En una catástrofe o un accidente de magnitudes como las vividas en los últimos días, la atención se centra en los heridos, las víctimas mortales y en las labores de rescate, pero a veces nos olvidamos de quienes sobreviven, o de quienes participan en las tareas de auxilio: la tragedia no termina cuando concluye la emergencia. En muchos casos, de hecho, es entonces cuando empieza.
El segundo drama pasa por afrontar las secuelas psicológicas, aprender a convivir con lo ocurrido y, para quienes han perdido a sus seres queridos, adaptarse a una vida marcada por su ausencia. El accidente ferroviario de Urda (Toledo) ha vuelto a poner sobre la mesa la importancia de atender la salud mental tras una catástrofe, no solo entre las víctimas directas y sus familiares, sino también entre los profesionales y voluntarios que prestan ayuda y que, a menudo, quedan relegados a un segundo plano pese al impacto emocional que pueden sufrir.
La atención psicológica no puede limitarse a las primeras horas ni entenderse como un complemento de la asistencia sanitaria. El Ministerio de Sanidad, tras el trágico accidente de Adamuz, ya apuntó que "la atención psicológica tras una catástrofe no es un complemento, sino una parte esencial de la respuesta sanitaria". Una intervención que, además, debe extenderse a quienes trabajan para ayudar a los demás: "el cuidado de quienes cuidan es una inversión esencial en salud pública y cohesión social".
Culpables de sobrevivir
Pero salir con vida de un accidente grave tampoco significa que la experiencia termine cuando el peligro desaparece: durante los primeros días, el impacto puede manifestarse en forma de ansiedad, insomnio, pensamientos recurrentes, imágenes que vuelven una y otra vez a la memoria o flashbacks. Son reacciones que pueden desconcertar a quienes las experimentan y también a su entorno, especialmente cuando no comprenden por qué siguen sintiendo miedo después de haber sobrevivido.
Vanessa Fernández, del Colegio de Psicólogos de Madrid, explica a El Independiente que el shock inicial depende de las circunstancias del accidente y del grado de afectación de cada persona, pues no todos los supervivientes reaccionan de la misma manera ni necesitan el mismo tiempo para asimilar lo ocurrido.
Entre esas reacciones aparece una especialmente difícil de comprender: la culpa por haber sobrevivido. En palabras de la experta: "en vez de estar contentos por haber sobrevivido, muchas personas se sienten tristes y culpables por haberse sido ellos quienes han lo ha hecho y sobre todo, por no haber podido socorrer a personas que lo necesitaban". La sensación de haber podido hacer algo más, de no haber ayudado a otra persona o de haber salido ileso mientras otros sufrían consecuencias graves puede acompañar a algunos supervivientes después del accidente. A ello se suma, en ocasiones, el embotamiento afectivo, una reacción que dificulta conectar con las propias emociones.
Estas manifestaciones pueden disminuir durante las semanas posteriores, pero es importante prestar atención a su evolución porque cuando las reacciones se prolongan o se complican, pueden derivar en problemas como el trastorno de estrés postraumático.
La realidad ahora es soledad
Para los familiares de las víctimas, el impacto adopta otra forma en la que la muerte repentina rompe de golpe la vida cotidiana y obliga a afrontar una ausencia para la que no ha habido preparación. A la pérdida se suman, en muchos casos, las gestiones que deben realizarse, los cambios en la organización familiar y las dificultades para retomar la actividad laboral y social.
Ana María Campo, presidenta fundadora de la asociación Stop Accidentes, conoce esa realidad desde su propia experiencia, después de perder a su hijo Jordi, arrollado por un conductor ebrio: "La realidad es una soledad tremenda frente al dolor que te atenaza y te inmoviliza". La asociación a la que representa, ofrece una guía de asesoramiento psicológico y social para personas afectadas por accidentes de tráfico y otras emergencias viales. En ella se recuerda que el duelo no sigue un recorrido lineal: no existe un calendario único para asimilar la muerte de un ser querido ni una forma idéntica de afrontar su ausencia.
En ese proceso, hablar de lo ocurrido y recordar a la persona fallecida puede formar parte de la adaptación a la pérdida. Evitar cualquier referencia a quien ha muerto no es necesariamente la mejor manera de ayudar a una persona en duelo. Como recuerdan los especialistas de Stop Accidentes, "Elaborar el duelo no significa olvidar. Significa haber aprendido a vivir y a seguir queriéndole desde su ausencia física".
Trauma vicario: el sufrimiento de los que ayudan
El impacto de una catástrofe no termina en los pasajeros y sus familiares. Los profesionales sanitarios, los equipos de rescate, las fuerzas de seguridad y los voluntarios pueden quedar expuestos a escenas especialmente duras y al sufrimiento de las personas a las que atienden, algo que se conoce como trauma vicario y que tiene que ver con un sufrimiento emocional relacionado con el contacto intenso y continuado con el dolor ajeno.
El marco de intervención psicosocial del Comisionado de Salud Mental del Ministerio de Sanidad aclara que: "La salud mental es un lujo cuando no se tiene agua, comida, vivienda o la vida está en peligro". Una vez atendidas esas necesidades, el apoyo psicológico puede incorporarse de manera progresiva, tanto para acompañar a los afectados como para preparar a los equipos de primera línea y vigilar su bienestar. Cuidar a quienes intervienen en una catástrofe también forma parte de la respuesta: su exposición al sufrimiento no desaparece necesariamente cuando termina el operativo.
Escuchar, acompañar y conectar
Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) promueve los primeros auxilios psicológicos como una forma de ofrecer ayuda humana, práctica y respetuosa a quienes atraviesan una situación de angustia. Este modelo se organiza en torno a tres principios: mirar, escuchar y conectar. El primero consiste en comprobar la seguridad del entorno, identificar necesidades básicas urgentes y detectar a las personas que presentan un malestar intenso. El segundo implica acercarse con respeto, escuchar las preocupaciones de los afectados y preguntar qué necesitan, sin presionarlos para que hablen. El tercero busca facilitar el acceso a la asistencia médica, proporcionar información clara y ayudar a restablecer el contacto con familiares y redes de apoyo.
Los primeros auxilios psicológicos no sustituyen a una terapia ni equivalen a un tratamiento clínico. Son una herramienta de acompañamiento que pueden aplicar personas capacitadas, siempre desde el respeto a la dignidad y las circunstancias de quienes reciben la ayuda. La edad también representa un factor fundamental en esta cuestión; los niños pueden expresar su angustia mediante comportamientos propios de etapas anteriores, como volver a mojar la cama o mostrar una mayor dependencia de sus cuidadores. En los adolescentes, el malestar puede manifestarse a través del aislamiento, la irritabilidad, el hermetismo o las conductas de riesgo.
La guía citada recomienda que los adultos hablen con los menores de forma honesta y adaptada a su edad; también que eviten frases vacías del tipo "morir es como dormir" que solo pueden generar temores adicionales. En este sentido, la recomendación también pasa porque los rituales de despedida no deben ser obligatorios, pero tampoco prohibidos, el niño debe poder elegir.
Para algunos supervivientes, el accidente continúa en los recuerdos que regresan. Para quienes han perdido a un ser querido, comienza el proceso de aprender a vivir con su ausencia. Y para quienes acudieron a ayudar, queda la necesidad de asimilar lo que vieron y vivieron. La coordinación de las administraciones, el apoyo mutuo y el acompañamiento profesional a largo plazo son fundamentales para que esas heridas invisibles reciban la atención que necesitan.
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