Este fin de semana, en el Teatro Campoamor de Oviedo, Lionel Messi recibe el Premio Princesa de Asturias de los Deportes. El acta del jurado, fechada el 3 de junio, elogia su deslumbrante talento, su humildad y su "ejemplar comportamiento dentro del campo". Todo el país pondrá de su parte para que la velada sea espléndida: la Casa Real, las autoridades, la prensa. A nadie se le ocultará que el invitado de honor llega de protagonizar, en julio, la imagen más grosera que ha dado el fútbol español en mucho tiempo.

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El 19 de julio, en el estadio de Nueva Jersey, España ganó a Argentina la final del Mundial con un gol de Ferran Torres en la prórroga. Cuando los argentinos recogieron sus medallas de plata, los españoles les hicieron pasillo y los aplaudieron; Messi pasó el primero entre esos aplausos. Minutos después, cuando Rodri levantó la Copa del Mundo, la selección argentina se había dado la vuelta, de espaldas al podio, saludando a su propia grada. Leandro Paredes había sido expulsado después del pitido final por agredir a dos rivales. Preguntado por el gesto de sus contrincantes, Dani Olmo respondió con serenidad: "No nos importa". Semanas más tarde, el cuerpo técnico argentino quiso zanjar la polémica con una claridad tranquilizadora: "No hubo despecho".

Puede creerse. Y da igual. El despecho de Argentina es asunto de Argentina; perder una final debe de doler. Lo que importa es la respuesta española, y ahí no hay gesto que interpretar: hay hechos. Entre el 19 de julio y esta semana de octubre, España dispuso de tres meses para guardar una distancia digna, o al menos para guardar silencio. No hizo ninguna de las dos cosas. El fallo del jurado es anterior a la final, es cierto, y nadie serio pide que se invalide un premio por una descortesía. Se pide otra cosa, algo más modesto: que alguna institución, en algún momento del camino, tuviera la decencia de sonrojarse.

Quien sospeche que se trata de una torpeza aislada de calendario debería recordar lo que ha pasado este mismo otoño en Ceuta: 141 ahogados en la frontera, buques de guerra marroquíes en aguas españolas y un Gobierno que lo llamó "hecho puntual" y confesó, tres meses después, que "se podía haber gestionado mejor". La otra mejilla, otra vez.

La explicación que suele darse es de fondo histórico: en España se instaló hace décadas un acomplejamiento singular, la idea de que para demostrar al mundo cuán abiertos, modernos y tolerantes somos debemos rebajar la propia dignidad y pasar por alto los agravios. Confundimos la cortesía con la sumisión y la magnanimidad con la amnesia. La hospitalidad, elevada a doctrina de Estado, funciona en una sola dirección. Ninguna nación de nuestro entorno, con un sentido sano de su propio valor, premia institucionalmente a quien acaba de despreciar públicamente a sus deportistas, ni llama "hecho puntual" a una incursión naval en su territorio.

Admirar el genio ajeno es señal de inteligencia; hacerlo a costa del respeto propio es síntoma de debilidad

Y sin embargo el complejo carece de fundamento. España es una nación con una historia milenaria que cambió la geografía moral y cultural del planeta, con un patrimonio artístico sin equivalente, con una lengua que hablan cientos de millones de personas y con una hegemonía deportiva que acaba de refrendarse con una segunda estrella mundial ganada, por cierto, contra el propio homenajeado. No existen razones objetivas para el complejo de inferioridad. Hay motivos sobrados para un orgullo sereno, que es otra cosa que la jactancia: es simplemente negarse a pagar los agravios con agradecimiento.

Admirar el genio ajeno es señal de inteligencia; hacerlo a costa del respeto propio es síntoma de debilidad. Cuando un premio de la Corona se entrega pasando por alto el desprecio previo hacia quienes defendieron nuestros colores, el galardón no engrandece a quien lo recibe: empequeñece a quien lo otorga. Y un país que se habitúa a no hacerse respetar en los gestos simbólicos acaba sin recursos para hacerse respetar en los que importan. En Oviedo y en Ceuta, este mismo otoño, España ha hecho las dos pruebas, y las ha suspendido las dos.