La ropa blanca necesita cuidados continuos ya que con el paso del tiempo, muchos de los tejidos empiezan a adquirir un tono amarillento que les quita luminosidad y produce la sensación de que están deterioradas y sucias. Que esto pase no es solo por el paso del tiempo, sino a una suma de hábitos y procesos químicos que silenciosamente la dañan. Entender el porqué permite aplicar métodos más eficaces que ayudan a mantener las prendas más brillantes durante más tiempo.

Pérdida del color blanco

Con cada uso el sudor, los aceites naturales de la piel y las marcas del desodorante se adhieren a la tela. A pesar de la limpieza de la prenda, las fibras retendrán estas sustancias, las cuales irán reaccionando con el paso del tiempo con el oxígeno hasta dar lugar a las manchas amarillas visibles en las axilas, los cuellos y las zonas de mayor roce. El fenómeno aparecerá más intensamente cuando las prendas no se laven a fondo o bien las prendas sean guardadas tras un uso corto y sin limpieza.

Lavados insuficientes y oxidación

Los ciclos cortos o el uso constante de agua fría no eliminan completamente los restos orgánicos. A la hora de mezclar residuos naturales, durante su ciclo ambiental y el detergente mal aclarado, generan un proceso (de oxidación) que provoca el cambio de color del tejido original. Un lavado ligero (que se acumula en capas) con el paso del tiempo acaba siendo de un color amarillento y el único tratamiento que se recomienda es un tratamiento más completo.

Devolver a la ropa blanca su brillo

Una vez que existen manchas ya en el tejido, un método rápido de recuperar el blanco perdido es ponerla a remojo en agua caliente con percarbonato de sodio un tiempo mínimo de 90 minutos. Este componente del blanqueo libera oxígeno activo a partir de la reacción con el agua y hace que los restos se disuelvan sin romperse, ya que, evidentemente, no actúa en la estructura del tejido. Un remojo prolongado (entre uno y seis horas, o hasta toda una noche en los casos más potentes) permite al tejido recuperar su blancura y elimina una suciedad persistente (la líquida, la grasa, o el polvo) que no se puede sacar con el lavado normal.

El lavado final

Luego del remojo, se hará un lavado clásico que permite quitar los restos del producto utilizado y por el otro arrastra las pequeñas partículas que ha aflojado el percarbonato, de modo que esta última acción asegurará lograr que quede totalmente limpio y la desaparición de aquellas marcas amarillas; además, realizar este lavado cada cierto tiempo permite que el tejido tenga mejor aspecto y dure más sin tratarlo con productos más agresivos.

El error común que amarillea la ropa blanca

La lejía puede parecer una forma rápida de blanquear las prendas de vestir de color blanco, pero si se utilizan de forma reiterativa provoca resultados contrarios a los esperados. El producto actúa por sus características contundentes, que sacan el color de los pigmentos naturales y tienden a aflorar el tono crudo de la prenda, que por naturaleza se dibuja en un color amarillento. En consecuencia, se debilitan las fibras, la resistencia de la componen del tejido disminuye y la prenda tiende a deteriorarse.

Por qué el “azulado” no es una solución duradera

Algunas personas utilizan la técnica convencional del azulado” que incorpora la aplicación de un tinte azul para reducir temporalmente los tonos amarillentos. Aunque se logre una tonalidad más brillante o más blanca, desaparece a los pocos lavados y no logra subsanar las alteraciones que provocan los productos de limpieza abrasivos.

La opción que da mejores resultados a corto y largo plazo es la de sustituir la lejía por percarbonato de sodio, devolviendo el color original a la prenda, respeta las fibras y obtiene resultados estables en el tiempo.