadie ni más sabio ni más venerable, donde el médico, el catedrático, el anciano y el adolescente comparten el mismo registro de patio de colegio. Es la gramática de una sociedad que no quiere crecer, que confunde la igualdad de derechos, sagrada e irrenunciable, con la abolición de toda diferencia de experiencia, de autoridad o de mérito. Una sociedad adulta sabe que se puede ser radicalmente iguales en dignidad y profundamente distintos en todo lo demás, y reserva el usted para custodiar esa distinción.

Una sociedad adulta sabe que se puede ser radicalmente iguales en dignidad y profundamente distintos en todo lo demás, y reserva el usted para custodiar esa distinción

La nuestra prefiere el colegueo perpetuo, la familiaridad como estado natural, el buen rollo como única liturgia. No es casualidad que el desplome del usted coincida con una época que sacraliza la juventud y desprecia la madurez, que llama experiencia a la vejez para no tener que respetarla.

La destrucción de esa frontera no nos ha hecho más libres, nos ha dejado más expuestos. Sin el usted, sin esa zona de respeto previo entre desconocidos, se multiplican los equívocos. El trato familiar prematuro genera una intimidad ficticia que tarde o temprano se cobra su factura, porque a quien se ha tuteado desde el principio cuesta luego marcarle un límite, decirle que no, exigirle una distancia. Hemos suprimido el instrumento verbal que servía precisamente para negociar la cercanía por etapas, y nos hemos quedado con dos extremos sin matices, o el desconocido absoluto o el amigo del alma, sin nada en medio.

Queda lo más perverso, lo que rara vez se confiesa. El tú no siempre acerca. Tiene una variante que humilla, la del tú asimétrico, la del que tutea hacia abajo y espera el usted hacia arriba. El señorito que ha tuteado siempre al criado que debía contestarle de usted sabía muy bien lo que hacía, y la patrona que tutea a la empleada doméstica recién llegada también. Es la forma más antigua y más eficaz de minusvalorar al inferior, negarle de entrada la cortesía que uno reclama para sí. El tuteo universal de las corporaciones disimula esa asimetría bajo una falsa democracia, pero la asimetría sigue ahí, agazapada, y reaparece intacta en cuanto hay un escalón de por medio. Por eso el usted, esa palabra que tantos consideran vetusta, era en el fondo el más igualitario de los tratamientos: obligaba a conceder a cualquier desconocido, fuera mendigo o ministro, la misma reserva, el mismo respeto inicial. Lo hemos abolido en nombre de la igualdad, y a cambio hemos recuperado, sin darnos cuenta, la vieja jerarquía del desprecio.