La familia real griega llora la muerte de Irene de Grecia, hija menor de los reyes Pablo I y Federica, fallecida este jueves a los 83 años en el Palacio de la Zarzuela, residencia de la familia real española. Una despedida marcada por una vida discreta y singular dentro de una saga histórica sacudida por el exilio y la pérdida.

A diferencia de sus hermanos -el rey Constantino II de Grecia y la reina emérita Sofía- Irene nació en Sudáfrica, donde su familia huyó tras la invasión nazi de Grecia.

La benjamina de los la familia real helena no se casó ni tuvo hijos y optó por un perfil bajo, alejado de los focos, centrado en las causas solidarias y en sus grandes pasiones: el piano y la arqueología. Fue precisamente en este último ámbito donde tuvo la oportunidad de participar en un descubrimiento relevante junto a su inseparable hermana Sofía.

La princesa de las mil aficiones: piano, cultura hindú y arqueología

La primera pasión de Irene fue el piano. De regreso a Grecia a los cuatro años, Irene tomó clases de piano bajó la tutela de la pianista clásica Gina Bachauler. Pero no se quedó ahí: la pequeña de la Casa Real griega consiguió destacar como pianista y debutó como profesional en el Royal Albert Hall de Londres en 1969.

Aunque esta no fue la única pasión que la princesa explotó. Irene fue una amante empedernida de la cultura hindú. Se volcó completamente de forma solidaria fundando y dirigiendo la Fundación Mundo en Armonía, una organización sin ánimo de lucro con la que hizo varias acciones solidarias. Uno de los proyectos más importantes fue transportar cien vacas que iban a ser sacrificadas en Europa para ajustarse a las cuotas lecheras que marcaba Europa.

Irene también se interesó por el mundo de la arqueología gracias a su hermana Sofía quien había demostrado gran curiosidad por esta disciplina anteriormente. Las investigaciones que realizaron tuvieron lugar en el Palacio de Tatoi, residencia de la familia real griega tras su regreso del exilio, y sus hallazgos no pasaron desapercibidos.

Cerca del aeródromo de Tatoi, Sofía, Irene y su profesora, Theophanó Arvanitopoulou, encontraron un asentamiento ateniense llamado Decelia. Un hallazgo que desembocó en el descubrimiento de la Tumba de Sófocles, lugar en el que se cree que están los restos del poeta.

Durante los años de investigación, las hermanas consiguieron confirmar que aquel solar cercano al palacio familiar era la antigua Decelia, del que recopilaron, limpiaron y catalogaron varias piezas que fueron encontrando. Así, reunieron distintos objetos: desde vasos funerarios, columnas y cerámicas de toda clase, hasta algunas piezas de bronce.

Los hallazgos hicieron que el Servicio Arqueológico griego siguiera con la investigación encontrando más tumbas, murallas y hasta un baño romano. Sin embargo, tras la boda con Juan Carlos I de Borbón, Sofía abandonó el país para siempre. Cinco años después a la familia real griega la expulsaron de Grecia haciendo que el interés por la arqueología de Sofía e Irene cayera en el olvido. El palacio de Tatoi quedó abandonado y con él las pruebas de su duro trabajo de investigación.

La mayor prueba de esa experiencia de juventud se recopiló en dos pequeños volúmenes que la reina escribió con tan solo 21 años. Ambos editados entre 1959 y 1960, son los únicos escritos por Sofía y están dedicados a sus padres: el Rey Pablo y la Reina Federica.

Sin embargo, las crónicas desaparecieron de las librerías y bibliotecas tras la expulsión de la familia real griega del país. No fue hasta el año 2014 cuando la editorial Csed pidió permiso a Casa Real para proceder a su publicación, tras lo que sin ningún reparo procedieron a su impresión con el objetivo de dar a conocer una faceta que la emérita compartió con su hermana.