España

En busca de padrinos: los jaleos de la derecha española con sus socios internacionales

El Parlamento Europeo en su sesión del miércoles
El Parlamento Europeo en su sesión del miércoles | Efe

De todos los motivos que esgrimen los críticos de Vox para justificar sus alegatos contra la actual dirección, uno de los más objetivos es, sin duda, la decisión del partido de abandonar, en julio de 2024, el grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) para pasarse al de Patriots for Europe, bajo el liderazgo de Viktor Orbán, sobre el que siempre se proyecta la sombra de Vladimir Putin. Con esta mudanza se vuelve a repetir el viejo cuento: la búsqueda de padrinos internacionales causa quebraderos de cabeza en la derecha política española. Una búsqueda que, desde los albores de la Transición, parece condenada a ser más complicada, más azarosa y más propensa al desencuentro que para sus adversarios de la izquierda.

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El PSOE no tuvo que salir a buscar padrinos. Cuando España entró en la Unión Europea, ya estaba adscrito desde hacía tiempo a la Internacional Socialista y mantenía una relación estrecha con sus hermanos socialdemócratas de Alemania y Francia. François Mitterrand y Willy Brandt habían arropado a Felipe González y Alfonso Guerra en los primeros pasos de su travesía; la familia ya estaba formada. Los que tenían que andar de puerta en puerta eran los de la diestra.

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De ser conservador a ser democristiano

La UCD de Adolfo Suárez, en su primer congreso, tuvo que buscar padrinos y los encontró en Margaret Thatcher, líder del Partido Conservador británico, que acudió como invitada de honor. Parecía lógico que, si España entraba en la CEE, los centristas se integraran en el grupo European Democrats, el de los conservadores thatcherianos. A Manuel Fraga, en cambio, le costó más encontrar aliados de peso: al congreso de Alianza Popular de 1981 solo acudió el senador republicano estadounidense Phillip M. Crane, aliado de Reagan, pero de un nivel muy inferior al de los socialistas.

Cuando llegó el momento de la entrada de España en la Unión Europea, en 1985, el paisaje de la derecha se había fragmentado. La UCD ya no existía. Fraga lideraba Coalición Popular (AP, el PDP democristiano y el Partido Liberal), Suárez se había quedado con el CDS, al que llamaba “centro progresista”, y los nacionalistas vascos y catalanes (PNV y CiU) jugaban su propia partida. Cada cual buscó su padrino: Alianza Popular se arrimó a los european democrats; el PDP, el PNV y Unió se acogieron al Partido Popular Europeo (la democracia cristiana); Convergencia y el Partido Liberal optaron por el Grupo Liberal Democrático Reformista.

El estreno de AP en el Parlamento Europeo no pudo ser más desconcertante. Para sorpresa de la derecha continental, los dirigentes de Coalición Popular decidieron no apoyar el SÍ en el referéndum de la OTAN de 1986, con la esperanza de que la abstención del electorado de derechas —mayoritariamente atlantista y anticomunista— hiciera triunfar el NO y obligara a Felipe González a dimitir. Aquella estrategia, que anteponía el cálculo electoral a la ideología, enfureció a Thatcher y a todo el grupo European Democrats. Lo peor fue que resultó inútil: gran parte de los votantes de derechas se negó a seguir la consigna y votó SÍ.

En sus memorias, Antonio Hernández Mancha, presidente de los populares entre 1987 y 1989, reconoce lo complicado que resultó interlocutar con los líderes europeos después del cabreo por el asunto de la OTAN. Él presume de haber iniciado el cambio de rumbo hacia los democristianos, que evitó que la derecha española se quedará huérfana con el Brexit. Pero lo cierto es que en el momento del giro al PPE de los populares españoles el protagonismo era para el democristiano Marcelino Oreja (tío de Jaime Mayor Oreja) quien encabezó la iniciativa, frente a la resistencia de eurodiputados como Fernando Suárez, que aseguraba que nada en el mundo podría convertir a los populares en democristianos. Los argumentos de entonces suenan curiosamente familiares: unos se sentían más cerca de los derechos de los trabajadores; otros, de las libertades individuales y los emprendedores. ¿No sería fácil encontrar argumentos razonablemente parecidos a los que ahora esgrimirían un Buxadé o un Espinosa de los Monteros?

Al final se impuso el giro democristiano. Alianza Popular entró en el Partido Popular Europeo, cambió de nombre a Partido Popular y se integró en la Internacional Demócrata Cristiana. Un éxito para Marcelino Oreja, que no pudo disfrutarlo mucho tiempo: Fraga y Aznar se encargaron de apartarlo. Fernando Suárez también quedó fuera de las listas en castigo por sus propuestas. Eso sí, aunque formalmente e internacionalmente el PPE se define como democristiano, los políticos españoles del PP huyen de esa etiqueta como de la peste, en vista de lo gafada que parece estar en España. Y están más cómodos con la etiqueta de liberal, no menos gafada, pero más vendible para un público tan acomplejado como el de la derecha española.

El duque de Suárez no lo pasó mejor. Tras una campaña en la que se proclamaba “progresista” y reclutaba a figuras de centro-izquierda como Carmen Díez de Rivera, Raúl Morodo o Ramón Tamames, eligió como padrinos europeos a los liberales del Grupo Liberal y Demócrata Reformista e incluso metió al CDS en la Internacional Liberal. La decisión provocó una crisis interna. Suárez defendía que su liberalismo era “progresista”, pero Díez de Rivera hizo las maletas y muchos otros no lo vieron claro. Lo más grave no fue perder dirigentes, sino perder votantes: para 1994 los centristas ya estaban fuera del Parlamento Europeo.

Entre los nacionalistas, quien peor lo pasó fue el PNV. Presumía de ser miembro fundador del Partido Popular Europeo, pero cuando la marca PPE se identificó en España con el PP, los peneuvistas se sintieron incómodos y terminaron rompiendo para pasarse a los liberales, primero AALDE y luego Renew Europe.

Los siguientes en buscar sitio fueron Unión Progreso y Democracia y Ciudadanos. Estos últimos, con Francisco Sosa Wagner al frente, optaron en su primera legislatura por ser no adscritos para no meterse en jaleos (con un solo escaño poco podían hacer). En 2014 pegaron el subidón y se pasaron a los liberales de la futura Renew Europe. Fue hacerlo y verse gafados. La trayectoria de Ciudadanos bajo Albert Rivera fue un calco de la del duque de Suárez: primero se proclamó progresista de centro-izquierda, luego dio el gironazo liberal y acabó en el mismo grupo que PNV y Junts. Imitó hasta los errores y llevó a su partido “de la nada al desastre”, parafraseando a Juan Tomás de Salas.

La rectificación de Vox

Cuando Vox entró en el Parlamento Europeo, la prensa española no paraba de equipararlo al Frente Nacional francés de Marine Le Pen (luego Rassemblement National). Todo apuntaba a que se integraría en el grupo Europe of Nations and Freedom (ENF), el habitualmente etiquetado como “ultra”. Sin embargo, sus eurodiputados, encabezados por figuras como Mazaly Aguilar, optaron por el Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), que venía a ocupar el espacio que en 1985 habían tenido los conservadores de Thatcher, solo que sin ingleses tras el Brexit y con Giorgia Meloni en lugar de la dama de hierro. En cierto modo, Vox ocupaba el hueco que el PP había dejado al alinearse con los democristianos.

Hoy los eurodiputados españoles en ECR son los dos miembros de la candidatura de Se Acabó la Fiesta de Alvise que lograron escaño, sin Alvise, impedido por sus procesos judiciales. La entrada de Nora Junco y Diego Solier coincidió con su ruptura política y personal con su cabeza de lista, repitiendo el sambenito de los fraccionamientos de la derecha por sus alianzas.

El cambio de Vox tuvo puntos traumáticos: romper con la derecha italiana de Meloni (la de ECR) para pasarse a la de Salvini (la de Patriots), aquel Salvini que durante el procés había respaldado el independentismo catalán y posado con esteladas. Un giro que se produjo sin aparente debate público y que los críticos atribuyen, además, a la influencia de la familia Ariza.

Un repaso a la hemeroteca demuestra que la búsqueda de padrinos europeos ha sido bastante más traumática para las derechas que para los socialistas. Y en un hipotético deterioro de las relaciones de la UE con los Estados Unidos, incluso dentro del PPE, de ECR, de Renew o de Patriots podrían abrirse grietas que reabrieran las clásicas heridas de la derecha en esta eterna, y a veces desconcertante, búsqueda de padrinos. Porque, al final, la historia de la derecha española en Europa es, en gran medida, peregrinaciones constantes en la duda entre los principios, el pragmatismo y la estrategia, en la que a veces los padrinos pueden apuntalarlas o pueden apuntillarlas.

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