"Lo acabo de decir en voz alta… y ahora me sale en Instagram". La escena se repite cada vez con más frecuencia y ha alimentado una sospecha difícil de desterrar: que los teléfonos móviles escuchan nuestras conversaciones para mostrarnos publicidad. Sin embargo, todo apunta a que la realidad es distinta.
Uno de los estudios más citados sobre esta cuestión, realizado por la Universidad Northeastern en 2018 tras analizar miles de aplicaciones de Android, no encontró pruebas de que estas herramientas graben audio de forma encubierta con fines comerciales. En la misma línea, organismos reguladores como la Federal Trade Commission sostienen que no existe evidencia de una escucha masiva y sistemática, entre otros motivos, por las limitaciones técnicas que implicaría: un consumo elevado de batería, un tráfico de datos difícil de ocultar y un coste de procesamiento desproporcionado incluso para grandes tecnológicas.
A ello se suma el marco legal. En Europa, el Comité Europeo de Protección de Datos recuerda que una práctica de este tipo vulneraría el Reglamento General de Protección de Datos si no existe un consentimiento explícito del usuario.
Entonces, ¿por qué la sensación de estar siendo escuchados resulta tan convincente? La respuesta está, en gran parte, en el modelo de negocio de la publicidad digital. Compañías como Google o Meta construyen perfiles extremadamente detallados a partir de la actividad del usuario: búsquedas, ubicación, historial de navegación, uso de aplicaciones o interacciones en redes sociales. Este volumen de información permite anticipar intereses con una precisión que a menudo se percibe como intrusiva.
A esa capacidad predictiva se añade un factor psicológico. El llamado efecto Baader-Meinhof, o ilusión de frecuencia, hace que una vez que algo capta la atención —como un producto del que se ha hablado recientemente— el usuario empiece a percibirlo con mayor frecuencia, aunque estuviera presente antes en su entorno digital.
Esto no significa que el micrófono del teléfono no se utilice. Aplicaciones y asistentes de voz como Siri o Google Assistant acceden al audio, pero lo hacen con permisos explícitos y con indicadores visibles en el sistema operativo. El problema, señalan los expertos, no está tanto en una escucha constante como en la cantidad de datos que se recogen por otras vías y en cómo estos se cruzan para perfilar al usuario.
En ese contexto, la idea de que el móvil escucha puede ser más una percepción que una realidad técnica. Pero detrás de esa percepción hay un hecho menos visible y más complejo: la capacidad de las plataformas digitales para conocer —y anticipar— los hábitos de sus usuarios con una precisión cada vez mayor.
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