Durante los dos últimos dos años la élite política y militar de Irán había ejercitado “la paciencia estratégica”, midiendo milimétricamente para que cada respuesta a los ataques de Estados Unidos o Israel no fuera más allá de una línea roja que avivara la confrontación. Las últimas 24 horas han convertido en imposible esa táctica. La decisión de Donald Trump de coordinar con Israel una ofensiva directa contra objetivos estratégicos iraníes ha abierto una fase inédita del pulso entre Washington y Teherán: ya no se trata de una guerra en la sombra, de sabotajes atribuidos o de operaciones encubiertas, sino de un enfrentamiento militar declarado que Irán percibe como existencial.

En cuestión de horas, misiles y drones han atravesado el cielo de Oriente Próximo, forzando el cierre de la mayoría de los espacios aéreos de la región. Los ataques iniciales se dirigieron contra instalaciones vinculadas al programa de misiles balísticos, centros de mando de la Guardia Revolucionaria y activos navales en el Golfo Pérsico. Medios israelíes como Haaretz han apuntado además a intentos de “decapitación” de la cúpula político-militar iraní, aunque la magnitud de las bajas sigue sin confirmación oficial y necesitaremos días para conocer con exactitud la dimensión de los rostros liquidados.

Según la Media Luna Roja, al menos 201 iraníes han muerto y 747 han resultado heridos como consecuencia de la operación de EEUU e Israel. De ellos, al menos 86 se encontraban en una escuela primaria de niñas atacada por Estados Unidos e Israel. El ataque combinado de Estados Unidos e Israel tuvo como objetivo edificios gubernamentales, altos líderes políticos, la residencia del Líder Supremo, dirigentes militares, infraestructura militar, defensas aéreas e instalaciones relacionadas con la energía nuclear en 24 provincias diferentes.

La respuesta iraní no se hizo esperar. Teherán lanzó salvas de misiles y drones kamikaze contra territorio israelí y advirtió de que cualquier base estadounidense en la región podría convertirse en objetivo legítimo. En paralelo, dirigentes iraníes elevaron el tono, presentando la ofensiva como una agresión directa destinada a provocar el colapso del régimen nacido en 1979.

Una iraní sostiene un retrato del líder supremo Ali Jamenei. | Efe

Un desafío existencial para Teherán

Ali Vaez, director del programa Irán del Crisis Group, interpreta la jugada de Trump como una apuesta de alto voltaje. “El presidente Trump ha hecho una apuesta arriesgada al meter a Estados Unidos en un enfrentamiento militar directo con la República Islámica, coordinando ataques con Israel contra la infraestructura militar iraní y objetivos de alto rango”, señala en declaraciones a El Independiente. “Desde el punto de vista de Teherán, esto no es un intercambio limitado, sino un desafío existencial. Su rápida y amplia represalia refleja la percepción de que el objetivo declarado de Washington —acabar con el régimen— deja poco espacio para la moderación”, añade.

Desde el punto de vista de Teherán, esto no es un intercambio limitado, sino un desafío existencial

Esa lectura es clave. Desde la perspectiva iraní, la retórica de Trump —que ha reiterado que el futuro del régimen “está en manos del pueblo iraní”— equivale a una luz verde al cambio de régimen. En ese marco, la lógica de contención clásica pierde sentido. “Las ramificaciones son profundas e impredecibles. A nivel externo, el riesgo de una escalada regional es inmediato, lo que atraerá a actores estatales y no estatales de todo Oriente Medio. A nivel interno, el conflicto repercutirá en un sistema político que ha mantenido el poder durante casi medio siglo, poniendo a prueba la cohesión de su élite y remodelando la dinámica entre un gobierno asediado y una sociedad profundamente insatisfecha”, pronostica Vaez.

Irán llega a esta confrontación debilitado por sanciones, inflación crónica y un descontento social que estalló en protestas masivas en los últimos años, salvajamente reprimidas con un saldo de al menos 6.000 asesinados, más de 10.000 muertes bajo investigación y unas 50.000 detenciones en las amplias redadas llevadas a cabo por el aparato de seguridad tras la primera semana de enero, cuando el órdago en las calles llegó a máximos.

Pero ahora esa debilidad puede volverse combustible de resistencia. Como el tigre al que arrinconan y hostigan. “Paradójicamente, aunque el régimen entra en esta confrontación desde una posición de relativa debilidad —con dificultades económicas, disputas políticas y un deterioro regional—, el hecho de enmarcar la crisis como una lucha a vida o muerte por la supervivencia puede endurecer su determinación. Cuando los líderes creen que están luchando por la propia existencia del sistema, la lógica de la disuasión cambia”, advierte.

Imagen por satélite de un ataque contra una base naval israelí en las proximidades de Konarak. | Vantor

¿Golpe quirúrgico o guerra abierta?

Farzan Sabet, investigador del Centro de Sanciones y Paz Sostenible del Instituto Universitario de Ginebra, identifica cuatro interrogantes que marcarán la evolución del conflicto. “El primero es cuán exitosos fueron los ataques iniciales israelíes al intentar decapitar o eliminar a la cúpula política y de seguridad de Irán. Hay nombres circulando sobre quiénes habrían muerto, pero no tenemos confirmación completa y puede que no la tengamos durante días”, apunta en declaraciones a este diario. En la prensa israelí han circulado los nombres del ministerio de Defensa y el jefe de la Guardia Revolucionaria.

El segundo eje es estrictamente militar: hasta qué punto Estados Unidos e Israel han logrado degradar capacidades clave. “La otra pregunta es cómo de exitosos han sido los ataques iniciales en degradar las capacidades militares clave de Irán, en particular su programa de misiles, sus activos navales y los llamados ejes de resistencia, especialmente más allá de sus fronteras”.

¿El régimen sale de esto todavía muy firme, incluso un poco más fuerte, o sale muy debilitado y se abre una oportunidad para la oposición dentro de Irán?

Irán ha invertido durante décadas en un arsenal asimétrico: misiles balísticos de medio alcance, drones de ataque, lanchas rápidas, minas navales y una red de aliados armados en Líbano, Irak, Siria y Yemen. La incógnita no es solo si puede golpear ahora, sino durante cuánto tiempo. “Estoy observando muy de cerca cuán capaz es Irán de lanzar ataques masivos con misiles y drones contra sus adversarios. Incluso si puede hacerlo ahora, ¿puede seguir haciéndolo durante días o semanas si lo necesita, o esas cifras caen y su capacidad disminuye? Ese es un conjunto de preguntas clave”. La declaración de guerra de Trump, arrastrado por una ambición de Netanyahu de larga data, es también una llamada a la movilización de los hutíes en Yemen, claves por su control del mar Rojo; la debilitada Hizbulá en Líbano; o las milicias chiíes en Irak. En unos casos, se trata de un potencial perturbador regional y en otros de desestabilizar internamente países como Líbano o Irak.

Una columna de humo emerge del centro de Teherán tras un ataque israelí este sábado. | EFE

El riesgo del Estrecho de Ormuz

El punto más sensible es el Golfo. Irán ha amenazado en múltiples ocasiones con cerrar el Estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial. Ayer la agencia gubernamental iraní Tasnim avanzó que el cierre estaba en marcha. La posibilidad de que el conflicto derive en ataques contra infraestructuras energéticas de las monarquías del Golfo o en un intento de bloqueo marítimo elevaría la crisis a un nivel global.

“¿Hasta qué punto escala Irán y logra atacar no solo infraestructura militar y civil israelí, sino también fuerzas estadounidenses —incluidos portaaviones y destructores— y países del Golfo? Cuando ataca a las monarquías árabes, ¿se limita a bases militares o logra destruir instalaciones energéticas? ¿Escala hasta intentar bloquear el Estrecho de Ormuz y mantiene la capacidad de hacerlo?”, plantea Sabet.

Una escalada en ese frente arrastraría inevitablemente a actores como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos y pondría a prueba el compromiso militar de Washington.

¿Cambio de régimen o cierre de filas?

La gran pregunta política es si la guerra acerca o aleja el cambio de régimen, el fin de la República de los Ayatolás. Washington y Tel Aviv no ocultan que un Irán severamente debilitado —militar y económicamente— es un objetivo deseable. Pero la experiencia histórica muestra que las amenazas externas tienden a cerrar filas.

“¿El régimen sale de esto todavía muy firme, incluso un poco más fuerte, o sale muy debilitado y se abre una oportunidad para la oposición dentro de Irán?”, se interroga Sabet a partir de los posibles escenarios que deja una operación iniciada este sábado pero que podría prolongarse durante semanas.

Trump ha dejado claro que el derrocamiento del régimen dependerá, en última instancia, de los iraníes. Pero al mismo tiempo, ha ampliado el campo de batalla y ha eliminado las ambigüedades estratégicas. En Teherán, el mensaje se interpreta como una batalla sin líneas rojas.

La República Islámica se enfrenta así a un dilema extremo: echar el resto y responder con toda su capacidad —incluidas sus redes regionales y su poder de disuasión estratégica— o arriesgarse a parecer vulnerable ante enemigos externos y rivales internos, con una parte de población alcanzada por la represión de principios de año y con ganas de ajustar cuentas con el poder

En ese escenario, la lógica ya no es la de la contención calibrada, sino la de la supervivencia. Y cuando los regímenes creen que luchan por su propia existencia, la historia demuestra que las escaladas dejan de ser accidentes para convertirse en decisiones conscientes. “Mientras EEUU e Israel crean el espacio y llevan a cabo operaciones para facilitar un cambio de régimen, el presidente Trump dejó claro en sus declaraciones de esta mañana que, en última instancia, la caída del régimen estará en manos de los iraníes y de si la oposición iraní es capaz de derrocarlo”, concluye Sabet.