Harvey Weinstein ha concedido desde la cárcel su primera gran entrevista desde que fue detenido en 2018. El antiguo magnate de Hollywood, de 73 años, ha hablado con The Hollywood Reporter desde la prisión de Rikers Island, en Nueva York, donde cumple condena mientras afronta nuevos procesos judiciales. Su diagnóstico sobre la vida entre rejas es directo: “Me estoy muriendo aquí”.
La conversación, realizada a finales de enero y publicada esta semana por la revista estadounidense, se desarrolló durante una hora en una sala de la cárcel. Weinstein, más delgado y en silla de ruedas, llegó escoltado por un funcionario. El productor pasa la mayor parte del tiempo recluido en una unidad médica y asegura que vive prácticamente aislado.
“Paso casi todo el día en mi celda”, explica. “No tengo contacto humano salvo con los guardias y las enfermeras”. Según relata, permanece encerrado 23 horas al día por motivos de seguridad. “Rikers Island es el infierno”, afirma.
El productor sostiene que su estado de salud se ha deteriorado seriamente. En los últimos años ha sido hospitalizado por distintas dolencias –entre ellas diabetes, una operación de corazón y cáncer– y padece estenosis espinal, lo que le obliga a desplazarse en silla de ruedas. “Tengo cáncer de médula ósea. Me estoy muriendo aquí”, asegura. “La idea del fiscal probablemente sea que muera en prisión”. Admite que teme no salir vivo de la cárcel. “Me asusta muchísimo”, dice. “Es increíble haber tenido la vida que tuve y no recibir ahora un trato más humano”.
Amenazado y agredido por otros presos
Weinstein explica que su notoriedad le ha convertido en un recluso particularmente vulnerable. “Aquí mi fama me perjudica”, sostiene. “Es demasiado peligroso para mí estar con los demás”. Según afirma, cuando sale al patio otros presos se le acercan para pedirle dinero o abogados.
En una ocasión, relata, un recluso lo agredió mientras esperaba para usar el teléfono. “Le pregunté al hombre que estaba delante si ya había terminado. Se giró y me dio un puñetazo en la cara. Caí al suelo sangrando”, cuenta. Los guardias le preguntaron quién había sido, pero asegura que no lo denunció. “No puedes ser un soplón. Es la ley de la selva”.
Su principal vínculo con el exterior son las llamadas telefónicas. Cada tres horas dispone de unos minutos para hablar con sus abogados, algunos amigos y tres de sus hijos. “Es lo único que me mantiene cuerdo”, afirma. Dos de sus hijas, explica, no mantienen contacto con él desde que estalló el escándalo en 2017.
"Sigo hablando con gente de Hollywood"
Gran parte de su tiempo en prisión lo dedica a leer. Dice que recibe libros por correo y que durante su estancia en la cárcel ha vuelto a clásicos que no leía desde la adolescencia, como Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas o El gran Gastby. “Leerlos a los 73 años encerrado en una celda te impacta de otra manera”, comenta.
También ve películas en una tableta que los reclusos pueden utilizar pagando una pequeña cantidad por título. Hace poco volvió a ver El indomable Will Hunting, uno de los grandes éxitos que produjo en los años 90. “No la había visto en 25 años”, dice. “La vi en mi celda y pensé: ‘Esto fue bastante bueno’”. Aun así, sigue leyendo con regularidad las publicaciones de la industria cinematográfica. “No puedo evitarlo”, afirma. “Sigo hablando con gente de Hollywood”.
“Nunca agredí a nadie”
La entrevista repasa también las acusaciones de agresión sexual que precipitaron su caída en 2017 y desencadenaron el movimiento #MeToo. Casi un centenar de mujeres han denunciado públicamente comportamientos abusivos por parte del productor. Weinstein insiste en que nunca cometió agresiones sexuales. “¿Fui insistente? ¿Me comporté de forma estúpida? Sí”, reconoce. “Pero ¿agredí sexualmente a una mujer? No. Nunca lo hice”.
Según su versión, algunas denuncias se explican por acuerdos económicos alcanzados fuera de los tribunales. “Una mujer recibió medio millón de dólares. Otra 500.000. Otra tres millones”, afirma. “Todo lo que tenían que hacer era rellenar un formulario diciendo que yo las había agredido”. También sostiene que algunas antiguas colaboradoras exageraron o reinterpretaron situaciones. “¿Hubo un desequilibrio de poder? Sí”, admite. “Sé que puedo ser intimidante y difícil. Pero eso está muy lejos de una agresión sexual”.
Sobre la actriz Gwyneth Paltrow, una de las figuras más conocidas que habló públicamente contra él, asegura que la acusación le resultó especialmente dolorosa. “Era una buena amiga”, dice. “Hace de algo que no fue nada un gran escándalo”.
Una disculpa limitada
Weinstein reconoce comportamientos que hoy considera “estúpidos” y “equivocados”. Admite que engañó a sus esposas y que utilizó a su equipo para ocultar relaciones extramatrimoniales. “Eso fue inmoral”, afirma. Pero rechaza disculparse por los delitos de los que se le acusa. “No voy a pedir perdón por algo que no hice”, dice. Aun así, formula una disculpa general: “Pido perdón a esas mujeres. Lo siento. No debería haber estado con ellas en primer lugar. Las engañé”.
Sobre su propio papel en el movimiento #MeToo, reconoce que la industria necesitaba un ajuste de cuentas. “Si las mujeres estaban siendo explotadas o perjudicadas, creo que eso fue bueno”, afirma. Pero añade que el movimiento acabó centrado en su figura: “Cuando Alyssa Milano dijo ‘Me too’, no estaba hablando de mí. Pero todo terminó siendo sobre mí”.
Durante décadas, Weinstein fue uno de los productores más poderosos de Hollywood, responsable de éxitos como Pulp Fiction o Shakespeare in Love. En la entrevista reivindica su influencia en la industria y su papel en el impulso del cine independiente en los premios Óscar. “No pueden decir que no amaba las películas”, sostiene. “Luché por ellas”. Cuando se le pregunta cómo cree que será recordado, admite la incertidumbre. “Espero que por mis películas”, dice. “Pero no lo sé. Probablemente no”. Desde su celda, insiste en que todavía espera demostrar su inocencia. “Seré declarado inocente”, afirma. “Eso lo prometo”.
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