Raúl del Pozo comía habitualmente en El Qüenco de Pepa, uno de esos restaurantes caros pero sencillos que frecuentan a diario banqueros y ministros en Madrid. Le pillaba cerca de casa. Cuando Natalia ya estaba enferma, Raúl le pedía a Pepa Muñoz que le pusiera unos tomates para llevárselos a su mujer. Muchos escriben hoy del Raúl pendenciero que pedía dinero a Alfonso, el cerillero del Café Gijón, para la última apuesta. Fue, en efecto, uno de los mariscales de ese polígono de la noche madrileña de la Transición, formado precisamente por el Gijón, circunstancialmente el bar del María Guerrero, Oliver, Bocaccio y el Toni2, en cuyos lavabos con seno de oro enseñaban el género los chaperos antes de convertirse en el piano bar de Taburete y el millonario exilio de Latinoamérica. Pero probablemente el gesto de ternura marital con los tomates de Pepa Muñoz defina mejor al hombre que las peripecias golfas contadas una y mil veces a epígonos y discípulos.

En 2011, cuando su Agencia Carmen Balcells le consiguió el Premio Primavera de Novela, Raúl del Pozo quedó a comer en el Palace con José Luis Gutiérrez. "¡Comandante Gutiérrez, el cuponazo!", celebraba con su amigo por SMS los 200.000 euros del Primavera. El arriscado periodista leonés, que había coincidido con él en la Escuela de Periodismo, en la noche, en las redacciones y en las conspiraciones, le conocía como nadie. De ahí salió una entrevista asombrosa que se publicó en dos entregas, en los números de abril y mayo de la revista Leer. Raúl ya era el hombre reposado que le había visto las orejas al lobo de la primera enfermedad de Natalia. "Prefiero mil veces morirme yo antes que ella. Si se me muere, me muero después. Yo sería un muerto en vida", confesaba entonces. Natalia murió en 2018, y él, finalmente, le ha sobrevivido casi ocho años.

Hoy que todos escriben de Raúl del Pozo, compitiendo por ser el más fino y el más amigo, está bien recuperarle con sus propias palabras. Y con las palabras clave que definen su vida.

El juego

Cuando escribí Noche de tahúres yo había estado, estaba en el infierno del juego. La sensación de la ruleta es indescriptible. Cuando silba el crótalo y cae en el número tuyo… No hay nada parecido. Yo he sentido esa terrible sensación, y no es una enfermedad. El juego es una pasión, dicen que la única que se puede comparar a la pasión amorosa, y yo la he tenido. La locura del juego es pasar del cero al infinito, de tocar las nubes a hundirte en las cloacas, en los abismos de Dostoievski, que es quien mejor refleja esa sensación –Dostoievski es Dios–. El juego no es una enfermedad, como el amor no es una enfermedad, como la libertad no es una enfermedad, le llaman enfermedad los clérigos y los médicos de la cultura; es una pasión, y todo el mundo sabe que quien gana siempre es el que organiza las timbas.

Los comienzos

Umbral escribió en sus memorias que me había conseguido mi primer abrigo, mi primera amante y mi primer trabajo. Era una invención, una mentira fabulosa. Lo de la amante, algo hubo. El abrigo no, porque tampoco él tenía. Pasábamos un hambre tremenda, la engañábamos con café y con tabaco, fumando mucho. Pero lo que fue realmente verdad fue el primer trabajo, en la agencia de Gianni Ferrari. Estaba yo un día en la barra del Gijón y me dijo Umbral, oye, si estás sin trabajo… no es más que para poner pies de foto, pero ahí tienes algo para empezar. Umberto, un italiano cojo, estaba conmigo para los pequeños trabajos, el fotógrafo Gigi Corbetta para las grandes historias. Cuando se casó Fabiola con Balduino de Bélgica [diciembre de 1960], entramos en su casa madrileña, en el patio estaban los perros verdaderamente hambrientos, ladrando sin parar. Hicimos fotos y aquello se publicó en el mundo entero: "La Reina Fabiola abandonó a sus perros". Con aquella historia comimos seis meses. 

Umbral

Hay dos clases de intelectuales en España: los que vienen del clasismo de la casta de las familias patricias del Estado, de la camarilla que lleva gobernando en España desde hace 200 años, y otros como Umbral, que era el típico niño de soltera que le daba vergüenza ir a la escuela, o como yo, que para aprender a leer tenía que ir todos los días casi una hora de ida y vuelta con un tapabocas y una cartera al hombro y una toza en la mano para la estufa. Tampoco es cosa de mitificarnos, pero nos hemos dedicado a una cosa para la que no estábamos preparados y la historia había decidido que nosotros no éramos los elegidos. Pero nos hemos abierto camino, y Umbral es el caso paradigmático, el caso excelso. Así como Steinbeck relató el californiano valle de Salinas, así como Larra fue el burgués ilustrado que relató las contradicciones de los señoritos, así Umbral nació para contar lo que era Madrid y lo que era la Transición. Pasará a la historia de una generación que venía de la mierda, del estraperlo, del biscuter, de la dictadura y llegó a la gloria de la democracia. Era el escritor de Madrid, inventó un lenguaje. Yo, cuando empiezo a escribir la columna sagrada de Umbral, me digo, este hijoputa me estará viendo y no puedo decir ni una frase hecha ni un tópico, no puedo decir tonterías, no puedo decir cosas vulgares, es que lo tengo encima como un vampiro, este hijoputa me está viendo y como para mí es la liebre, es el que ha ido por delante de todos en el estilo, en la ruptura… Es un escritor genial, y tiene cientos de libros. Seguramente no tiene una obra inmortal porque tenía tanta prisa… Umbral se dedicó a Madrid, bueno, el sueño de Madrid de aquellas generaciones que veníamos de la mierda, del hambre, de las pensiones baratas, que nos abrimos paso con el cuchillo entre los dientes, porque ser de la clase dirigente y dedicarse a pensar es lo natural, pero ser del subproletariado y vivir de pensar eso yo lo considero una hazaña.

El sexo

Otra leyenda de Umbral: que Raúl del Pozo llamó a su padre y le dijo, padre, me he tirado a la Duquesa de Alba. Le digo yo eso a mi padre y me suelta una hostia hasta a través del teléfono. No sé cómo se le ocurrió a Paco decir esa salvajada; lo cual quiere decir que hay ciertas cosas que no se deben contar ni a los mejores amigos. Eran esas cosas de Umbral, que me llamaba y me decía: aquí estoy en el pub, y tengo dos viagras, una para mí y la otra se la daré a un pobre.

La política

La democracia española no premió a los valientes, que eran Suárez y Carrillo, sino a los que se tiraron al suelo el 23F, a los prudentes. Bueno, el primero que se tiró al suelo fui yo.

En una revista dijeron que yo soy un cortesano de todos los presidentes de Gobierno, que estuve con Aznar, con Leopoldo, con Zapatero. Les faltan datos y les sobra mala hostia. Yo combatí al felipismo a muerte. En Guadalajara, cuando fueron a despedir a Barrionuevo y Vera a la puerta de la cárcel, trataron de lincharme. Estaba con otro periodista de El Mundo, Manuel Sánchez. Me rodearon, llevaban banderas de Extremadura. Decían, este es un hijo de puta, un traidor… Nos escondimos en el hotel. Si no, no digo matarme, pero sí me hubiesen dado una gran paliza. Por eso dije que para mí el PSOE no representaba el puño ni la libertad. Pero después llegó el arcángel de León y me hice bastante amigo suyo. Un día me invitó a una conferencia suya en el Palace. Y fui a Ferraz con él por primera vez desde hacía muchos años. De Zapatero se puede decir lo que quieras, pero trajo un nueva armonía, un entendimiento y nuevas formas al Partido Socialista y sobre todo hacia la gente de El Mundo, que éramos forajidos para ellos. Yo le tengo mucho cariño y simpatía; me reconcilió, digamos, con el PSOE. Otra cosa es al margen el juicio que me merezca. Posiblemente, junto con Suárez en su momento, sea el presidente más odiado de la democracia española.

Cela

Cela fue Dios, pero podía ser un ogro. Está el Cela maleducado, legionario, un hombre que a los rojos les decía el enemigo, y otro Cela que es el más grande fabulador desde el barroco, el más grande escritor del siglo XX. Era una persona extremadamente delicada en todos los aspectos y en las amistades, de una ternura enorme, un buen hombre. Y fíjate si lo era que me contaba a mí, "cuando estábamos en el frente de Extremadura nosotros estábamos en un altillo en una colina y el enemigo estaba abajo y le dije a mi capitán que bajaba un arroyo y le dije a mi capitán, por qué no envenenamos las aguas, y me dijo el capitán, eso va contra la Convención de Ginebra y contra las leyes de la guerra, eso no se puede hacer". Era tan buena persona que él se ponía como el hijo de puta cuando había sido lo contrario. Yo he pasado con Cela… hombre, los momentos más bellos de mi vida los he pasado jugando al póquer y a la ruleta o en el amor, pero después yo creo que en las conversaciones con Cela. Cela era Dios. Tenía una capacidad de fabulación superior a su propia literatura. Contaba cómo habían matado a una novia que tenía en Madrid de 23 maneras diferentes: cayeron las bombas, salió con el ojo en la mano…. Era un genio y de una ternura tremenda. Me llamaba a las 5 y me decía, Raúl, vente para acá, y me iba a tomar el té, a la hora que fuera. Marina lo puso limpito, le puso corbatas bonitas. Él le regalaba joyas y ella las ocultaba y las devolvía para que no se gastara dinero, porque él no sabía que estaban tiesos al final. Le despojaron de los derechos de autor, pero Marina lo trataba como si fuera un santo, lo adoraba. Yo no sé si era amor sexual o amor paternal, pero lo tenía como a un rey, lo vestía, lo calzaba, lo mimaba.

La novela

En España es muy difícil que te acepten hacer bien dos cosas. Aunque yo como periodista esté acreditado y haya ganado todos los premios, como novelista empecé muy tarde. Es un oficio muy difícil, el más difícil de todos. Contar una historia que conmueva, que interese, que fascine, es algo que resulta casi imposible. Yo lo intento. Desde que era pequeño quería ser escritor y me pasaba como aquello que dice Tom Wolfe, escribiré en los periódicos y algún día me iré a una cabaña… Noté que me iba haciendo viejo; entonces decidí ponerme a escribir, publiqué Noche de tahúres, y tuve suerte.

La columna

Yo empecé la columna diaria entre la indiferencia y la mala leche, pero contra el escepticismo ahí he seguido y ahí estoy, noto por la calle más eco que en los profesionales, pero tampoco vamos a estar comiéndoles la polla a todos, ¿no? Sin embargo, yo noto en la calle un calor a veces maravilloso, una simpatía. Al principio me criticaban porque era demasiado crítica y barroca, pero como yo he escuchado el ruido de la calle, la he hecho cada vez más simple, más sencilla. Si me la publican es porque le vale al periódico, si no ya me hubieran echado a tomar por culo.

Escribir todos los días es angustioso. Lo primero, estás mordiendo el capote en la barrera, la montera hasta las cejas esperando el toro que va a salir, no sabes si va a salir toro, porque la angustia es no tener tema, decir, qué coño voy a escribir si ya he escrito de todo, si ya he vendido todo lo que se me ha ocurrido y ya no me queda nada por vender. Como decía, no sé si Baroja de Cela, "escribe bien, pero tiene poca cuerda". Yo creo que lo importante no es escribir un buen articulo, es tener cuerda.

Natalia

Ella trabajaba en la embajada italiana. Yo era un tipo flaco, tan flaco como Gades… La conocí allí, en un desfile de modas, y me enamoré como un legionario. Sin Natalia yo hubiera terminado muy mal, seguramente me habrían cortado el cuello en un garito. Honradamente, ella ha sido para mí todo. Estudió en Inglaterra, es de familia educada, es serena, lúcida. Me ha desasnado, ha domesticado el salvaje que llevaba dentro. Yo era una bala perdida y ella ha sido el orden mágico finalmente aceptado por mí. Aunque haya sido un matrimonio absolutamente imperfecto y turbulento, ha sido el contrapunto, y no hay nada que sea tan difícil, siendo tan diferentes ella y yo. Cuando ha estado enferma he sentido, como dice Unamuno, que forma parte de ti, que eres tú mismo. Prefiero mil veces morirme yo antes. Si se me muere, me muero después. Yo sería un muerto en vida.