El apartamento de Irene Roosevelt Aitken en la Quinta Avenida no se visitaba: exigía ser recorrido. Al cruzar el umbral del dúplex diseñado en 1927 por Rosario Candela –el arquitecto que diseñó más de 70 edificios en Manhattan y se inventó el concepto de lujoso apartamento neoyorquino de preguerra–, frente al Metropolitan Museum (está literalmente cruzando la calle), el visitante no entraba en una vivienda privada, sino en un espacio envolvente de lujo y refinamiento casi amniótico, un sistema cerrado de tiempo, gusto y memoria, donde objetos, arquitectura y vida cotidiana formaban una experiencia continua. Una cápsula de tiempo enriquecida y sellada durante casi un siglo. Ahora, ese interior –con sus alfombras Savonnerie, sus pájaros de Meissen, sus retratos dieciochescos y sus vitrinas llenas de armas antiguas– se abre y sale al mercado en una serie de cinco subastas organizadas por Christie’s hasta el 19 de febrero, con cerca de 800 lotes cuyos beneficios se destinarán al Metropolitan, la Frick Collection y la Morgan Library, instituciones de las cuales Irene Aitken, fallecida la pasada primavera a los 94 años, fue benefactora en vida y ahora también después de su muerte.
Nacida en Nueva York en 1931 y criada entre Memphis y Manhattan, Irene Boyd Roosevelt creció en casas donde los objetos tenían historia. Estudió en el Finch College –una de las escuelas femeninas más prestigiosas de Estados Unidos– y trabajó como relaciones públicas en Lord & Taylor, los grandes almacenes de lujo con más solera de Norteamérica, bajo la tutela de su icónica presidenta, Dorothy Shaver. En 1965 se casó con John Aspinwall Roosevelt. Durante su matrimonio con el hijo menor de Franklin D. Roosevelt asumió una tarea silenciosa pero decisiva: custodiar y catalogar la colección de pinturas, muebles, plata y documentos históricos de la familia del 32º presidente de Estados Unidos.
Dos colecciones se encuentran
Tras la muerte de John en 1981, su vida dio un giro definitivo: cinco años después se casó con Russell Barnett Aitken. Artista, cazador, tirador de élite y escritor de aventuras, Russell había construido junto a su primera esposa, la escultora y mecenas Annie Laurie Crawford, una de las colecciones privadas más refinadas de arte europeo del siglo XVIII en Estados Unidos, reunida desde finales de los años veinte en el dúplex de la Quinta Avenida adquirido por Crawford en 1927 y conservado desde entonces. Ese núcleo, formado en los años cincuenta y sesenta, constituye el corazón de lo que ahora sale a subasta: pintura británica y francesa, mobiliario, porcelanas, plata, alfombras y una célebre colección de armas antiguas.
Los beneficios se destinarán al Met, la Frick Collection y la Morgan Library, tres de las instituciones de las que Aitken fue benefactora
Irene no heredó esa colección: la asumió. La documentó, la amplió y la afinó. “Hasta el día de su muerte era ella quien limpiaba los pájaros de Meissen, pulía la plata y aspiraba las alfombras Savonnerie. No quería que lo hiciera nadie más”, recuerda Wolf Burchard, conservador del Metropolitan. Hasta el final siguió incorporando piezas a la colección, y siempre con el mismo criterio: calidad contrastada y procedencia documentada.
El apartamento como obra total
El dúplex del 990 de la Quinta Avenida –trece habitaciones, techos de tres metros y medio, cinco chimeneas– fue concebido como un conjunto indivisible. Las sucesivas subastas organizadas por Christie's respetan esa lógica: las ventas se han organizado por estancias –comedor, salón, biblioteca, dormitorios– reproduciendo el orden visual y narrativo de la casa. Porque no se trata solo de vender objetos, sino de mostrar cómo convivían.
El salón principal estaba organizado en torno a una alfombra Savonnerie –una tipología de gran formato, tejidas desde el siglo XVII para interiores aristocráticos y concebidas como elementos arquitectónicos más que como textiles decorativos– de época de Luis XIII, de 5,89 por 3,61 metros, de tamaño excepcional y con un escudo heráldico con castillo que sugiere un encargo aristocrático temprano. Se estima que puede venderse por entre 600.000 y un millón de dólares. En las paredes, retratos de sociedad británica y francesa de Thomas Lawrence, Gainsborough, Romney. En el salón de dibujo, los cuatro paneles de Las estaciones de Nicolas Lancret –estimación: 800.000–1.200.000 dólares– establecían un diálogo directo con los personajes retratados en el resto del apartamento.
Ese equilibrio entre opulencia francesa y contención inglesa atraviesa toda la colección. “Los coleccionistas buscaban un punto medio entre la exuberancia francesa y la sobriedad británica, visible en muebles, platería y retrato”, explica Will Strafford, responsable del área de arte clásico de Christie’s. Irene Aitken lo practicó con una coherencia poco frecuente: cada adquisición respondía a la decisión de llenar un vacío muy preciso, no a la mera acumulación.
Obsesión erudita por el pedigrí
Si hay un hilo intelectual que atraviesa la colección es la atención casi detectivesca a la procedencia de las piezas. Irene Aitken buscaba nombres anteriores, ventas olvidadas, incluso trayectorias sociales de los objetos. Muchas de sus piezas pasaron antes por manos que definieron la historia del coleccionismo estadounidense: Thelma Chrysler Foy, William Randolph Hearst, Consuelo Vanderbilt o Winston Guest. Genealogías cargadas de sentido más allá de la anécdota. “Le fascinaba reconstruir la vida social de los objetos. Nada le hacía más feliz que identificar a un propietario anterior o localizar una subasta no registrada”, explica Stuart W. Pyhrr, conservador emérito del Metropolitan Museum of Art. Su curiosidad era erudición, una manera de vivir con el arte.
Uno de los espacios más sorprendentes del dúplex era la biblioteca. Panelada en madera oscura, las estanterías estaban adaptadas para alojar armas europeas de los siglos XVI al XIX. Una colección que reúne pistolas, espadas y armas de fuego de una calidad excepcional, con valoraciones variables de hasta 200.000 dólares por pieza. Aunque la especialidad suele asociarse a Russell Aitken, Irene incorporó piezas propias, estudiadas y documentadas con el mismo rigor que si se tratara de porcelana de Sèvres.
En las vitrinas convivían con objetos más ligeros: pájaros de Meissen –pequeñas esculturas alemanas de porcelana del siglo XVIII que representan aves con gran realismo y función naturalista–, cajas de oro, piezas de Fabergé –una tabaquera de jaspe sanguíneo con forma de cabeza de hipopótamo de finales del XIX puede alcanzar los 150.000 dólares–, como una tabaquera de jaspe sanguíneo con forma de cabeza de hipopótamo. Allí nada parecía intocable, pero todo estaba en su sitio.
Una de las singularidades de Irene Aitken es que vivió con su colección sin convertir su casa en un mausoleo. En un siglo en el que el los coleccionistas tendían al aislamiento –desde Hearst a Warhol, con su townhouse atestada de cosas a pocas manzanas del apartamento de Aitken– o a la espectacularización, su apartamento funcionó como una autobiografía material. “Durante el siglo XX, coleccionistas como Irene construyeron vidas tan refinadas que su forma de vivir se convirtió en su retrato”, resume Strafford.
Mecenas en la vida y después de su muerte
La decisión de vender el contenido íntegro del apartamento para beneficiar a tres de las instituciones culturales con más solera de la ciudad no fue improvisada. Irene Aitken fue durante décadas benefactora y patrona activa del Metropolitan, miembro de los comités de adquisiciones y colaboradora en la renovación de las galerías británicas. También sostuvo durante cuarenta años a la Frick Collection y a la Morgan Library, entre otros museos. “Su apartamento y su colección debían servir, al final, a un propósito mayor”, subraya Pyhrr.
La subasta de los bienes de Irene Roosevelt Aitken no marca solo el cierre de una colección, sino el ocaso de un modo de vida: el del gran apartamento prebélico como escenario de una erudición privada heredera del siglo XIX y reformulada en el XX. El mercado dispersará ahora ese conjunto. Las alfombras, los retratos, las armas y los pájaros encontrarán nuevos interiores e intenciones.
El dúplex, puesto a la venta por 20 millones de dólares, quedará vacío por primera vez en casi un siglo. Frente al Metropolitan, seguirá en pie. Pero lo que allí se sostuvo durante décadas –una idea exigente de belleza, estudio y responsabilidad cultural– ya solo podrá reconstruirse fragmentariamente a través de los catálogos. Es el final de una manera de vivir en Nueva York. Los refinados apartamentos de la Quinta y Park Avenue se desmontan mientras alrededor del parque proliferan las altas y estrechas torres de cristal construidas para que los ultrarricos pasen un par de meses al año en la ciudad.
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