La historia de David Vallenilla es la de miles de venezolanos. Es la historia de un hombre que, con trabajo y esfuerzo, se ganaba el pan honradamente como abogado. Tenía una vida estructurada, una familia, un hijo. Su máxima aspiración en la segunda parte de su vida era verle crecer y, básicamente, disfrutar de él.

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Pero no pudo ser.

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El régimen encabezado por Nicolás Maduro acabó con la vida de su único hijo. Se llamaba David José y tenía 22 años. Ocurrió en una manifestación en Caracas, cuando un militar le disparó a quemarropa. Tiró a matar. Esa noche, Maduro aseguró en televisión que había dado órdenes de disolver las protestas utilizando "agua y gasecitos".

Tras denunciar en redes sociales las múltiples irregularidades del proceso judicial, David tuvo que huir a España. Su historia muestra hasta qué punto el Poder Judicial puede llegar a corromperse bajo la presión de un régimen autoritario y evidencia la importancia de que los Estados respeten escrupulosamente la ley si quieren ofrecer garantías reales a sus ciudadanos.

La entereza moral de David sobrecoge. Se le quiebra la voz cuando habla de los momentos más dolorosos, pero es capaz de relatar con emoción contenida y una frialdad estoica el asesinato de su hijo y todo lo que vino después, aunque él mismo reconoce que no sabe de dónde sacó las fuerzas para hacerlo.

Ahora, tras reconvertirse con casi 60 años, trabaja cuidando ancianos en Madrid. Explica que disfruta aprendiendo de ellos, pero que también se apena cuando fallecen. No puede ejercer como abogado porque su título no está reconocido en Europa, pero asegura que le encantaría volver a trabajar en un despacho, "aunque fuera solo para mover papeles de un sitio a otro".

El motor que mueve su vida es doble: honrar la memoria de su hijo y luchar para que se haga justicia. Maduro, investigado en Estados Unidos por narcotráfico, no va a responder judicialmente por los miles de asesinatos cometidos bajo sus órdenes durante los episodios de represión. Tampoco por la muerte de David José.

David José Vallenilla tenía 22 años y una vocación clara: cuidar. Era enfermero, recién graduado, y había comenzado la especialidad de quirófano, el área que más le apasionaba. También era español por parte de madre y tenía planes de marcharse a España. "Él sabía que en Venezuela la cosa estaba muy difícil", recuerda su padre. Mientras tanto, trabajaba en una clínica cercana a uno de los puntos donde, en 2017, se concentraban a diario las protestas contra el Gobierno chavista.

La última vez que se vieron fue el Día del Padre de aquel año. Almorzaron juntos. David le advirtió de los riesgos de moverse por una zona tomada por las manifestaciones y por los militares. Le pidió que, si el metro estaba cerrado al salir del trabajo, cogiera un autobús, pero David José hizo lo contrario. Bajó hacia el punto más conflictivo. "Él era así. Tenía la iniciativa de ayudar. Había tantos heridos, tantos muertos…".

Horas después, el teléfono de su padre sonó en casa. Al otro lado estaba la madre del chico, que le dijo que lo habían detenido. De repente, mientras David le hacía preguntas, empezó a escuchar gritos. La llamada se cortó y salió a la calle sin rumbo, "aturdido".

Mientras una vecina intentaba tranquilizarle, una mujer se acercó con un móvil en la mano y le enseñó una fotografía. "Este es el muchacho al que mataron", le dijo. Era su hijo. David se lanzó contra el jardín de la otra acera y se raspó toda la cara con los matorrales. No recuerda cuánto tiempo pasó allí tirado.

Mientras tanto, Caracas estaba colapsada. Él vivía en las afueras y no podía llegar al centro. Cuando por fin logró llegar a la clínica, fue un primo suyo, que trabajaba allí, quien le recibió. "No había nada que hacer", le dijo. Él se encargó de recoger las pertenencias del joven y lograron recuperar incluso su teléfono.

La siguiente parada fue la morgue. Allí, le pidieron que estuviera presente porque no querían permitir que entraran ni el médico ni el fiscal durante la autopsia: los consideraban "enemigos del pueblo". Como abogado, David sabía que aquello era una irregularidad grave e insistió y exigió que se respetara la cadena de custodia.

Finalmente, tras un oficio improvisado y sellado sobre la marcha, le entregaron una bolsa de plástico con cuatro esferas metálicas extraídas del cuerpo de su hijo. El arma utilizada era una escopeta de perdigones, cargada de forma indebida y disparada "con intención de matar".

Esa noche, Maduro apareció en televisión asegurando que había ordenado disolver las protestas con agua y "gasecitos". Incluso mostró imágenes del momento en que un militar disparaba contra David José para sostener que se trataba de un ataque a una base militar. Según el relato oficial, los manifestantes habían derribado un portón, pero la secuencia real fue la contraria: el portón cayó después, como reacción al asesinato.

El momento en el que el militar dispará contra David José, que en ese momento tenía 22 años. Israel Cánovas

A la mañana siguiente, cuando regresó a la morgue, el director había sido destituido y, en su lugar, había un militar. "Entre la noche y el amanecer, todo había cambiado", explica David. El autor del disparo estaba identificado: un sargento de la aviación que no tenía competencias para el control de manifestaciones y que disparó desde el interior de la base militar de La Carlota hacia la calle.

El proceso judicial fue una carrera de obstáculos. A tres días de que venciera el plazo para presentar acusación, destituyeron al fiscal del caso. Gracias a una periodista, David grabó un vídeo denunciándolo y se viralizó. El último día, se presentó finalmente la acusación, pero entonces llegaron los diferimientos: 57 aplazamientos. El acusado nunca llegaba al tribunal, pese a estar "supuestamente" en prisión. El desgaste psicológico fue absoluto, pero David nunca dejó de buscar justicia.

Cuando por fin tuvo delante al asesino de su hijo, le hizo una pregunta sencilla: por qué disparó al pecho y no a la pierna. No hubo respuesta. El sargento fue condenado, pero para David la justicia fue incompleta. "No es un hecho individual", insiste, "no es delincuencia común". Pidió la cadena de mando, el rol de guardia y responsabilidades que llegaran hasta el ministro de Defensa y hasta Maduro. Nunca obtuvo respuesta.

Caprichos del destino, David conoció al ahora detenido dictador en los años 90, cuando trabajaba en el metro y era su responsable. Le define como un pésimo trabajador, un "vago" que no acudía a su puesto con regularidad y al que sancionaba recurrentemente por no cumplir con sus obligaciones.

También hubo presiones. A la semana del asesinato, un alto cargo del Ministerio de Justicia tomado por los militares le ofreció dinero para que se callara. "Le pregunté cuánto cobraría él por un hijo". Después llegaron las amenazas veladas, el desmantelamiento de su despacho —solo el suyo, entre ocho—, los robos y la sensación de estar marcado.

Una ONG le ayudó a instalar cámaras de seguridad, pero se las robaron de camino al metro. Aquella tarde se sentó a llorar en el andén, desconsolado. No podía más. Su familia le pidió que se fuera de Venezuela aunque él no quería. "Pensaba quedarme y luchar hasta el final, como habría hecho mi hijo". Días después, recibió un correo con billetes a España y tomó la decisión de exiliarse.

Cuando aterrizó en Barajas no sabía dónde iba a dormir. Un sacerdote jesuita venezolano le ofreció una habitación durante un mes. A los 57 años, empezó de cero en un país nuevo. En Venezuela tenía casa, estabilidad y una jubilación. Una vida hecha. En España hizo cursos, trabajó de lo que pudo y entró en un programa de acogida. "No es fácil volver a empezar a esa edad", dice. Pero, desde el otro lado del Atlántico, sigue denunciando, con nombres y apellidos.

"¿Volverías a Venezuela si el régimen chavista finalmente es desmontado?". "Solamente si veo una esperanza real de cambio", responde David, que observa con escepticismo todo lo que ocurre en su país natal, donde aún vive la mayor parte de su familia. No confía en los políticos: tampoco en los que, ya en España, no hicieron nada por ayudarle cuando explicó su situación tras el exilio.

Hoy, su lucha sigue siendo la misma: justicia y memoria. Recordar quién era David José Vallenilla, un chico que únicamente quiso ayudar a sus compatriotas y que, como recuerda su padre, nunca llegó a vivir en libertad. Solo así se puede dar sentido al día a día y soportar una vida rota por la barbarie, el poder desmedido, el egoísmo y la intolerancia.