El Independiente

De sastres y mercerías

La caída de Lehman abrió un desencadenó una crisis de consecuencias globales.

Hace ya casi un decenio, Lehman Brothers entraba en bancarrota, presentando el temido chapter eleven ante las autoridades americanas. De este modo ponía fin a su particular annus horribilis que había iniciado con su desplome en bolsa a cuenta de la mala digestión del océano de hipotecas subprime que mantenía en su balance y unas cuentas que iban de mal en peor, pese a la insistente negación de su cúpula directiva.

Entre 2000 y 2008, los cinco cargos más importantes de la famosa firma se embolsaron 164 millones de dólares -solo en bonus en efectivo-  mientras, a la par, el balance de la entidad también iba engordando, pero en millones de hipotecas basura.

Con semejantes salarios, los mandamases de la entidad amasaban fortunas, coleccionaban coches de alta gama, compraban apartamentos en las capitales más lujosas del mundo y por supuesto se dejaban vestir por los mejores sastres del planeta.

Los efectos del desplome nos sumieron en un largo lustro de decadencia financiera

Los efectos del desplome alcanzaron a todas las economías desarrolladas y nos sumieron en un largo lustro de decadencia financiera con consecuencias, en ocasiones, sorprendentes. Una bien curiosa justamente afectó a la indumentaria, pues tras la interposición en ese mismo 2008 de una demanda por parte de Sartoriani –una sastrería de Old Bond Street en Londres- la denominación bespoke, que se entendía como sinónimo de traje hecho a mano, con su máximo exponente en las sastrerías de Savile Row, se podía aplicar a cualquier traje hecho a medida, aunque fuese cortado a máquina y con un precio, por tanto, muchísimo más reducido.

El discreto mundo de la prohibitiva costura masculina de Londres, en cuyos talleres se vestían muchas de las grandes fortunas y de los hasta ese momento exitosos ejecutivos (también los de Lehman Brothers) del planeta, se quedaba sin la exclusividad de una etiqueta que era casi como una denominación de origen y toda una señal de distinción defendida celosamente durante más de doscientos años.

Entre dos trajes, uno vendido por más de 5.000 libras y otro ofertado a 495 libras, mediaban un par de calles, tan solo una palabra y una enorme diferencia en calidad.

El mundo de la gestión patrimonial que no deja de ser un oficio en el que confeccionamos trajes a medida financieros para un cliente, una familia o un patrimonio, no quedó exento del efecto Lehman, igualando la calidad del servicio -en muchas ocasiones- por abajo. Así mismo adjetivos o denominaciones reservadas a servicios prestados por primeras espadas del alfiler y el pespunte se han generalizado y han sido democráticamente secuestradas por aficionados del prêt-à-porter camuflados de modistos de postín.

Términos atractivos como el de oficina familiar, gestión a medida, gestión 360 grados, Taylor made, etcétera son exhibidos sin pudor por una legión de advenedizos saboteadores de esperanzas financieras que intentan así camuflar su amateurismo .

Tengan cuidado ahí afuera pues, un grupo de amigos, por ejemplo, no es un family office que defenderá con impecable profesión una denominación con más de 175 años desde que en 1838 la familia Morgan crea la denominada “House of Morgan” para gestionar su patrimonio familiar.

Conviene ser rigurosos y dejarse asesorar por sastres de primera con tarifas acordes

Sean selectivos, investiguen la solidez, la trayectoria, el equipo y la legalidad de quién tendrá como misión principal el configurar una acertada selección patrimonial para su dinero y que habrá de asegurar  su crecimiento y posterior trasvase a las siguientes generaciones.

Acudan a las advertencias que a diario emite el regulador (CNMV) y evitarán caer en manos de estos piratas del asesoramiento que camuflados en navíos de postín no son más que marineros de agua dulce con garantía cierta de naufragio.

Y en lo que se refiere al precio, conviene ser rigurosos y dejarse asesorar por sastres de primera con tarifas acordes a la calidad ofertada. En este campo no vale autoengañarse y denominar champagne al cava, gulas a las angulas o caviar a las huevas de salmón para únicamente rebajar una factura presente a base de etiquetas o denominaciones que presuntamente todo lo igualan.

La calidad elevada tiene un coste y merece mucho la pena el pagarlo. Urge decidirse entre la modesta mercería de barrio o la sastrería tradicional.

Alta costura imperecedera o prêt-à-porter con la garantía de un elevado coste futuro de costurones y descosidos financieros. Ustedes eligen.


Carlos de Fuenmayor es director de Kessler&Casadevall AF

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