Opinión

Una vida que merezca la pena

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Una vida que merezca la pena

Resumen:

El estudio científico de la felicidad lleva ya algún tiempo planteándose la pregunta clave sobre cuáles son los ingredientes más importantes de la misma. Y como ahora veremos, algunas de esas respuestas parecen que chocan con algunas verdades oficiales, o al menos con creencias bastante generalizadas.

Lo cierto es que la felicidad es muy, muy compleja. Supone una síntesis de multitud de sensaciones y percepciones acerca de la propia persona, de su entorno y de su futuro. Y nuestro sistema cognitivo, nuestra forma de recordar los eventos vividos, no nos lo facilita precisamente. Nos cuesta detectar las causas del bienestar estable de fondo -la felicidad tal y como la definimos en el campo académico- porque nuestro sistema se centra más en detectar los picos de emocionalidad positiva, mucho más transitorios. Al final, si lo pensamos bien, podemos llegar a la conclusión de que esta carencia de nuestro sistema nos condena a seguir muchas falsas promesas de felicidad.

Pero hagamos un repaso de la complejidad que existe tras la felicidad. ¿Cómo responde la ciencia actual a la pregunta acerca de las bases de la felicidad? En primer lugar, una parte de la felicidad está en los genes, que se manifiestan fundamentalmente a través del temperamento, del carácter. En efecto, los que nacen tranquilos, confiados -emocionalmente estables los llamamos-, y los que se manifiestan activos, vitales y sociables -extravertidos- tienen una buena parte del camino andado. El resto tendremos que trabajar con bastante más ahínco si queremos llegar a ser plenamente felices.

No sólo influye el temperamento, también la actitud. Ser razonablemente optimistas, no compararse con los demás, ser activo a la hora de afrontar los problemas, saber aceptar lo que no se puede cambiar, ser agradecido con las cosas y las personas, disfrutar día a día las pequeñas cosas, son algunas actitudes que la investigación ha demostrado que hace a las personas más felices. Aunque no son estrictamente necesarias, todas suman.

La felicidad es muy, muy compleja. Supone una síntesis de múltiples sensaciones

Y, como es obvio, las circunstancias también importan, especialmente aquellas que influyen en cómo vemos nuestra vida o nuestro futuro. Los golpes de la vida, las épocas de gran incertidumbre o de amargura, nos hacen infelices temporalmente. Lo mismo sucede cuando nos tenemos que adaptar a un cambio tras una ruptura, tras una pérdida, o al sufrir una limitación física. Los problemas económicos también afectan y no tener trabajo es muy, muy dañino para la felicidad. Es decir, que la felicidad no depende sólo de uno mismo, por más que lo repitan algunos gurús de tres al cuarto. Pero también hay que indicar que la adversidad se puede encajar de muchas formas: a los que tienen un mejor temperamento y unas mejores actitudes les afecta menos intensamente y durante menos tiempo.

Muchos creen que con las actitudes y las circunstancias ya pueden dominar la felicidad. Pero no es así. El núcleo de la felicidad, los nutrientes que avivan la llama de la satisfacción vital, ni siquiera han sido citados aún. Aquí debemos hacer mención en primer lugar a las relaciones personales, fundamentales tal y como se ha comprobado en decenas de estudios. El contacto frecuente con personas que apreciamos y nos aprecian, los vínculos y los sentimientos de pertenencia se encargan de llenar ese área clave. En segundo lugar, la relación con nosotros mismos. Lo que se suele resumir como la autoestima.

Y no hace falta ser los mejores, basta con sentirnos a gusto con cómo somos y lo que hacemos; y, por supuesto, estar libres de culpabilidades y complejos.

En tercer lugar, la investigación ha demostrado que sentirnos útiles, sentir que la vida tiene un sentido, sentir que somos valiosos y estamos aportando algo al mundo, nos aporta mucha felicidad; pero a menudo pasa desapercibida porque no es la felicidad de los picos, del éxtasis, de la alegría desbordante; el sentido vital aporta felicidad de fondo, esa que a menudo nos pasa desapercibida y que sólo notamos cuando permanecemos un rato solos en silencio.

Muchos creen que con las actitudes ya pueden dominar la felicidad. Pero no es así

Y aunque no tengamos espacio para comentarlos, también son ingredientes importantes la libertad, la autonomía -ya sea económica en las personas más jóvenes o funcional en las personas mayores-, el sentirnos seguros y en control, o tener retos vitales que nos hagan estar implicados y motivados. Aunque desconocemos todavía muchos aspectos sobre las bases de la felicidad, este repaso enumera al menos una parte de los factores que sabemos que están en la ecuación. Es el fruto de la investigación rigurosa que la Psicología, entre otras ciencias, ha estado llevado a cabo desde hace años.

Por tanto, viendo esta complejidad, y aunque no me gusta dar malas noticias, hay que ser realista. Ser plenamente feliz en esta vida no es fácil, al menos de principio a fin. Por eso creo que debemos normalizar el hecho de no ser feliz en algunas épocas de nuestra vida. Sencillamente va a ser inevitable en muchos casos. ¿Y qué hacer si uno no es feliz? Pues no alarmarse, y pensar lo siguiente: la felicidad es muy importante pero no es lo único importante. Si no puedes ser feliz, al menos no olvides hacer de tu vida algo que merezca la pena.


Gonzalo Hervás es profesor de Psicología de la Universidad Complutense y Presidente de la Sociedad Española de Psicología Positiva

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