Teherán ha confirmado este martes la muerte del general de brigada Gholamreza Soleimani, jefe de la milicia paramilitar Basij, en un ataque aéreo en el marco de la escalada bélica con Israel. La confirmación oficial llega horas después de que fuentes israelíes anunciaran "su eliminación" en una serie de bombardeos dirigidos contra la cúpula militar iraní.
La agencia iraní Fars, vinculada a la Guardia Revolucionaria, citó un comunicado del propio cuerpo militar en el que se confirma la muerte de Soleimani, comandante de las fuerzas Basij, en el ataque. La referencia supone la primera validación pública desde canales oficiales iraníes ligados al aparato de seguridad.
Soleimani, de 62 años, era una de las figuras clave del aparato de seguridad interna de la República Islámica y lideraba desde 2019 las fuerzas Basij, un cuerpo vinculado a la Guardia Revolucionaria encargado, entre otras funciones, de la represión de protestas y el control social.
Su muerte representa uno de los golpes más significativos contra la estructura de poder iraní en las últimas semanas, en una campaña que ha tenido como objetivo a altos mandos militares y responsables políticos del régimen. Según autoridades israelíes, el ataque formó parte de una operación más amplia destinada a “debilitar los pilares del sistema iraní”.
El bombardeo que acabó con la vida del jefe del Basij se produjo en paralelo a otros ataques contra objetivos estratégicos en territorio iraní, en los que también habrían sido alcanzados otros altos cargos, incluidos miembros de la cúpula de seguridad nacional como Ali Larajani.
Hasta ahora, Teherán había evitado confirmar oficialmente la muerte de varios de sus dirigentes tras los ataques, lo que había alimentado la incertidumbre sobre el alcance real de los golpes sufridos por su estructura militar. La admisión de la muerte de Soleimani —ahora respaldada por la Guardia Revolucionaria a través de FARS— supone, por tanto, un reconocimiento explícito del impacto de los bombardeos en la jerarquía del régimen.
La milicia Basij, que cuenta con cientos de miles de miembros y una amplia red territorial, ha sido durante años uno de los principales instrumentos de control interno del sistema iraní. Su líder estaba considerado un actor central en la represión de las protestas que han sacudido el país en los últimos años.
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