El cuidado de la piel continúa sin ocupar el sitio que le corresponde entre los hábitos saludables diarios. A lo largo del tiempo, la piel ha sido tratada por muchas personas como una variable estética, lo que significa que ha sido sometida a rediseñarse según modas, excesos, decisiones poco fundamentadas, etc. Los dermatólogos insisten en que esta visión tiene una implicación directa en el envejecimiento y en la percepción de calidad de vida a largo plazo, ya que la piel es un órgano muy importante, indispensable incluso, que siempre forma parte fundamental de la vida de una persona.
La piel y la salud
La piel es nuestra primera defensa contra cualquier tipo de agresión exterior como el sol, el frío, la polución o los microorganismos. Sin embargo, si no la cuidamos, se agota antes esta capacidad de protegerse, de hidratarse y de renovarse. Esta pérdida va produciendo en las distintas etapas de la vida, flacidez, arrugas profundas, manchas persistentes y una mayor fragilidad cutánea.
El descuido en la vejez
Los expertos apuntan que muchos de los problemas que se manifiestan en la edad avanzada se inician muchas décadas antes. Una exposición sin control al sol, la falta de persistencia en la hidratación y el uso inadecuado de tratamientos la aceleran. Pero son esos mismos hábitos los que desencadenan transformaciones de marcha irreversible y aumentan la prevalencia de patologías tan estéticas como enfermedades.
La piel y las modas
El auge de las tendencias estéticas rápidas ha hecho ver la piel como un complemento intercambiable, a pesar de que no se puede cambiar ni renovar. Cada agresión no necesaria deja huella y desgaste con el paso del tiempo. Los dermatólogos hacen hincapié en que, para cuidar la piel, no se necesita una cura rápida ni tener una visión a corto plazo, sino que se requiere constancia y una visión a largo plazo, con el conocimiento y el criterio médicos como punta de lanza.
La importancia del criterio profesional
Cualquier alteración cutánea tiene que ser necesariamente abordada por manos expertas. Al dermatólogo le asiste la formación para realizar una valoración de cada tipo de piel o para aplicar los tratamientos que se acomoden a sus necesidades reales. El enfoque que aquí se propone reduce los riesgos a que la piel se vea sometida, evita daños acumulativos, y da prioridad a resultados naturales y coherentes con la estructura y la función del órgano cutáneo.
Tratamientos y prevención para una piel sana
La prevención continúa siendo la medida más efectiva para ayudar a conservar la piel en buen estado a lo largo de los años. La introducción de rutinas sencillas, la protección solar diaria y las revisiones periódicas garantizan la conservación de los niveles de elasticidad y de tono de la piel. Estos cuidados prolongados, finalmente, retrasan las primeras evidencias visibles del envejecimiento de la piel y favorecen la respuesta de la piel ante futuras posibles intervenciones.
Opciones dermatológicas en épocas clave
Los meses de menor exposición solar son favorables para intensificar la solicitud de los procedimientos orientados a mejorar la calidad cutánea, ya que técnicas como peelings, laser o bioestimulación buscan corregir los daños provocados por el sol y activar los mecanismos que el propio organismo tiene para regenerarse. La mejora tras este tipo de técnicas, realizadas bajo el control dermatológico de un especialista, es progresiva, mejorando el bienestar de la persona sin comprometer la salud de la piel.
Así lo advierten los dermatólogos: cuidar la piel hoy condiciona el aspecto y las condiciones de esta en la vejez. La piel tratada con respeto y constancia, con criterios de medicina dermatológica, alcanza la vejez de una forma más sana, funcional y equilibrada.
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