Desde el pasado jueves, los habitantes de Cebreros miran con preocupación al cielo. Entre el humo que cubre el paisaje y los hidroaviones y helicópteros sobrevolando el pueblo, el recordatorio del fuego que ha devorado más de 50.000 hectáreas en Ávila es constante. Las llamas estuvieron muy cerca de devorar las casas el fin de semana. "Hemos pasado del miedo a la desesperación y, al final, a la rabia y a la ira", lamenta Verónica.
Confinados desde el viernes, el ambiente en esta localidad abulense es de absoluta resignación. Algunos pasean con mascarilla, mientras que otros intentan hacer vida normal sentados en las terrazas de los bares. Pero nadie es capaz de olvidar el infierno que han tenido a sus puertas. Los que se paran a saludarse solo hablan de una cosa: "Se ha quemado la zona del pinar", "La carretera a El Tiemblo sigue cortada", "Han mandado a los de la UME hacia el Burguillo".
El incendio declarado hace menos de una semana en Burgohondo se extendió en pocas horas por toda la región, hasta convertirse en el mayor de la historia de España. Jorge Muñoz, responsable de Cruz Roja en la región, acudió al origen del incendio según se decretó. Cuando las llamas avanzaron, tuvo que regresar a Cebreros. "Venía con una fuerza increíble, no éramos capaz de adelantarlas con el coche", recuerda en conversación con El Independiente.
La rápida propagación del fuego hizo que al día siguiente el pueblo también se viese amenazado. Al ver que el incendio se encontraba a las puertas del pueblo, muchos vecinos partieron hacia los montes que lo rodean, para tratar de defender sus cultivos, animales y granjas; su medio de vida. Fue el caso de Verónica que, junto a su marido y sus hijos, acudió sin penárselo dos veces a salvar a sus caballos.
Esta vecina, que vive en Cebreros desde hace más de veinte años, cree que la responsabilidad de evitar la propagación del incendio ha recaído sobre sus habitantes. "Nos hemos sentido abandonados totalmente, aquí no ha habido efectivos ni ha habido nada, solamente la gente del pueblo", comenta con rabia.
El incansable trabajo de los voluntarios
A sus 26 años, Pablo es uno de los muchos voluntarios que han salido a proteger su hogar con los propios medios de los que disponen. Según detalla, el alcalde del pueblo les ha permitido usar los camiones que había en el parque de bomberos de la localidad. "Vamos donde creemos que podemos ir. No a los focos fuertes, porque tampoco tenemos conocimiento de ello", admite.
El joven comparte la sensación de abandono de Verónica. "No nos ha ayudado casi nadie, entendemos que hay más fuegos en la zona y que tienen que ir a apagarlos, pero siendo voluntarios hemos ido veinte o treinta chavales de aquí del pueblo", subraya. En la linde del pueblo, se aprecia la magnitud de la tragedia. A pocos metros de las casas, allá a donde alcanza la vista el paisaje aparece abrasado. La tierra sigue escupiendo el calor acumulado de estos días.
"Fue un infierno", rememora Verónica sobre los momentos más críticos de la lucha contra el fuego que amenazaba su hogar. Cuando intentaba proteger a sus caballos, ella y su familia se vieron rodeados por las llamas. "Vino un camión de la UME, se paró en la entrada del camino y salieron dos miembros de la UME; miraron y se piraron", asegura. Para ella, fue un "milagro" salir de allí con vida.
Se vacía el campo, aumentan los incendios
En Cebreros llueve sobre mojado. Hace cuatro años otro incendió calcinó más de 4.000 hectáreas de monte. Jorge Muñoz lamenta que aquel fuego calcinó los pinares que rodeaban el pueblo. "Estamos un poco acostumbrados, pero igualmente es increíble el daño que te hace porque cuando vas tu comarca y ves cómo lo ha dejado, se te cae el alma al suelo", explica el responsable de Cruz Roja.
De hecho, entre todas las personas que han atendido estos días por quemaduras, irritación en los ojos o rozaduras, también han tenido que tratar varios casos de ataques de ansiedad entre los vecinos. Con varios años de experiencia a sus espaldas en este tipo de emergencias, está convencido de que la despoblación de la zona hace que los incendios sean ahora tan devastadores. "El campo está abandonado", se queja. Cada vez hay menos pastores, viticultores o agricultores que se encarguen de mantener el monte limpio.
Es una opinión compartida entre el resto de habitantes del pueblo. Aurelio es vendedor de la ONCE y lleva 33 años viviendo en Cebreros. "Antes teníamos ganado por todos los sitios. La gente se se dedicaba a la ganadería y a la agricultura, teníamos cabras por el campo, teníamos vacas, teníamos caballos. Ahora no tenemos nada", apunta. Con dolor, este hombre se lamenta por la pérdida del campo a consecuencia del fuego, que no deja de ser el medio de vida de buena parte de los vecinos.
Arde el "pulmón verde" de Ávila
Ante el abandono del medio natural, los pueblos de la zona habían encontrado un alivio en el turismo. Con el Embalse del Burguillo y el Valle de Iruelas en las proximidades, muchos visitantes escogen este "pulmón verde" a apenas una hora de Madrid como lugar de descanso. De hecho, Cebreros triplica su población en verano por la llegada de los turistas.
Sin embargo, la sucesión de incendios pone en riesgo este modelo de negocio. "¿Tú irías a un sitio donde está todo quemado y lo único que vas a respirar es olor a madera abrasada?", inquiere Verónica.
Una de las visitantes que cada año acuden a Cebreros es Ángela. En su casa, un familiar cercano tiene casa en el pueblo, y aprovecha las vacaciones para disfrutar su posición privilegiada en medio de la naturaleza. "Mi marido y yo montamos mucho en bici y esta zona daba gusto porque era un pulmón", comenta apenada. Además de por la enorme pérdida ecológica que ha sufrido todo el entorno, se muestra muy apenada por el dolor de las familias afectadas, especialmente aquellas que han perdido sus negocios.
José Luis es dueño de un restaurante a la entrada del pueblo. Con resignación, trata de limpiar los restos de ceniza que se acumulan a la entrada de su negocio. "Se ha abrasado todo, es una pena para todos", señala mientras continúa con su tediosa tarea. El hombre se acuerda de El Quexigal, un hotel de lujo que iba a abrir sus puertas el año que viene en Cebreros: "Ahora se han estropeado todas las vistas". Aun así, acoge con la resignación imperante en el pueblo lo que prevé será un "fracaso" para los negocios de la zona: "El fuego es el fuego y no lo podemos parar".
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