El primer día de ARCO, Madrid trabaja en Ifema. Al menos el Madrid del dinero, el del Ibex y aledaños, el de las fortunas grandes y pequeñas de la ciudad y las fortunas de fuera que viven aquí. Los miembros de este reconocible club y quienes trabajan para ellos están desde primera hora en los pabellones 7 y 9 dejándose ver, saludándose, haciendo networking y en el mejor de los casos buscando piezones de los que enamorarse. Nadie quiere esperarse a los días abiertos al público general. Ir el miércoles parece un signo de estatus en sí, aunque cada vez más devaluado, porque aquí hay demasiada gente, y mucha que en realidad no viene a comprar, solo viene a mirar o a que la miren. Y por eso muchos galeristas extranjeros, acostumbrados a la quietud de Art Basel, no entienden nada.

Si conviniéramos en que la afluencia de los pasillos de ARCO el día de apertura es un indicativo de la prosperidad de la ciudad, podría decirse que Madrid vive un momento pletórico. Las diversas visitas guiadas para coleccionistas con pinganillo chocan en los stands, y en las encrucijadas se forman verdaderos tapones humanos. Muchos que salen del ya tradicional desayuno de Cartier con la primera copa de champán en el cuerpo se van directos al córner de Ruinart (o al de Alhambra), a pleno rendimiento desde las 12 del mediodía, para que la cosa no decaiga. 

ARCO está que arde, ya lo decíamos el año pasado. Otra cosa es el arte. La feria vive un momento de transición, con las grandes galerías españolas que marcaron su consolidación extinguidas o ausentes –el caso de Helga de Alvear– y las llamadas a tomar el relevo con propuestas conservadoras. Algo que ya es en sí un indicativo de por dónde va el mercado y de quién es la clientela de esta feria. 

Valores seguros

Se ve, por ejemplo, mucho José Guerrero y mucho Esteban Vicente, valores consagrados (y muertos) del expresionismo abstacto español. También mucha obra de Juan Uslé, a rebufo de la exposición antológica que se puede ver en el Reina Sofía hasta el 20 de abril. Y de Guillermo Pérez-Villalta, muy bien colgado en la nueva reordenación de la colección de arte contemporáneo del museo nacional. La barcelonesa Rociosantacruz le ha dedicado una capillita a Ouka Leele. Y un año más otro clásico vinculado con la Movida como Dis Berlin sigue produciendo en abundancia para la galería Guillermo de Osma un pop onírico y en pequeño formato que debe de despacharse muy bien. Esto es una feria y hay que vender.

También a rebufo, esta vez del revival de Maruja Mallo derivado de la estupenda exposición del Reina –hasta el 16 de marzo–, cabe interpretar la apuesta de algunas galerías por artistas mujeres y un tanto invisibles del siglo XX como Delhy Tejero, de nuevo en Guillermo de Osma, con cuadros como Mercado de Zamora o La comedia que hacen pensar en la primera época de Mallo. O las fantasías erotómanas de la barcelonesa fallecida en 2019 Amèlia Riera que trae José de la Mano. He aquí un patrón reconocible.

Pero ARCO en general es una feria que en este 2026 declina en femenino, y lo hace con naturalidad, sin que parezca el resultado de ninguna política de cuotas. También se percibe cierta explosión del arte textil. A quien entre por el pabellón 7 le recibirá, precisamente en José de la Mano, el enorme patriarca de fibras naturales creado por la artista chilena Ester Chacón Ávila, que en mayo cumplirá 90 años. En la zona de tránsito entre pabellones llama la atención la pieza ganadora del concurso convocado por la marca de coches que patrocina ARCO, una enorme capa trenzada de la artista hispano venezolana Mariadela Araujo volcada sobre uno de sus vehículos como un plato de spaghetti. Recorriendo los stands de las 211 galerías de 30 países el visitante encontrará innumerables piezas tejidas. Hasta llegar a Galería Alegría, donde los linos familiares bordados por Amparo de la Sota, artista textil sobrina del arquitecto Alejandro de la Sota, merecen un espacio propio. La Fundación María Cristina Masaveu Peterson –la misma que cedió a Madrid la enorme cabeza de Jaume Plensa que está en la Plaza de Colón– le ha comprado una obra. El Reina Sofía también. El dueño de Galería Alegría, Sebas Roselló, empezó en 2010 en una caseta de 9 metros cuadrados escondida en un patio del Ensanche de Barcelona. Hoy es uno de los galeristas españoles verdaderamente respetados por su coherencia. Después de una etapa madrileña, desde 2020 ocupa una nave en L'Hospitalet de Llobregat, comprometido con la idea de crear tejido cultural donde hace falta.

El flamenco sobre terciopelo de Jorge Diezma.

Tenebrismo de terciopelo

Alguien que ha crecido acogido a la Alegría de Roselló es Jorge Diezma (Madrid, 1973). Este artista afincado en Mallorca, uno de los mejores pintores españoles de su generación, expone en el espacio de F2 un par de piezas monumentales pintadas sobre terciopelo: un flamenco yacente sobre una roca cuadrada y un bodegón de sandías y calabazas con dos pollitos alrededor. Diezma sigue profundizando en los bodegones de inspiración barroca e italiana, puro artificio de color y luces, como ya hizo en sus trabajos de encargo para los Dry Martini de Javier de las Muelas, esta vez sobre una superficie arriesgada pero que le va de maravilla al divertido tenebrismo de sus pinturas.

Todo esto son cosas que vemos mientras sobrevivimos a ARCO, con sus multitudes y sus distancias kilométricas. ARCO es una cosa muy grande que sobrepasa y agota. Por eso el calzado favorito de los coleccionistas son las zapatillas suizas On, otro signo de estatus que a fuerza de proletarizarse, como los miércoles de ARCO, están devaluándose.

Atisbamos de refilón la obra polémica de este año, los desnudos y cunnilingus de mujeres poderosas de Occidente con los que la artista afgana Kubra Khademi denuncia su silencio sobre el opresivo régimen talibán. Nos pasa al lado, menuda y a toda mecha, la artista conceptual y Premio Velázquez Concha Jerez, con una pegatina por el IVA cultural adherida a su pequeño bolso negro, mientras el presidente de Planeta, José Crehueras, y su esposa, Columna Martí, hacen peña catalana y en catalán junto al stand de una galería de Barcelona. A lo lejos, Gigi Sarasola se piropea con Alaska y Mario. Junto al espacio de la galería Barbara Thumm de Berlín, dos artistas se ponen unos petos amarillos con una inscripción reivindicativa: DO ARTISTS NEED A GALLERIST TO MAKE A LIVING FROM THEIR WORK? Desde luego, ARCO es un lugar singular para preguntarse si los artistas necesitan un galerista para ganarse la vida. A los que vemos y reconocemos se esmeran en explicarse y en vender. Escuchamos incluso a una conocida pintora abroncando a una periodista: "¡Tu periódico es el único que no se ha hecho eco de mi última exposición!". Feria hasta las últimas consecuencias, también de vanidades.