Es una de las incógnitas más delicadas de esta guerra: la posibilidad de que Teherán reserve capacidades no empleadas para escenarios críticos como el estrecho de Ormuz, antes un eventual despliegue militar estadounidense. En conversación con El Independiente, el analista Farzin Nadimi, uno de los más reputados expertos sobre el arsenal iraní, apunta a esa posibilidad al señalar una de las armas mejor guardadas por la República Islámica.

“Potencialmente, Irán está trabajando en un misil de crucero antibuque supersónico, que no se conoce como parte del servicio iraní, pero que lleva tiempo en desarrollo”, desliza Nadimi. “No hay pruebas confirmadas de que Irán esté desarrollando de forma independiente un nuevo misil de crucero antibuque supersónico. Lo que sí ha trascendido es, en cambio, un posible acuerdo de compra de armamento con China para un sistema supersónico ya existente de origen chino, y no una innovación autóctona iraní”, apunta el analista militar Elijah Magnier. “Los nombres pueden variar —como 'Abu Mahdi' o 'Khalij Fars'—, pero no existe evidencia sólida que respalde capacidades hipersónicas en estos sistemas”.

En la última semana, en medio de mensajes a menudo contradictorios, Donald Trump ha endurecido su discurso sobre el estrecho de Ormuz, insistiendo en  que la reapertura del paso —por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial— es una operación “simple” que otros países deberían asumir. Su administración ha incluso barajado escenarios más ambiciosos, incluido un despliegue militar para asegurar el tráfico marítimo, aunque sin reconocer abiertamente una intervención a gran escala. El resultado es una estrategia ambivalente: presión máxima sobre Teherán mientras Washington.

Misil iraní

Un escenario para el que Teherán se ha preparado, cuando se cumplen cuatro semanas del inicio de los ataques de EEUU e Israel. Nadimi matiza el alcance de las supuestas innovaciones iraníes y enfría el discurso oficial al advertir que “hablan mucho estos días de nuevos misiles o nuevas configuraciones de misiles”. “No estoy seguro de cuánto de eso es cierto”, admite aludiendo al componente propagandístico que acompaña a los anuncios de la Guardia Revolucionaria en las últimas semanas.

Ese escepticismo se extiende al sistema “Nasrallah”, presentado por Teherán como una novedad en la ola número 65 de la operación Promesa Verdadera 4, pero cuya naturaleza real sigue siendo difusa.  “Suena a un nuevo nombre dado a un arma ya existente”, detalla quien sugiere una explicación más técnica y menos espectacular al añadir que se trataría de “un Qadr mejorado”. “Podría ser una ojiva modificada”, lo que encaja con el patrón observado en el campo de batalla, donde no hay evidencia clara de una nueva generación de misiles sino de una evolución de sistemas ya conocidos. Una suerte de perfeccionamiento del arsenal ya usado.

Impacto de un misil iraní en Tel Aviv. | Efe

Una guerra pensada durante años

El contexto estratégico ayuda a entender por qué esa adaptación es hoy más relevante que la aparición de nuevas armas. El profesor Mehran Kamrava, de la Georgetown University de Qatar, sitúa la guerra dentro de una lógica de largo plazo al afirmar que “esta es una guerra que la República Islámica lleva años anticipando y para la que se ha estado preparando”.

“Vemos que la estrategia militar iraní se basa hoy en día en el legado de la guerra entre Irán e Irak, la invasión estadounidense de Irak y la guerra civil que se desató allí, y la lucha contra el ISIS en Siria”, esboza Kamrava en declaraciones a este diario. “De hecho, muchos de los comandantes que ahora dirigen la Guardia Revolucionaria Iraní son los mismos oficiales que sirvieron en Siria. Suelen ser más jóvenes, más ideológicos y doctrinarios, y más leales al ideal de la República Islámica. Son mucho menos propensos a ceder ante las amenazas de Estados Unidos y mucho más deseosos de perjudicar los intereses estadounidenses en la región del Golfo Pérsico”.

Muchos de los comandantes que ahora dirigen la Guardia Revolucionaria Iraní son los mismos oficiales que sirvieron en Siria

Una élite castrense que firma una lectura maximalista del conflicto. “Estos comandantes también ven la guerra actual como 'la guerra que acabará con todas las guerras' contra Irán, y quieren infligir unos costes tan elevados a Estados Unidos e Israel, y a cualquiera de sus aliados, que no haya otra guerra en unos meses o años”.

“Nasrallah”: un misil perfeccionado

Ese marco doctrinal se traduce en una gestión muy calculada de la narrativa militar, donde los nombres importan tanto como las capacidades. El sistema “Nasrallah” encaja precisamente en esa lógica: una etiqueta -en homenaje al que fuera líder de Hizbulá, la milicia chií libanesa aliada de Teherán asesinado por EEUU-, que sugiere novedad pero que, según la lectura técnica disponible, responde más bien a una evolución de plataformas existentes.

Magnier señala que el misil Nasrallah “representa una evolución incremental pero operativamente significativa dentro del arsenal iraní de misiles balísticos de medio alcance”. “Se considera una variante mejorada y guiada con precisión de la familia Qadr (Ghadr), a su vez derivada de combustible líquido de la línea Shahab-3, con un alcance aproximado de entre 1.600 y 2.000 kilómetros y una carga útil de alrededor de una a una tonelada y media. El sistema incorpora mejoras en la guiado (potencialmente mediante BeiDou, el sistema de navegación satelital chino), probablemente combinando navegación inercial con corrección terminal, posiblemente apoyada por navegación satelital o elementos electroópticos, junto con una mayor resistencia a interferencias y una maniobrabilidad limitada en la fase de reentrada”.

“Los informes sobre capacidad de 'múltiples ojivas' probablemente no se refieren a una tecnología MIRV plenamente desarrollada, sino a sistemas más simples de separación de ojivas o despliegue de submuniciones, que permiten a un único misil generar múltiples puntos de impacto. No constituye un salto tecnológico en alcance o velocidad, sino más bien un refinamiento en precisión, fiabilidad y presión sobre las defensas: su valor reside en aumentar la probabilidad de penetración frente a sistemas de defensa antimisiles en capas”, detalla.

La principal hipótesis, un misil balístico adaptado, coincide con los análisis del Institute for the Study of War (ISW), que no ha identificado en las últimas semanas la entrada en servicio de una nueva familia balística, pero sí el uso intensivo de variantes modernizadas de misiles ya conocidos como los Ghadr o Shahab. “El misil de crucero hipersónico Fattah-2 podría haber sido desplegado apresuradamente en servicio limitado también”, agrega Nadimi.

Soldados israelíes inspeccionan los restos de un misil iraní en Cisjordania ocupada. | Efe

Submuniciones: la táctica de saturar las defensas

La innovación más visible no está en un nuevo misil sino en la forma de emplearlo y en particular en el uso sistemático de submuniciones, una práctica que el ISW ha documentado en las salvas iraníes contra Israel y que representa un cambio doctrinal hacia la saturación inteligente.

El funcionamiento de estas cargas lo explica el experto Uzi Rubin, director en funciones del programa de defensa antimisiles de Israel y miembro del Instituto de Estrategia y Seguridad de Jerusalén, a la web estadounidense Media Line: “La punta del misil, en lugar de contener una gran carga explosiva, alberga un mecanismo con muchas pequeñas bombas y cuando el misil se acerca al objetivo, se abre, gira y las submuniciones se liberan y caen sobre el terreno”.

Una dinámica que obliga a interceptar el misil antes de la dispersión y que complica enormemente la defensa. El efecto operativo lo resume Magnier: “En paralelo, Irán ha empleado cada vez más misiles balísticos equipados con ojivas de tipo racimo”. “En lugar de una única carga explosiva de alto poder, estos sistemas liberan decenas de submuniciones a gran altitud —normalmente varias decenas de pequeñas bombas, cada una con una carga explosiva reducida— dispersadas sobre un área que puede extenderse varios kilómetros. Esto genera un efecto de saturación de área en lugar de un ataque puntual”.

En lugar de una única carga explosiva de alto poder, estos sistemas liberan decenas de submuniciones a gran altitud

Y agrega sobre el resultado: “Este tipo de ojivas ha sido utilizado repetidamente en los intercambios recientes, con patrones visibles de múltiples impactos tanto en terreno abierto como urbano. Desde el punto de vista defensivo, esto plantea un desafío distinto: la interceptación debe producirse antes de que la ojiva se disperse. Una vez liberadas las submuniciones, el problema pasa de un único objetivo a decenas de objetos más pequeños y de caída más lenta, muchos de los cuales no resulta viable interceptar económicamente con sistemas avanzados. Esto incrementa la probabilidad de filtraciones incluso a través de defensas en capas sofisticadas y amplifica tanto los efectos físicos como psicológicos sobre el terreno”.

Un lanzacohetes múltiple iraní dispara sus cohetes contra una maqueta de portaaviones durante las maniobras “Gran Profeta 14”, realizadas por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica en el estrecho de Ormuz | EP

Reciclar para resistir: Ghadr y adaptación forzada

Los informes del ISW coinciden en que Irán sigue recurriendo a su arsenal clásico y que misiles como Ghadr, Qiam o Zolfaghar continúan siendo la base de sus ataques, lo que no indica estancamiento sino adaptación. La presión ejercida por EEUU e Israel sobre lanzadores, centros de producción y nodos industriales ha reducido la capacidad de lanzamiento, pero no ha eliminado la amenaza, y esa degradación ha empujado a Teherán a optimizar el rendimiento de cada sistema disponible mediante mejoras incrementales, ajustes de guiado y configuraciones más complejas.

Ese cambio se refleja en el patrón de lanzamiento, donde la reducción del volumen de misiles no implica una disminución proporcional de la amenaza sino una transformación de su naturaleza. Irán ha pasado a una lógica de eficiencia en la que cada ataque busca combinar impacto físico, saturación defensiva y desgaste de los interceptores enemigos, una evolución que encaja con la idea de innovación táctica más que tecnológica.

Drones y ataques combinados

En ese modelo, los drones Shahed mantienen un papel clave como complemento de los ataques balísticos, actuando como saturadores iniciales o señuelos que obligan a activar defensas antes de la llegada de los misiles principales, lo que contribuye a construir ataques multicapa más difíciles de neutralizar y refuerza la estrategia de desgaste.

El intento de atacar la base estadounidense de Diego García refuerza esa lógica de expansión del radio de amenaza y demuestra la voluntad de Teherán de proyectar incertidumbre más allá de su entorno inmediato. Se trata del ataque de mayor alcance jamás intentado por Irán, un gesto que, independientemente de su resultado, obliga a reconsiderar los límites del alcance iraní y su disposición a escalar geográficamente el conflicto. Nadimi lo resume con una frase significativa al advertir que ese intento “no es poca cosa”, subrayando que su valor es tanto estratégico como operativo.

Innovar bajo presión

La conclusión es menos espectacular que la narrativa iraní pero más consistente con los datos disponibles, ya que Irán no ha presentado una nueva arma revolucionaria confirmada, pero sí ha demostrado una notable capacidad de adaptación bajo presión.

Nadimi lo sintetiza al responder sobre la capacidad de resistencia iraní: “Puede aguantar, en ausencia de factores inesperados, un par de meses más”. Una estimación que encaja con el patrón observado, en el que la innovación no reside en sistemas completamente nuevos sino en la capacidad de hacer más con menos mediante submuniciones y ataques combinados. La mayor incógnita es qué armas podría desplegar Irán si las tentativas de iniciar negociaciones fracasan y se consuma el escenario de una escalada en las aguas estratégicas de Ormuz.