El infierno es aquel lugar asombroso en el que la vergüenza desaparece porque ya no se puede caer más abajo. Un submundo que han reflejado durante siglos lleno de esclavos asediados por las llamas pero que poco a poco se ha ido convirtiendo en el lugar del erotismo, el juego, el sexo sin tabúes y sin sacramentos de por medio. El postlimbo en el que todo está permitido y los instintos animales del ser humano adquieren el más vivo de los protagonismos.

Es El Bosco el que sin quererlo, o quizá con toda la intención, abre la puerta de esos infiernos, de hombres medio insectos, de deformidades. Pero, sobre todo, de un desenfreno que abotarga. Nos muestra un placer tan cómodo de alcanzar que parece aburrir. Cuerpos empachados de lujuria, de alcohol, que asumen su suerte de tragedia con hastío pero cuya eternidad es más atractiva que la ganada por los que encontraron la salvación eterna echándole un pulso a sus deseos.

Él era un hombre con un profundo sentimiento religioso. Veía en ese control absoluto de uno mismo la mejor de las virtudes pero dibujó unas tinieblas maravillosas. Mundos que encontró en su cabeza, que desarrolló interiormente y que supusieron un antes y un después en la pintura. Tendemos a pensar que El Bosco debía de tener una mente especial. Unos sueños repletos de colores. Unos sueños mejores que la media. Y sí. Pero, quizá, fue alguien más normal de lo que pensamos. Más tranquilo, menos desequilibrado pero con una imaginación aplastante que desarrolló por una fe ferviente.

El documental El fascinante mundo de El Bosco intenta adentrarse en la cabeza del pintor. Conocer de una forma más intima lo que le llevó a crear todos los elementos que llenan sus pinturas. “Durante un tiempo se pensó que debía de haber ingerido algún tipo de alucinógeno”, cuenta una de las historiadoras del arte que dan consistencia al documental, presentado dentro de la programación de 2017 de Exhibition On Screen y que se estrena el próximo 28 de marzo Y lo desmonta de forma inmediata. “En aquella época ese tipo de imágenes, aunque no con la originalidad de El Bosco, eran comunes en el imaginario colectivo aunque él fue capaz de desarrollarlo de una forma única”, añade.

El análisis se puede realizar gracias a la mayor exposición en homenaje al pintor que se ha celebrado nunca. Por los 500 años de su muerte, en 2016, Den Bosch, su ciudad natal, acogía 36 de sus 44 obras conservadas y que pertenecían a los mejores museos del mundo, entre ellos el Museo Nacional de El Prado. Algo insólito, tanto por la localización como por la cantidad. “En Den Bosch no se conserva ninguna obra del pintor que nos ha colocado en el mapa y ahora hemos conseguido traer la exposición más completa que se ha organizado jamás al lugar donde se crearon todas estas obras”, aseguran.

No fue fácil, pero Charles de Mooij, director del Noordbrabants y uno de los tres comisarios de aquella exposición, recorrió cada uno de los museos que tenían obras de El Bosco y les ofreció, a cambio, conocimiento. Como asegura en el documental: “Les dije que restauraríamos las obras y, sobre todo, investigaríamos cada una de ellas. Lo mejor que le puede ofrecer a un museo es información sobre sus artistas”.

Uno de los dibujos de El Bosco incluidos en la muestra.

Así, 17 de sus pinturas, de un total de 24, y 19 de los 20 dibujos que se conservan y 7 paneles realizados en su taller reunieron casi la totalidad de la obra de Jheronimus Bosch en su ciudad natal. El artista, nacido en 1450, que era hijo y nieto de pintores, vivió siempre en esta ciudad, donde aprendió el oficio de su padre y donde vivió en el número 9 de la plaza principal, hoy una tienda de souvenirs.

“Llevaba una vida normal. Se casó con una mujer que le dio cierta notoriedad social y entró a formar parte de la élite de la ciudad”, aseguran. Esa mujer era Aleid van de Meervenne, igual o más religiosa que él. Entró a formar parte de la Ilustre Hermandad de Nuestra Señora, que entre cisnes y comidas se encargaban de venerar a la Vírgen. Las profundas creencias de El Bosco son parte fundamental de su obra, de sus porqués.

“No consideró que El Bosco fuese un intelectual, sí una persona muy leída. Sobre todo, debió de leer la Biblia al detalle”, asegura Charles de Mooij. Una impresión que viene dada por la capacidad de convertir sus cuadros en novelas, no son meros flashes de una historia, son una narración completa. Repleta de microhistorias tan estrafalarias que le llevaron a ser considerado uno de los pintores más enigmáticos e influyentes del Renacimiento.

‘El jardín de las delicias’

Incluso sus dibujos son más llamativos que sus cuadros. Es capaz de narrar historias populares en un lienzo con una facilidad de genio. “Ahora nos cuesta más reconocer a que se refiere pero en aquella época sus dibujos, y sus cuadros, se interpretarían al segundo por la población”, asegura otra de las historiadoras del arte del documental.

“En algunos de sus dibujos muestra un mismo personaje en distintas posturas. Son fascinantes. Eran figuras que luego incluiría en sus cuadros y que le llevaban un trabajo enorme”, añade. Una tarea laboriosa por la intensidad de cada acción, por su intención de mostrarlo todo. Como aseguró Felipe II, gran admirador de su obra, “si todos pintaban a los hombres como querían ser, él los pintaba como eran”. Y es que era capaz de manipular la técnica artística de su época hasta obtener resultados inimaginables en aquel siglo XV y principios del XVI.

Fue su estilo el que emocinó a más de uno y le consagró en vida en su país y otros países europeos. “Murió estando muy considerado como artista y como ciudadano y tras su muerte se consagró del todo”. Quizá fue, según deja intuir el documental, la falta de pintores dentro de su ciudad y su poca afición a los viajes lo que procuró en él ese estilo tan original. Esos mundos que sólo se encontraban dentro de su espigada imaginación.