Cuando todo se desboca, cada vez que el mundo se abre en canal y por las grietas de los atlas mana el estruendo, el hedor del azufre y la estulticia secular de nuestra especie, regresa la hora estelar de los sensatos, esa cofradía pequeña de gente esclarecida que sostiene la cordura de cuanto nos rodea.

PUBLICIDAD

La epopeya del Verifactu, la caída y auge de las Delcys de Venezuela, la base de Pituffik en Groenlandia, la dupla de poetas latinos Vinicius-Pintus. Alguien más habrá que nos explique todo esto, me digo, mientras escucho a los expertos certificados y a los opinadores habituales cambiar de baldosa para explorar nuevos y peligrosos enfoques de la realidad, bordar un argumento con una soga o efectuar un picado vertiginoso sobre un lugar común remoto, sentado en el coche esperando la salida de los niños del colegio.

PUBLICIDAD

No entendemos nada, y eso -perdona- no podemos permitírnoslo. Ante el caos y el desorden habituales, recelosos de las trampas de la vida y empujados por la abrumadora tentación del siglo de comprenderlo y explicarlo todo con una idea simple, una frase corta -menos es más- o un hallazgo retórico que, bajo una luz propicia y disuasoria, haga caer de maduros los frutos del árbol de la sabiduría que generosamente regalamos a nuestros semejantes, ponemos un pie en la calle buscando respuestas prestadas, persiguiendo razones absolutas que zanjen debates, que cierren bocas y apabullen a los polemistas y a los tocapelotas eventuales con los que nos topamos, ahora que la ley del mínimo esfuerzo nos disuade de pensar y nos evita la trabajera de dudar y desconfiar de lo que nos cuentan.

Si Borges encontró su Aleph en aquel punto situado en el sótano de una casa bonaerense que condensaba simultáneamente todo el saber de la humanidad, nosotros, menos dotados para el simbolismo, la especulación cósmica y las virguerías del lenguaje, enfrentamos la actualidad, el nervio contemporáneo de lo que nos sucede, con el manotazo desesperado del ahogado que busca un asidero, con la angustia existencial de quien espera encontrar opiniones y argumentos que nos convenzan de que alguien, en algún lugar, lo está viendo todo con claridad.

Ya sea por economía intelectual o por conciencia de lo restricto de nuestro discernimiento, todos tenemos un sensato de cámara al que recurrir en tiempos de tribulación

Y es ahí, donde, precisamente, regresa con puntualidad discreta el magisterio benéfico de la sensatez, la tabla de salvación flotante que nos ofrecen los voluntarios de esa aristocracia del espíritu que son los sensatos, aquellos que hablan poco pero dicen mucho, los seres salpicados por los cuatro confines del planeta que, lejos de irrumpir con fuegos de artificio y aparato de sabiduría, se nos revelan por decantación prudente; aquellos pocos de entre nosotros quienes, al no tener la necesidad de levantar la voz afinan el oído, dispuestos a regalarnos, frente a las síntesis fulminantes y las verdades monolíticas, algo mucho más práctico pero menos seductor: un contexto, razones y la incómoda advertencia de que casi todo es más complejo de lo que parece a primera vista.

Pensar es, ante todo, no estorbarse a uno mismo, escribió Machado con la letra de Juan de Mairena. Ya sea por economía intelectual o por conciencia de lo restricto de nuestro discernimiento, todos tenemos un sensato de cámara al que recurrir en tiempos de tribulación, y ahí nos veréis peregrinar, disciplinados, hacia aquel bar en el que ejerce un camarero clarividente, derechitos a la casa del abuelo o a la consulta del protésico dental en la que escuchamos, tiempo atrás, la mejor explicación del ciclo político actual mientras cruzábamos los dedos para que aquella férula para la ortodoncia infantil no nos saliese por un ojo de la cara.

La sensatez, dice mi pana Benito Enríquez, es un metal raro que no brilla, no se exhibe en escaparate ni cotiza en la bolsa de valores del entusiasmo público y digital, pues tampoco garantiza un pasaje tranquilo al lado correcto de la Historia, ahora que hay gobernantes empeñados en imponer una visión geográfica y hemisférica de la bondad como burdo modo de trascender a nuestra pobre condición humana y a lo obtuso y desdichado de sus mandatos políticos. Por este motivo, y aunque una de las virtudes irrenunciables de la sensatez es la de no traficar con la intensidad como si se tratase del Dorado de la inteligencia, no pocas veces el sensato, tan sólo ante la grosería y las rutinas de la facción con la que vamos entendiendo el mundo de un tiempo para acá, se ve obligado a abandonar el rincón de su discreta prudencia arrastrado hacia los ingratos sumideros de la controversia por los discutidores profesionales, en un ejercicio de responsabilidad cívica devastador que solo busca impedir que la templanza se confunda con el asentimiento y la discreción con la pura cobardía.

Por esta razón, -y quizá por otras menos confesables que sólo alguien verdaderamente juicioso puede autoimponerse vergonzosamente ante los demás- no veréis jamás a los sensatos ocupar posiciones centrales en la vida pública, ni en la política, acaudillando una comunidad de vecinos o hablando ex cathedra en una tertulia deportiva radiofónica, Olimpo de almas mucho más versátiles, vehementes y acometedoras. Tened la certeza, en fin, de que a Stefan Zweig, Montaigne o Chaves Nogales -sensatos consuetudinarios por decantación- nadie los buscaría, de haber nacido hoy, entre las mesas de las novedades editoriales y los tutoriales de TikTok, condenados a esperar su momento de magisterio y lucidez en la penumbra de las secciones remotas de las librerías, lejos de los títulos escritos con trampas, hormonas y prisas para lectores impacientes, modernos y estremecedoramente desnortados.

Llegado ese momento en la vida en el que uno, tal vez, deja de mirar el mundo como un territorio de conquista, en el que la aventura deja de ser un imperativo semanal y la estabilidad se vuelve una compañera silenciosa y remuneradora, toca ordenar, quizá, el árbol de prioridades, levantando una ceja frente a los diagnósticos urgentes y los dogmas de las tres palabras resonantes.

En este estado de cosas, sometida la ambición de sumar nuevas experiencias y amistades como quien completa un álbum de cromos, llega ese momento en el que -no sin una mezcla de sorpresa, hilaridad y un punto de piadosa resignación- caemos en la cuenta de lo mucho que nos parecemos a nuestro padre o madre a esta edad y en el que aparece un deseo vital nuevo y más exigente, como es el de sentarse a escuchar, cada vez más, a los sensatos, a los prudentes y a los juiciosos, para terminar comprobando si lo que uno piensa resiste una conversación sin fuegos artificiales, sin urgencias prestadas y sin la necesidad infantil de tener razón antes de tiempo.

Lo vamos consiguiendo.