Tras el Dry January, que propone reducir o eliminar el consumo de alcohol durante el primer mes del año, febrero ha quedado reservado para otro tipo de abstinencia: la digital. La campaña global Phone Free February vuelve a plantear un reto sencillo en su formulación y complejo en la práctica: reducir de forma drástica, o incluso suspender, el uso del teléfono móvil durante todo el mes. El objetivo es revisar la relación cotidiana con el smartphone y el impacto que tiene en nuestro bienestar psicológico.
La iniciativa, impulsada por la Global Solidarity Foundation coincidiendo con el debate en España sobre la restricción del uso de redes sociales para menores de 16 años propuesta por el Gobierno, parte de una constatación básica: los teléfonos inteligentes están diseñados para captar atención de forma constante. Según datos difundidos por la organización, un usuario medio consulta el móvil alrededor de 221 veces al día, una cifra que apunta más al automatismo que a la necesidad consciente.
Inspirado en campañas de cambio de hábitos como el propio Dry January, Phone Free February no exige una desconexión absoluta. Los organizadores asumen que para muchas personas –por motivos laborales o académicos– prescindir del móvil resulta inviable, por lo que proponen alternativas graduales: reducir el uso de redes sociales, limitar notificaciones o establecer franjas horarias sin pantalla.
La relación con la salud mental
El foco principal del movimiento es la relación entre el uso intensivo del smartphone y la salud mental. Diversos especialistas han advertido de la asociación entre el consumo excesivo de pantallas y problemas como ansiedad, alteraciones del sueño o sensación de aislamiento social, un contexto en el que estas campañas buscan introducir pausas deliberadas.
En esa línea, la psicóloga Luciane Rabello, directora de la fundación intelectual TalentSphere, ha señalado que el reto no debe entenderse como una renuncia radical, sino como un ejercicio de observación consciente. “El Febrero Sin Móvil no debe considerarse solo como un reto radical de desconexión, sino como una oportunidad para analizar conscientemente cómo utilizamos nuestros dispositivos”, ha explicado, subrayando que las pausas digitales pueden favorecer la concentración, la presencia y el equilibrio emocional.
Consejos prácticos
Rabello insiste también en que la tecnología no es el problema en sí, sino la pérdida de control sobre su uso. “La idea no es demonizar la tecnología, sino fortalecer nuestra capacidad de elección: cuándo, cómo y durante cuánto tiempo interactuamos con nuestros teléfonos móviles”, ha afirmado.
Más allá del reto simbólico, la campaña propone medidas prácticas: silenciar notificaciones no urgentes, evitar el móvil antes de dormir, reducir el tiempo de pantalla en momentos de ocio o fijar objetivos diarios de uso. Estrategias que apuntan a frenar conductas automáticas y a combatir fenómenos cada vez más extendidos como la nomofobia –el miedo irracional a quedarse sin el teléfono– .
El planteamiento, en todo caso, no pasa por abandonar la tecnología, sino por revisar su lugar en la vida diaria. Un mes como experimento. Lo suficiente, al menos, para comprobar hasta qué punto el móvil organiza –o desordena– el tiempo propio.
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