El cerebro humano no espera a percibir el mundo: lo anticipa. Esa es, en resumen, la tesis que defienden los científicos cognitivos Earl K. Miller, del MIT, y Lisa Feldman Barrett, de la Universidad Northeastern, en un artículo publicado en Nature Reviews Neuroscience. Su propuesta revisa la idea clásica de que primero percibimos, después clasificamos y finalmente actuamos.
Según Barrett y Miller –eminencia gris del Miller Lab for Cognitive Neuroscience del MIT y músico en sus ratos libres–, el orden sería otro al que hemos intuído tradicionalmente, privilegiando la intervención de los sentidos. El cerebro prepara posibles respuestas antes de completar la percepción de la vista, el oído, el tacto, el gusto o el olfato. Y su función de categorizar no consistiría en colocar cada estímulo en una carpeta mental ya existente, sino en construir una predicción útil para actuar. En un entorno acelerado, lleno de señales simultáneas que exigen una reacción pronta, esa anticipación es clave para responder adecuadamente en el menor tiempo posible.
“Una de las tareas principales de tu cerebro es predecir el mundo”, afirma Miller. “Procesar las cosas lleva varios cientos de milisegundos y, mientras tanto, el mundo sigue moviéndose. Así que tu cerebro tiene que anticiparse”.
Para ilustrar su teoría, Miller y Barrett ponen un ejemplo muy gráfico y muy común: cómo reaccionamos al ver un perro. La visión tradicional diría que el cerebro reconoce primero sus rasgos –tamaño, forma, sonido, movimiento–, los compara con la categoría “perro” y después decide qué hacer. Estos investigadores sostienen que el contexto pesa desde el comienzo. No es lo mismo ver a un perro desconocido en una calle extraña que al animal familiar de un vecino. En un caso, el cerebro puede preparar una respuesta de cautela; en otro, una de acercamiento. Así, la categoría perro no describe solo lo que hay delante: organiza una acción posible.
“El modelo estímulo, cognición, respuesta del cerebro es erróneo”, sostiene Barrett. “El cerebro se prepara para una respuesta y después percibe un estímulo. Un cerebro no es reactivo. Es predictivo. La planificación de la acción va primero. La percepción va después, como función del plan de acción”.
Un cerebro predictivo
El artículo apoya esta tesis en evidencias anatómicas y funcionales. La corteza cerebral no solo envía información desde los sentidos hacia áreas superiores. También proyecta señales de vuelta, desde la memoria y los planes de acción, hacia las regiones sensoriales. Barrett y Miller señalan que hasta el 90% de las sinapsis en la corteza visual son de retroalimentación, no de avance desde la entrada sensorial. El cerebro, por tanto, no se limitaría a recibir datos: los filtra, los comprime y les da sentido según lo que espera y necesita hacer.
“La capacidad de crear similitudes a partir de diferencias –la capacidad de abstracción, en definitiva– está incrustada en la arquitectura del sistema nervioso”, afirma Barrett.
La relevancia de este nuevo planteamiento rebasa las fronteras de la neurociencia. En un momento en que la inteligencia artificial parece ocupar toda conversación sobre el conocimiento y el aprendizaje, el trabajo de Miller y Barrett recuerda que seguimos descubriendo aspectos básicos de la inteligencia biológica. El cerebro humano no opera como una cámara que registra el exterior ni como una base de datos que etiqueta objetos. Funciona con expectativas, necesidades corporales, memoria y planes de acción. Percibir es también apostar.
El motor de los prejuicios
Esa idea también ayuda a entender los prejuicios humanos. Si el cerebro categoriza para actuar rápido, también puede imponer categorías demasiado pronto. Lo que en términos biológicos sirve para orientarse en un entorno incierto puede convertirse, en la vida social, en una lectura rígida de personas o situaciones. Un rostro, un acento, una conducta o un gesto pueden ser interpretados a partir de experiencias previas y expectativas antes de que haya una evaluación completa. El prejuicio sustituye la opinión elaborada con una predicción casi simultánea a la percepción que puede condicionar el proceso de toma de decisiones posterior.
La investigación no explica por sí sola los prejuicios sociales, pero sí ilumina una de sus condiciones cognitivas: el cerebro convierte diferencias en similitudes funcionales para anticipar una respuesta. Esa economía sináptica, útil para orientarse con rapidez en un entorno incierto, puede volverse problemática cuando aplica categorías rígidas a personas o grupos.
Miller y Barrett aplican esta lógica también a algunos trastornos. La depresión puede entenderse como un caso en el que el cerebro impone categorías demasiado amplias, como “amenaza” o “crítica”, sobre episodios que podrían no requerir esa lectura. En el autismo, plantean el caso contrario: una compresión insuficiente de las señales sensoriales, con menor tendencia a generalizar entre situaciones parecidas.
El cerebro, apuntan, no clasifica el mundo después de verlo. Lo clasifica mientras lo anticipa y lo ve. Y esa anticipación, que permite actuar a tiempo, también condiciona lo que creemos estar viendo.
Te puede interesar