Desde su estreno, el 21 de abril de 1992, la línea que une Madrid y Sevilla se convirtió en un hito de la historia ferroviaria española. Pero a la vez, la alta velocidad se convirtió en una plataforma perfecta para vertebrar España. Nuestro país fue uno de los primeros en apostar fuerte por las nuevas tecnologías ferroviarias. Hasta el punto de convertirse en un ejemplo a imitar en Europa. Y de dotar a Renfe de la mejor tarjeta de visita para competir en el extranjero.

De menos de 500 kilómetros que tenía la línea Madrid-Sevilla se han  pasado a más de 3.000 kilómetros, siendo España la segunda potencia mundial en kilometraje solo por detrás de la inalcanzable China. De casi 3.000 millones de euros que costó en total la alta velocidad estrenada en 1992, los sucesivos Gobiernos se han gastado más de 50.000 kilos. Durante años, los de la burbuja, los ministerios de Transportes -primero- y Fomento -ahora- ambicionaron un AVE a cada capital de provincia, e incluso a localidades medianas o grandes. Así llegó el tren rápido a Antequera, Tardienta o Puente Genil. Ahora las cosas van más lentas.

Hoy día, la compañía pública y Adif están presentes en dos de los concursos más potentes del momento: el AVE de California y el desarrollo de la alta velocidad en Reino Unido. También forman parte del consorcio que está implantando el AVE de La Meca. La alta velocidad se ha visto salpicada en más de una ocasión por la polémica, al usarse como moneda de cambio electoral. En la actualidad, buena parte del territorio nacional está conectado por AVE. La mayor excepción es la del Corredor Mediterráneo, defendido por la Unión Europea, pero relegado por los recortes presupuestarios de Fomento y la apuesta por la alta velocidad en el norte.

 

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Cómo se extendió la red de alta velocidad por España