Antes de iniciar un tratamiento de fecundación in vitro con microinyección espermática, conocida como FIV con ICSI, es necesario realizar un estudio diagnóstico completo que permita valorar tanto el factor femenino como el masculino. Esta fase previa resulta clave para diseñar el protocolo más adecuado, reducir el riesgo de fallos durante el ciclo y decidir si la ICSI es la técnica más indicada. Según IVI, esta valoración previa no debe entenderse como un mero trámite antes del tratamiento, sino como una parte esencial del proceso.
Explicó que la FIV-ICSI no es un protocolo único. La dosis de medicación, la estrategia de estimulación ovárica, la elección de la técnica de fecundación y la necesidad de pruebas complementarias dependen directamente de la información obtenida antes de empezar. En aproximadamente uno de cada cinco pacientes, el estudio diagnóstico previo permite identificar factores no detectados anteriormente que obligan a ajustar o modificar la estrategia inicial. Entre ellos figuran la baja reserva ovárica, alteraciones seminales, antecedentes ginecológicos como la endometriosis, abortos previos, alteraciones hormonales o patologías uterinas que pueden condicionar la implantación embrionaria.
En la mujer, una de las pruebas más importantes antes de iniciar una FIV con ICSI es la valoración de la reserva ovárica. Esta información permite estimar la posible respuesta a la estimulación y ajustar la dosis de medicación de forma individualizada.
La reserva ovárica se estudia principalmente mediante dos pruebas complementarias: Hormona antimülleriana, AMH, un análisis de sangre que puede realizarse en cualquier momento del ciclo menstrual y permite estimar la cantidad de óvulos disponibles y orienta directamente el diseño del protocolo de estimulación, y Ecografía transvaginal con recuento de folículos antrales, RFA, que permite visualizar el útero y los ovarios, valorar su estado morfológico y estimar la respuesta ovárica. Además, puede detectar patologías como pólipos, miomas o quistes que podrían influir en la implantación embrionaria.
Junto a estas pruebas, el estudio básico en la mujer suele incluir una analítica hormonal completa con FSH, LH, estradiol, prolactina y TSH, además de serologías infecciosas obligatorias por ley, como VIH, hepatitis B, hepatitis C y sífilis. También se realiza citología cervical y, según la edad y los antecedentes de la paciente, pueden indicarse otras pruebas como mamografía, prueba de transferencia, histeroscopia o cariotipo.
En el hombre, el seminograma es la prueba fundamental antes de una FIV con ICSI. Este análisis permite valorar la concentración, movilidad y morfología de los espermatozoides, tres parámetros clave para determinar la calidad seminal y orientar la estrategia de fecundación.
Los resultados del seminograma pueden determinar si es posible plantear una FIV convencional o si es recomendable realizar directamente una ICSI. En esta técnica, el embriólogo selecciona un espermatozoide con características adecuadas y lo introduce directamente en el óvulo, lo que permite superar determinadas alteraciones seminales que dificultarían la fecundación convencional.
Cuando el seminograma muestra alteraciones o existen antecedentes clínicos relevantes, el estudio puede ampliarse con otras pruebas, como el test de capacitación espermática, también conocido como REM, la fragmentación del ADN espermático, el cariotipo o estudios genéticos específicos en casos de factor masculino severo.
“El factor masculino tiene un papel muy relevante en fertilidad y puede condicionar la elección del tratamiento más adecuado. Por eso, el estudio previo a una FIV con ICSI debe contemplar siempre tanto el factor femenino como el masculino”, señaló el doctor Mario Bermúdez, ginecólogo de IVI Mallorca.
Diagnóstico genético o preimplantacional
En algunos casos, el equipo médico puede valorar la incorporación del diagnóstico genético preimplantacional para aneuploidías, conocido como PGT-A. Esta prueba permite analizar los embriones antes de la transferencia para identificar aquellos con una dotación cromosómica adecuada.
El PGT-A ayuda a seleccionar con mayor precisión cuál transferir. En IVI se valora especialmente en pacientes a partir de los 35 años, dado que con la edad aumenta la proporción de embriones con alteraciones cromosómicas. También puede estar indicado en abortos de repetición, fallos de implantación previos y factor masculino severo.
Además de las pruebas clínicas, IVI recuerda que los hábitos de vida pueden influir en los resultados de un ciclo de FIV con ICSI. El peso, el tabaco, la alimentación y la actividad física pueden afectar a la calidad ovocitaria, la calidad seminal, la respuesta hormonal y el entorno metabólico de la paciente.
Desde la primera consulta hasta la transferencia embrionaria, el proceso suele requerir entre seis y ocho semanas. Este periodo incluye la realización de las pruebas diagnósticas previas, la coordinación con el ciclo menstrual de la paciente, la estimulación ovárica, la fecundación en laboratorio y la preparación para la transferencia.
“Una valoración individualizada antes de comenzar el tratamiento es clave para diseñar un plan más preciso y seguro. En aproximadamente el 20% de los casos encontramos algún factor relevante que nos lleva a modificar o ajustar la estrategia inicial”, apuntó el doctor Bermúdez.
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