María Corina Machado ha regresado a Venezuela en medio de entusiastas recibimientos populares cargados de expectativas. Tiene propósitos y una agenda marcada.
Marco Rubio advirtió: "A quien intente descarrilar la negociación le irá mal". Eso, dentro de lo malo, es una buena señal, si sabemos gestionar la situación con liderazgo, como ciudadanos, como demócratas, como aliados e incluso como adversarios. El escenario y las condiciones son mejores que las del Japón bajo la tutela de Douglas MacArthur, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. Es una gran oportunidad para Venezuela, para EEUU, para la oposición y para el Gobierno. A mayor liderazgo, mayor responsabilidad. La política es un oficio con propósitos y mucha vocación de servicio; en caso contrario, produce efectos indeseables, como los sufridos en las últimas tres décadas en el país.
La presencia de María Corina en el país seguramente le dará confianza a los inversores norteamericanos e internacionales, cautelosos hasta ahora; puede favorecer electoralmente a los parlamentarios republicanos que se presentan a las elecciones del próximo 3 de noviembre, en particular, en lo que respecta al voto latino. En cuanto al Gobierno en ejercicio, probablemente les provoque algo de vértigo su presencia, pero ya tienen parte de la tarea adelantada tras el evento del 3 de enero y la obligación de operar bajo el GPS de Washington o, si prefieren, de Trump. Más específico e incómodo, imposible. Las garantías de los Rodríguez no las define la bentornata, sino el tutelaje, que no en balde allana el camino.
Otra ventaja es la construcción de una dirección política de oposición capaz de conducir y garantizar la gobernanza y no morir en el intento. En esto, es bueno tener presentes dos escenarios latentes, con el ánimo de no repetirlos: el de aquel par de Rómulos; el final de Gallegos en el 47, derrocado luego de haber ganado las primeras elecciones presidenciales celebradas en Venezuela con el voto universal, directo y secreto, en las que obtuvo más del 70 % de los sufragios; y el escenario bélico y violento que se produjo en los 60 durante el periodo de Betancour, con unos cuarteles agitados y en modo de rebelión, con atentados, insurrectos y la implosión de su propio partido, Acción Democrática (AD). De ahí el valor de la inclusión y la tolerancia, bienes tan escasos en estos tiempos.
Deponer el modelo chavista polarizante, que impuso la visión del otro como enemigo y no como adversario conceptual o ideológico, sería un ejercicio prudente y saludable
El presente requiere mucha sabiduría, paciencia y madurez para que el futuro sea sólido y perdurable. Apostar por el éxito de la transición requiere un alto y auténtico compromiso, además de asumir los costes que esto comporta. Hay que anticipar eventos para construir escenarios y dotarnos de reglas claras. Deponer el modelo chavista polarizante, que impuso la visión del otro como enemigo y no como adversario conceptual o ideológico, sería un ejercicio prudente y saludable.
Ciudadanizar la institucionalidad y reponer el orden militar dentro de las Fuerzas Armadas son prioridades para el fortalecimiento de la democracia como modelo estable y transparente. Hay que recuperar los acuerdos para garantizar un sistema robusto (que no desemboque en autoritarismo). Debemos recuperar la institucionalidad y una separación de poderes sólida, con instituciones autónomas e independientes en los ámbitos económico y político.
Por ejemplo: un Banco Central de Venezuela que tenga perfecta autonomía de vuelo como órgano rector de la política monetaria; un Consejo Nacional Electoral potable; unos acuerdos políticos supraconstitucionales que limiten el terreno de juego antes de entrar en la cancha; elecciones presidenciales sin reelección y con balotaje; y la separación de todos los procesos electorales para evitar la perversión y el riesgo de las megaelecciones concebidas hasta ahora "para que el que gane, gane todo". También hay que prever la representatividad proporcional de las minorías. Se deben garantizar elecciones presidenciales y legislativas para elegir a los diputados de la Asamblea Nacional cada cinco años, con fechas inamovibles que impidan el uso del poder para maniobrar los cronogramas electorales.
Podemos convertir el retorno de MCM en un punto de inflexión beneficioso para todos, para salir de este estado de indefensión constante en el que nos vemos inmersos, condenados al colapso eléctrico, a la precariedad de los servicios, empujados al destierro como única alternativa ante la falta de oportunidades, la desalarización y la hiperinflación asfixiante. Los venezolanos siguen optando por la diáspora para crecer en el exilio y alimentar desde allí, con las remesas, a quienes sobreviven en el insilio.
Estamos frente a la posibilidad de romper el espejo o repetirnos en él. Existen más preguntas e inquietudes que respuestas. Venezuela hoy es en sí misma una respuesta en construcción.
Américo de Grazia es exdiputado venezolano, exprisionero político y activista de derechos humanos y ambientales
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