Dijeron que no habría paz en las calles y la promesa se va cumpliendo. La llama de la revolución prende fácil en esta izquierda como de celofán, aunque en realidad no se hace la revolución robando enmascarado una consola, como un panal, ni representa ninguna democracia nueva, vieja u olvidada prenderle fuego a ésta como si fuera un establo. Aunque la izquierda intente desmarcarse de los saqueos y los disturbios, los vándalos no hacen sino aprovecharse del caos que ella está provocando y promoviendo, con su reivindicación y su estética de las muchedumbres, la lucha, la fuerza bruta, la justicia o el desquite por la propia mano, esa “moral de linchamiento” que Bertrand Russell achacaba a los puritanismos. La izquierda, con sus tocas pacifistas, su plumaje de besos y su herpes del amor, pasa pronto al tumulto o la guerrilla, no porque cambie de principios sino porque sólo cambia de táctica. El pueblo es sabio hasta que te da la espalda y la democracia es aceptable hasta que no te votan ni los que van a tu tasca a vomitar sobre el serrín las bolas de pelo de las barbas de sus profetas. Entonces, recuerdan las injusticias eternas y los fetiches históricos, cae uno en que es sindicalista con camisa de leñador o profesor de un instituto con humedades arqueológicas, y salen a tomar la calle precisamente porque no es suya, que a ver si no para qué.

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La izquierda admira ese fuego en el que arde la democracia, sea por su mano o por otra mano cercana o lejana pero en todo caso aliada, amiga, que aquí les vale igual Sánchez, Putin, China o Irán. La izquierda admira cómo arden, igual que un museo de cera, los ayuntamientos a vela, las tiendas todas como de jerséis y peluquines de rico, las calles mojadas de madrugada como de gasolina, las góndolas de las diosas y los caballos de los tejados, que hasta en el barroquismo o neoclasicismo de las ciudades (va por barrios) se nota el avasallamiento capitalista, que es como veneciano. No está seguro uno de qué busca la izquierda, por lo menos aquí, saliendo a la calle con cacerola, antifaz o mechero. No puede ser el poder porque ya lo tenían, o al menos tenían ministerios grandes, esponjosos y chorreantes como tartas nupciales, muy bien repartidos en el banquete. Tampoco puede ser la justicia, porque el pobre, el currante y el que vive bajo un chubasquero en un zulo abuhardillado han seguido en su continuidad y resignación históricas aun gobernando ellos, o sobre todo gobernando ellos.

La izquierda admira ese fuego en el que arden sus enemigos o sus fetiches, como una iglesia que arde, como un palco que arde, pero no se trata sólo de volver al fuego atávico y ritual, para el que, por otro lado, tampoco necesitan muchas razones. Se trata, sobre todo, de supervivencia. Cuando al personal le parece que la izquierda, o al menos cierta izquierda, allí pasando la esquina de la socialdemocracia como pasando el estanco, no sirve para nada, ni para gobernar ni para quejarse, se hace necesario inventar una utilidad fuera de los ministerios y fuera del sistema. Ahí es cuando vuelve otra vez la Revolución, o al menos el remedo de Revolución, prendiendo fuego a esa realeza de la ciudad que son las boutiques o las fuentes con estatua. Quieren que pensemos que la izquierda es útil incluso, o sobre todo, cuando no gobierna. O que, una vez encendida la llama poética y material de la Revolución, si llegan a gobernar otra vez, si vuelven a sus ministerios achampanados, sí se podrán cambiar las cosas. En democracia nunca consiguen nada y sustituyendo la democracia por sus utopías sólo consiguen ruina, miseria, crueldad y corrupción. Esta Revolución o amago de Revolución, esta purificación por el fuego y por el hierro, esta cosa un poco vikinga que tiene la izquierda, este éxtasis por la violencia propia o prestada, les sirve como reinicio del cuento. En realidad sólo quieren que les vuelvan a votar para el ayuntamiento navideño o para el escañito como un trono de casita de chocolate, que entonces se acabarán todos los fuegos.

En democracia nunca consiguen nada y sustituyendo la democracia por sus utopías sólo consiguen ruina, miseria, crueldad y corrupción"

La izquierda sólo quiere reiniciarse, que ahora está atascada como la roomba, y seguir sobreviviendo. En cuanto a los demás encapuchados, van a lo suyo: el que quiere la consola va a por la consola y el que quiere el caos va a por el caos, que es un fin en sí mismo cuando buscas la destrucción. Sánchez no sé si aún tiene la esperanza de sobrevivir (a las elecciones, a la verdad y a la Justicia), aunque alguien que lo fía todo a campañas que duran tres días, a hacer de travoltín con paquetón de calcetín, a aparecer ante el Guernica como haciendo un anuncio de Micolor, a salir en televisión intentando hacer chistes con su cara de tambor muy tensado; alguien así, decía, me parece que ya lo da todo por perdido. Pero, si hay alguna oportunidad, sabe que está en el caos. Sánchez sigue su plan, que es que arda todo para poder escaparse entre las llamas, como un terminator. La izquierda sigue su plan, que es renacer de las cenizas, las virutas y el fracaso cada cierto tiempo. Y tambíen Putin, China e Irán siguen sus planes de guerra híbrida contra Occidente. Y todos ellos se ayudan y se retroalimentan. La izquierda en el caos parece más poderosa, Europa en el caos parece ya derrotada, y la civilización en llamas les suena al paraíso a los infames y fanáticos cabreros islamistas. Hay que persistir, pues, en la civilización y en la democracia, que es lo contrario a que las ciudades ardan por culpa no sólo de encapuchados sino también de maestritos.

Por diferentes razones, con diferentes actores pero con esa sincronía que a veces presta la historia, arde Francia como una barquita, arde Italia como un telón, arde Barcelona como una fachada o una mecedorita de Gaudí, y puede arder toda España o toda Europa por ese conjuro del fanatismo o de la estupidez capaz de hacer que ardan la piedra, el agua, la libertad y hasta la verdad como si sólo ardiera un cuadro. El afán destructor de la izquierda se ha unido al afán destructor de minorías anticivilizatorias, de potencias extranjeras y hasta de Sánchez, que es el gran destructor, como un meteorito o una bestia apocalíptica. La violencia siempre ha sido el medio más directo para conseguir cualquier cosa, algunos dirían que el medio natural. La mayoría de la historia de la humanidad no es sino violencia pura más o menos organizada, y desde Homero o Plutarco hasta ahora mismo seguíamos considerando grandes hombres a ambiciosos sanguinarios. La paz es un lujo, además de la prueba de que nuestra democracia liberal es, de momento, la cumbre de la civilización. Por eso la atacan los totalitarios, los autócratas, los fanáticos, los primitivos con su fuego primitivo. También los de aquí, al menos hasta que consigan otro gobiernito de progreso y otro ministerio de mantequilla. Y ya, hasta la próxima vez que necesiten la carnaza del pueblo y el infierno en las calles.