En Teherán, durante años, se decía que si uno quería entender cómo funcionaba realmente la República Islámica no debía mirar a los clérigos que ocupaban los púlpitos sino a los hombres que operaban en la penumbra del sistema, los que conectaban los hilos del poder sin ocupar necesariamente el trono. Entre ellos destacaba una figura singular: Ali Larijani, ingeniero, filósofo, negociador, censor y, en sus últimos años, arquitecto de la seguridad nacional.
Su muerte, anunciada por Israel en plena guerra, no es solo la eliminación de un alto cargo sino la desaparición de uno de esos operadores que sostienen el edificio desde dentro, el tipo de dirigente que no necesita ser líder supremo para ejercer el poder. Tras la desaparición de Ali Jamenei se había convertido en el hombre al que todos miraban cuando las decisiones debían tomarse rápido y sin margen de error. "Por la cabeza de Ali Larijani se ofrecía una recompensa de 10 millones de dólares; nosotros lo hicimos gratis", ha presumido el ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Sa'ar. Por su parte, el primer ministro Benjamin Netanyahu ha asegurado "estar socavando este régimen con la esperanza de dar al pueblo iraní la oportunidad de derrocarlo". "Al mismo tiempo, estamos ayudando a nuestros amigos estadounidenses en el Golfo, tanto con ataques indirectos como con acciones directas", ha agregado.
El hombre que estaba en todas partes
Nacido en 1957 en Najaf, Irak, en una familia clerical que muchos en Irán comparan con una dinastía política al estilo de los Kennedy, Larijani creció en un entorno donde el poder no era una aspiración sino un lenguaje cotidiano. Su padre era un respetado clérigo y sus hermanos ocuparon posiciones clave en la judicatura y la política. Él eligió un camino distinto: al inicio, estudió matemáticas e informática en la prestigiosa Universidad Sharif, pero pronto giró hacia la filosofía, una decisión que marcaría toda su vida.
Ese doble perfil, técnico y filosófico, le convirtió en una rara avis dentro del sistema iraní. Alguien capaz de discutir sobre algoritmos por la mañana y sobre Kant por la tarde; alguien que, como recordaban diplomáticos occidentales, podía pasar de una negociación nuclear a una conversación sobre metafísica sin cambiar de tono.
Su ascenso fue constante y metódico, como si siguiera una lógica interna: primero en la Guardia Revolucionaria durante la guerra con Irak; después en el Ministerio de Cultura donde empezó a moldear el discurso oficial endureciendo la censura; más tarde al frente de la radiotelevisión estatal, donde comprendió el verdadero alcance del poder narrativo.
Allí dejó una de sus primeras huellas al expandir el aparato mediático del régimen, multiplicar canales y emisoras, pero también afinar el control ideológico, impulsar programas como “Hoviyat” que señalaban a intelectuales disidentes y contribuir a consolidar una maquinaria propagandística que no solo informaba sino que moldeaba la realidad.
El traje Ralph Lauren en Naciones Unidas
Entre las anécdotas que sobreviven a su paso por la televisión estatal hay una que ilustra su concepción del poder. En 1997 se emitieron imágenes que supuestamente mostraban a seguidores reformistas celebrando en una fecha religiosa clave. Las imágenes eran falsas, pero cumplieron su función, desacreditar al adversario Mucho antes de que el término fake news se popularizara, Larijani ya había entendido que el control del relato era tan importante como el control del territorio.
Quienes le trataron en el escenario internacional recuerdan otra escena reveladora, en 2005 durante la Asamblea General de la ONU el entonces ministro británico de Exteriores Jack Straw se reunió con dos rostros de Irán: por un lado, Mahmoud Ahmadinejad, con su estética austera casi revolucionaria; por otro Larijani, impecable, vestido con un polo Ralph Lauren perfectamente planchado.
La anécdota, recogida en memorias diplomáticas, no es trivial. Ilustra la dualidad que le acompañó siempre: un hombre profundamente integrado en el sistema pero capaz de moverse con códigos occidentales, de hablar el lenguaje del poder global sin renunciar al discurso ideológico interno.
El negociador que no cedía
Como jefe negociador nuclear entre 2005 y 2007, Larijani se ganó la reputación de interlocutor serio, menos estridente que otros dirigentes iraníes pero igual de firme. Defendía la diplomacia como herramienta para aliviar sanciones, pero no estaba dispuesto a comprometer lo que consideraba pilares estratégicos.
Esa combinación de pragmatismo y dureza le convirtió en un “conservador pragmático”, una etiqueta recurrente en cables diplomáticos, alguien capaz de sentarse a negociar sin dejar de recordar que la negociación tenía límites.
El filósofo que leía a Kant
En paralelo a su carrera política, Larijani nunca abandonó su otra vida, la intelectual, doctorado en filosofía, especializado en Immanuel Kant, escribió libros y artículos sobre la relación entre ciencia, religión y verdad.
Durante la última guerra, según relata Haaretz, sus textos volvieron a circular entre analistas que buscaban entender su pensamiento. En ellos aparece un Larijani que reflexiona sobre la naturaleza de la prueba matemática, sobre los límites del conocimiento científico o sobre el papel de la metafísica. Incluso dialoga con teorías de Karl Popper para cuestionar la idea de que solo lo verificable es significativo.
Pero esa sofisticación tenía un propósito político: construir una base intelectual que permitiera sostener un sistema donde religión y poder no solo conviven sino que se legitiman mutuamente.
En uno de sus discursos, Larijani afirmaba que el ser humano debe ser libre para pensar, pero inmediatamente añadía una condición: solo aquellas ideas que elevan espiritualmente a la sociedad deben difundirse, el resto debía ser contenido. La pregunta de quién decide qué eleva y qué degrada nunca quedaba abierta; en la práctica la respuesta era el propio sistema que él ayudó a construir.
De crítico a ejecutor
Quizá la escena más reveladora de su trayectoria no está en un despacho sino en dos momentos separados por casi dos décadas. En 2009, tras las protestas estudiantiles en Teherán, Larijani visitó residencias universitarias atacadas y cuestionó la violencia de las fuerzas de seguridad, habló de legalidad y responsabilidad.
En 2026, cuando nuevas protestas sacudieron el país, ya no hubo visitas ni preguntas. Fue el encargado de dirigir la represión con una eficacia que analistas califican de brutal: miles de muertos según estimaciones independientes, sanciones internacionales, y una narrativa oficial que convertía a los manifestantes en "agentes enemigos". El mismo hombre, dos respuestas, dos momentos de un sistema que había dejado de tolerar fisuras.
En los últimos años, Larijani era más que un cargo; era una bisagra; el enlace entre militares, diplomáticos, políticos e ideólogos; el interlocutor con Moscú y Vladimir Putin; el negociador con China; el coordinador de respuestas militares; el hombre al que se recurría cuando la estructura necesitaba coherencia. No podía ser líder supremo -no era clérigo- pero en la práctica actuaba como el cerebro operativo del régimen.
El príncipe filósofo o Maquiavelo
La tentación es verlo como un “rey filósofo” en el sentido de Platón, pero su trayectoria encaja mejor en otra tradición, la del príncipe de Maquiavelo: el gobernante que entiende el poder no como un ideal sino como un equilibrio que debe preservarse a cualquier coste.
Intelectual brillante para unos, represor implacable para otros, Larijani encarna una contradicción que atraviesa no solo Irán sino buena parte de la política contemporánea, la convivencia entre pensamiento sofisticado y ejercicio duro del poder. Su muerte, si se confirma plenamente, deja algo más que un vacío institucional; elimina a uno de los pocos hombres capaces de traducir la ideología en estrategia y la estrategia en acción, en un momento en el que la República Islámica de Irán enfrenta su mayor desafío en décadas.
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