Humo denso, paredes ennegrecidas, pueblos reducidos a ceniza y el dolor de los que habitaban en ellos fue lo que marcó una campaña negra en la que el fuego acabó con más de 340.000 hectáreas en España el verano pasado. Hoy, la situación sobre el terreno sigue siendo alarmante. Sara Mateos, agente medioambiental y delegada del CSIF en Castilla y León, denuncia que a pesar de la magnitud de la tragedia vivida el año pasado, el plan de prevención no ha experimentado mejoras reales.

"Nada ha cambiado, lo que pasó el año pasado va a volver a pasar, no sé si en 2026 o en 2027, pero va a volver a suceder. Se nos quema media España y nadie hace nada" menciona Mateos a El Independiente. A pesar de la tragedia, el dispositivo de prevención y extinción de incendios se asoma a la nueva temporada con las mismas carencias estructurales, un personal precarizado y unos montes abandonados a su suerte.

Precariedad en la línea de fuego

El sistema está dividido en una compleja red que combina funcionarios públicos —agentes, técnicos y vigilantes— con cuadrillas privadas contratadas por un "amasijo de empresas" forestales. La precariedad es el denominador común de todos los que enfrentan la campaña de verano.

Las condiciones en primera línea de fuego rozan lo absurdo, salarios que rondan los 1.100 euros y jornadas interminables que se alargan porque el contador empieza a correr solo cuando llegan a las llamas. Para Sara, las deficiencias organizativas y legales son tan evidentes que limitan su margen de maniobra. "Esto es el ejército de Pancho Villa. Yo me voy a un incendio de directora de extinción con una inseguridad brutal". El plan de prevención de incendios ha sido inexistente durante la temporada baja. Al no existir planes de prevención tasados por la administración, no se han podido asignar tareas y como resultado, los trabajadores han pasado el invierno inactivos, con vigilantes encerrados en casetas mientras nevaba o conductores sentados en sus camiones sin una hoja de ruta, mientras los montes continuaban sin desbrozarse.

Ahora se acercan las altas temperaturas y los recuerdos de veranos pasados se acumulan en la memoria de Sara, que describe la crudeza de su labor diaria. "Te vas por 1.100 euros, te metes en un incendio, le dices a 30 personas que se metan en un incendio y te pones a rezar porque no le pase nada a nadie". Porque si jugarse la vida fuera poco, además los agentes medioambientales no cuentan con la protección de la ley. El sistema está diseñado para que en caso de desgracia, sea el agente el que acabe "en el banquillo de los acusados" como responsable de su vida y de las ajenas.

Estudiantes y desempleados apagando fuegos

Lejos de reforzar la plantilla, "en Castilla y León se están gastando cantidades indecentes de dinero en comprar camiones y cámaras, pero no se está invirtiendo nada en la parte humana. ¿De qué me sirve un camión si no tengo un conductor cualificado?".

Las bolsas de empleo público se han agotado y las condiciones no han mejorado. La administración ha empezado a recurrir a personas del paro que en caso de denegar el empleo perderán el subsidio. "La gente acepta meterse en una emergencia a jugarse la vida sin experiencia porque te obligan desde el paro".

Las empresas privadas que colaboran con la administración pública en materia de vigilancia forestal están cubriendo sus vacantes con estudiantes de verano. Enviando así a personas ante una emergencia para la que no se les ha preparado, "es una imprudencia que hace que pierdas efectividad y que haya más accidentes" sentencia Sara.

"Está ardiendo en abril como si fuera junio"

El invierno y la primavera lluviosa que hemos atravesado no garantiza una campaña segura. Una experta de Greenpeace recuerda en conversaciones con este periódico que el año pasado pese a las previsiones optimistas —generadas por los embalses llenos— terminó siendo el peor año de incendios registrados, en el que se triplicó la superficie quemada y ocurrieron ocho de los diez incendios más grandes de este siglo.

La realidad es que el suelo no tiene capacidad para absorber todo el agua. La vegetación sufre de "estrés hídrico", no crece debido al encharcamiento producido por las lluvias torrenciales. La temporada de incendios ya se ha adelantado y "está ardiendo en abril como si fuera junio".

Sara vaticina un futuro oscuro si no hay cambios estructurales inminentes. Su frustración y la de sus compañeros se propaga con cada indiferencia de la Junta, cada año más desprotegidos, cada año más a la deriva, cada año un poco más hasta que no quede nada que lamentar "se nos quema media Castilla y León y no pasa nada, nadie hace nada".