El escritor, guionista y director de cine español Gonzalo Suárez ha fallecido este martes en su domicilio de Madrid a los 92 años. Nacido en Oviedo en 1934, el cineasta, también actor y periodista deportivo en sus inicios, deja tras de sí una vasta y singular trayectoria caracterizada por la reivindicación constante de la imaginación, el juego narrativo y la búsqueda de un territorio común entre la palabra escrita y la imagen en movimiento.
Galardonado con el Premio Nacional de Cinematografía en 1991, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 1990, la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio en 2016 y el Goya a la mejor dirección por Remando al viento (1988), Suárez recibió el pasado 28 de febrero en Barcelona el Goya de Honor a toda su trayectoria.
Durante su intervención tras recoger el galardón, realizó un alegato en favor del séptimo arte, remitible en sus palabras al "primer bisonte que nuestros ancestros pintaron en las cavernas", para añadir con su habitual lucidez e ironía: "Estoy absolutamente orgulloso de comprobar que el cine ha sobrevivido a las redes y a las cavernas. Pero me veo obligado a reconocer que en este momento el bisonte soy yo".
Hijo de un catedrático de francés represaliado por el franquismo tras la Guerra Civil, la infancia de Gonzalo Suárez transcurrió en Madrid marcada por las dificultades de la posguerra y por un entorno familiar profundamente volcado en la cultura. Tras la separación de sus padres, su madre se casó con el célebre entrenador de fútbol Helenio Herrera, con quien Suárez colaboró con tan solo 16 años ejerciendo como ojeador de futbolistas. Tras cursar bachillerato en el Instituto Francés, matricularse en Filosofía y Letras y formar parte del Teatro Español Universitario (TEU), realizó una breve estancia en París y regresó a España para ejercer el periodismo deportivo —dedicado al fútbol y al boxeo— bajo el seudónimo de Martín Girard.
El universo de las palabras y los espejos
Bajo aquel seudónimo y a través de personajes míticos de su producción como José Ditirambo o José Rocabruno, Suárez construyó un ecosistema creativo donde la realidad y la ficción se entrelazaban de forma indisoluble. Su formación hasta los diez años estuvo a cargo de su padre, autor del texto Ban-Go-Koo y traductor de Herman Melville, gracias a quien accedió tempranamente a los relatos de Maupassant, Dostoievski, las novelas de exploradores del Capitán Gilson como El dios leopardo y los escritos de Sigmund Freud. "Entonces yo encontraba que todo tenía relación con África, y África para mí era una selva, en el caso de Freud una selva absolutamente sexual", rememoraba en una entrevista para la Revista Leer en 2014, evocando cómo imaginaba geografías exóticas en el pasillo de su piso de la calle Sainz de Baranda en Madrid o entre los helechos asturianos de su infancia. "Me quedo con esa África imaginada, como en general me quedo más con la vida imaginada que con la vida real; para eso sirven la literatura y el cine", explicaba.
Aquella voluntad de escape frente a la sordidez de la posguerra española le impulsó a cultivar un estilo directo e influido por Raymond Chandler, Dashiell Hammett y la novela negra, creando lo que se consideraría un claro precedente del Nuevo Periodismo en España y bautizando su propio género como "acción-ficción". Cautivado por la libertad formal, solía resumir la actitud del grupo creativo de la Escuela de Barcelona citando al cineasta Joaquín Jordá: "Como no podemos hacer Zola, hagamos Mallarmé".
Fuga, adaptación y celuloide
Impulsor clave de la Escuela de Barcelona a finales de los sesenta, Suárez debutó con el cortometraje mudo El horrible ser nunca visto (1966) y el largometraje Ditirambo (1967), financiado gracias al mecenazgo de Angelo Moratti, presidente del Inter de Milán, por intermediación de Helenio Herrera. La película daría nombre también a su productora, Ditirambo Films. A partir de entonces firmó una filmografía audaz y heterogénea que incluye El extraño caso del Doctor Fausto (1969), Aoom (1970), Morbo (1972), Al diablo, con amor (1973), Epílogo (1984) —premiada en los festivales de Cannes y Río de Janeiro—, Don Juan en los infiernos (1991), El detective y la muerte (1994), El portero (2000), Oviedo Express (2007) y la película de animación El sueño de Malinche (2019).
En el ámbito de la televisión, dirigió con enorme éxito la adaptación de grandes clásicos como La Regenta y Los pazos de Ulloa. Sobre la adaptación de la novela de Emilia Pardo Bazán, Suárez confesaba haberse sentido profundamente identificado con su "prosa húmeda y muy sexual", superando sus reticencias iniciales debidas a una formación académica de matices más franceses y anglosajones que hispánicos.
En 1988 alcanzó el reconocimiento unánime con Remando al viento, evocación cinematográfica de Mary Shelley y la creación de Frankenstein protagonizada por Lizzy McInnerny, Hugh Grant y Elizabeth Hurley, galardonada con la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián y siete premios Goya. Suárez rechazó categóricamente trasladar el filme a formato de novela pues el guion poseía en sí mismo una entidad literaria acabada con el propósito expreso de "que la literatura confluyera con el cine en igualdad de condiciones, no como mero objeto de adaptación".
Autor prolífico de decenas de libros –entre los que destacan De cuerpo presente, escrito a modo de "fogonazo" tras consultar a Ray Bradbury sobre Crónicas marcianas, El caso de las cabezas cortadas, El cementerio azul, La musa intusa, Ciudadano Sade o su obra autobiográfica El hombre que soñaba demasiado–, Gonzalo Suárez deja el legado de un fabulador incansable que, habiendo quemado sus primeros escritos juveniles al instalarse en Barcelona, prefirió siempre la verdad ilimitada de la invención a la mera copia del mundo real.