Dormir mal se ha convertido en una experiencia cada vez más común, aunque no siempre se identifique como un problema. En España, el descanso insuficiente convive con una percepción engañosa: se duerme poco, se duerme mal, pero se asume como parte de la rutina.

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Los datos lo reflejan con claridad. Según el Estudio sobre la salud del sueño de los españoles elaborado por Sanitas, la población duerme de media 6,5 horas al día, por debajo de las ocho que considera necesarias. Más de la mitad no alcanza siquiera las siete horas y, sin embargo, seis de cada diez personas creen que duermen bien. Al mismo tiempo, más del 93% reconoce que le gustaría dormir mejor. La contradicción es evidente.

Para la doctora Alba García Aragón, médica general especialista en sueño, en una conversación con El Independiente, esta aparente incoherencia  responde a una realidad muy concreta: el mal descanso se ha normalizado. “Muchas personas llevan años durmiendo mal sin tratarlo adecuadamente, acostumbradas a ello y normalizando el problema”, explica. Lo que debería percibirse como una señal de alerta se ha convertido, en muchos casos, en una condición asumida.

El insomnio que deja de ser puntual

Esa normalización tiene consecuencias. En consulta, el problema ya no aparece como algo esporádico, sino como un patrón sostenido en el tiempo. “Estamos viendo un aumento claro de los trastornos del sueño, especialmente desde la pandemia”, señala la especialista. El estrés, los cambios en los hábitos laborales y la dificultad para desconectar han ido configurando un contexto poco favorable para el descanso.

Dentro de ese escenario, el insomnio crónico se ha consolidado como el principal trastorno. “Es aquel que persiste más de tres meses y ocurre más de tres veces por semana”, detalla. Lo preocupante, añade, no es solo su frecuencia, sino su cronificación: muchas personas conviven con él durante años sin tratarlo adecuadamente.

A esto se suma otro fenómeno cada vez más visible, sobre todo entre los jóvenes: los trastornos del ritmo circadiano. Horarios irregulares, uso excesivo y constante de pantallas y una actividad que se prolonga hasta la noche están alterando los ciclos naturales del sueño.

Dormir menos y dormir peor

El problema del descanso no se limita al número de horas.  También se ha deteriorado la calidad del sueño. Casi nueve de cada diez personas se despiertan durante la noche y más de la mitad lo hace varias veces, según el mismo estudio. El resultado es un descanso fragmentado, superficial y menos reparador.

Las causas son múltiples, pero hay algunas que se repiten de forma consistente. El estrés y la ansiedad encabezan la lista, seguidos de las preocupaciones económicas o familiares y del uso de pantallas antes de dormir  .

Sobre este último factor, la doctora García Aragón advierte de un doble impacto. Por un lado, la luz azul de los dispositivos inhibe la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño, retrasando su inicio. Por otro, el contenido que consumimos mantiene el cerebro activo, dificultando la relajación necesaria para dormir. Lo que implica un retraso en el inicio del sueño y un descanso más superficial.

Pese a ello, el hábito está completamente integrado: más del 84% de los españoles utiliza dispositivos en los minutos previos a acostarse.

Rutinas que ayudan

El uso del móvil en la cama, los horarios irregulares, las cenas tardías o copiosas, la incapacidad para desconectar o la ausencia de una rutina estable son algunos de los errores más habituales antes de dormir. A esto se suma otro factor menos visible pero igualmente importante: la falta de exposición suficiente a la luz natural durante el día.

La especialista subraya una medida simple pero eficaz: “Establecer una hora fija para acostarse y levantarse, incluso los fines de semana, sin que disten más de 30 minutos entre un día y otro”. Ese hábito ayuda a regular el reloj biológico y mejora de forma significativa la calidad del sueño.

Una cuestión de salud.

Distinguir entre un cansancio puntual y un problema de sueño no siempre es sencillo. Sin embargo, existen señales claras: tardar más de 30 minutos en dormirse de forma habitual, despertarse varias veces por la noche, levantarse sin sensación de descanso o depender de estimulantes como la cafeína para afrontar el día.

“Cuando estos síntomas se repiten varias veces por semana durante más de tres meses, ya estamos ante un problema crónico”, advierte la especialista.

Las consecuencias empiezan en lo cotidiano: cansancio, irritabilidad, menor capacidad de concentración, peor estado de ánimo y una productividad más baja son los efectos más inmediatos, tal y como recoge el informe. Pero el impacto va mucho más allá. “Dormir mal no solo nos hace sentir más cansados; tiene un impacto directo en casi todos los sistemas del organismo”, resume García Aragón.

El mal descanso tiene efectos acumulativos sobre la salud. “No alcanzar las horas necesarias de descanso puede derivar, a largo plazo, en un mayor riesgo de enfermedades como hipertensión, diabetes, depresión o deterioro cognitivo”, subraya. La falta de sueño afecta al sistema cardiovascular, al metabolismo, al sistema inmunológico y también al equilibrio emocional.