Las protestas que sacuden Irán desde hace casi una semana, iniciadas por comerciantes y propagándose rápidamente por todo el país, combinan un detonante económico inmediato con un malestar político estructural largamente acumulado. A diferencia de otras oleadas, el contexto internacional —marcado por las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump— introduce un factor externo que podría alterar tanto la dinámica interna de las movilizaciones como la respuesta del régimen.

¿Cuáles son las razones de la indignación?

El origen de las protestas es eminentemente económico. La brusca depreciación del rial, que ha perdido hasta un 60 % de su valor desde junio, y una inflación que supera el 40 % anual han golpeado de lleno a comerciantes, trabajadores y clases medias. “Las protestas en Irán se desencadenaron inicialmente por el deterioro de la economía”, explica a El Independiente Naysan Rafati, analista del International Crisis Group. Pero, como en episodios anteriores, “han crecido hasta reflejar agravios más profundos contra el sistema en su conjunto”.

El malestar económico actúa así como catalizador de una ira política más amplia contra la República Islámica y el sistema político. Según Rafati, si las protestas continúan ampliándose, el patrón histórico es claro: “El historial del Gobierno ha sido recurrir a una represión creciente en lugar de abordar los factores fundamentales del descontento político, social y económico”. A esta presión interna se suma ahora una externa, con Teherán obligado a “afrontar no solo la agitación desde abajo, sino también al menos la posibilidad de una implicación desde fuera”.

Manifestantes marchan por Teherán.

¿Qué nos enseñan las oleadas de manifestaciones previas?

El actual ciclo de protestas comenzó en Teherán con huelgas de comerciantes de telefonía móvil y tecnología, “entre los más duramente golpeados por la fuerte depreciación del rial”, señala Sina Toossi, investigador del Center for International Policy. Desde ahí, las movilizaciones se extendieron a calles y distritos comerciales de la capital como el Gran Bazar de Teherán y, en los días siguientes, a otras ciudades del país, mezclando reivindicaciones económicas con consignas abiertamente antigubernamentales.

Para evaluar su alcance, Toossi insiste en que la historia importa. Desde 2009, Irán ha vivido varias oleadas clave. El Movimiento Verde movilizó a millones, pero fue “en gran medida urbano y de clase media”, con un liderazgo identificable, y acabó siendo reprimido. Las protestas del invierno de 2017 y 2018 y las de noviembre de 2019 reunieron a menos gente en cada momento, pero se extendieron ampliamente a ciudades pequeñas y zonas obreras, y fueron sofocadas con una violencia extrema. El movimiento “Mujer, Vida, Libertad” de 2022 y 2023 fue nacional y socialmente diverso, aunque sin deserciones significativas en las élites.

“Hasta ahora, la agitación actual se parece más a las protestas económicas de 2017-2018 y noviembre de 2019”, concluye Toossi. Con unas características precisas: descentralizadas, provocadas por un shock económico y enfrentadas a la fuerza del Estado. La participación de comerciantes desde el inicio es significativa y existe una simpatía social amplia, pero siguen ausentes —advierte— una movilización sostenida de todas las clases sociales y, sobre todo, “cualquier fisura dentro del Estado”.

Un manifestante frente a las fuerzas de seguridad en Teherán

¿Es real la amenaza de Trump?

Las amenazas de Washington introducen un elemento disruptivo. En un mensaje en Truth Social, Donald Trump advirtió de que Estados Unidos “acudiría al rescate” de los manifestantes si las fuerzas iraníes disparan contra ellos. Para el estadounidense-iraní Vali Nasr, profesor de Asuntos Internacionales y Estudios sobre Oriente Medio en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados Johns Hopkins, la advertencia llega en un momento delicado: “la amenaza del presidente Trump se produce cuando las protestas siguen relativamente contenidas” y coloca a los manifestantes ante una disyuntiva peligrosa, al “convertir sus demandas internas en una posible causa de guerra contra Irán”.

Toossi coincide en que el mensaje se interpreta más como una maniobra de presión que como un anuncio de acción militar inminente. “En la superficie, se lee como apoyo a los manifestantes; en la práctica, es más probable que busque desestabilizar el momento actual de Irán”, sostiene. Históricamente, añade, este tipo de amenazas externas no amplían la protesta, sino que “validan la propaganda del Estado, refuerzan la cohesión de las élites y disuaden a la clase media cautelosa”. Desde hace días la propaganda oficialista iraní, por ejemplo, culpa a agentes del Mossad de orquestar las protestas.

El tuit de Trump sugiere un cambio de lógica estratégica. Tras evidenciarse los límites de los ataques aéreos contra el programa nuclear iraní, “el cambio de régimen —más que la contención— se ha convertido en el objetivo implícito”, aunque sin una guerra a gran escala. El riesgo, según Toossi, es que esta retórica “escale la violencia dentro de Irán, socave las dinámicas de protesta que dice apoyar y acerque a la región a un conflicto mayor”.

Reza Pahlavi, príncipe heredero de Irán. | CEDIDA

¿Es posible un cambio de régimen?

Cada estallido social reabre el debate sobre un eventual cambio de régimen. En esta ocasión, la nostalgia monárquica y la figura del heredero Pahlaví han vuelto a aparecer en funerales y redes sociales. Sanam Vakil, experta en Irán del centro de estudios Chatham House, advierte contra esa tentación: “Los iraníes están legítimamente desesperados por un nuevo liderazgo, pero el reconocimiento de un apellido no convierte a Reza Pahlaví en la opción por defecto para el futuro de Irán”. Y subraya: “Un apellido no determina un mandato”.

Vakil recuerda que el último Sha fue derrocado por una revolución popular y que su régimen se sostuvo en la centralización del poder, la represión y la exclusión social. Idealizar ese pasado, señala, es “analíticamente peligroso cuando ignora la realidad y trata el colapso como algo accidental en lugar de estructural”. La comparación con figuras como Alexéi Navalni refuerza su argumento: la legitimidad política -subraya- “se construye, no se hereda”.

En ese contexto, los analistas coinciden en que, pese a la profundidad del descontento, las condiciones para un cambio de régimen no están aún maduras. Sin fracturas internas en el poder ni una movilización transversal sostenida, el escenario más probable sigue siendo una combinación de represión interna y creciente tensión externa, con consecuencias inciertas tanto para Irán como para el conjunto de la región.