Alguien podría pensar que le estoy quitando mérito al cuarteto más importante de la Historia de la Música, con permiso de los Stones. Pero no. Más bien propongo hacer un pequeño ejercicio de reflexión sobre el talento a través del pequeño gran relato de una aventura que duró exactamente 48 noches.

Tal día como hoy, el 17 de agosto de 1960, llegó a Hamburgo un Ferry que había partido el día anterior desde Liverpool. En él viajaban de cualquier manera unos chicos (cinco, en aquel momento) que habían decidido buscarse la vida en esto de la música, porque estudiar, lo que se dice estudiar, no era lo suyo. En aquella época la Ciudad Libre y Hanseática de Hamburgo era algo así como el barrio rojo de Ámsterdam, pero en Alemania y a lo grande. No pintaba que se fueran a aburrir estos muchachos que, además de ganar unas libras, querían divertirse. No en vano George Harrison confesó haber perdido la «inocencia» aquellos días en aquellos antros, frente a sus compañeros de grupo.

La tía de Lennon, de corte conservador, se llevó las manos a la cabeza. Aquello no podía ser, pero «poderoso caballero es don dinero». Aunque tampoco era para forrarse, ganar 2,5 libras al día por cabeza era más de lo que Jim McCartney, el padre de Paul, podía conseguir trabajando «honradamente». Harrison vio eso más lucrativo que seguir siendo aprendiz de electricista.

Nada, nada. Al barco de cabeza y con transbordo en Países Bajos. En esa escala, además de una inmortalizada visita en Arnhem a uno de los grandes cementerios de la Segunda Guerra Mundial, a John le dio por robar en una tienda de música una armónica con la que entretener al personal. Las risas fueron máximas.

Y así, un día después de haber partido y dos después de un bolo en «Jacaranda», llegaron a la ciudad del pecado y la perdición para actuar durante siete horas por jornada esos locos que se hacían llamar The Beatles. En aquel momento viajaban los cinco (John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Stuart Sutcliffe y Pete Best) y el séquito compuesto por su mánager Alan Williams, la esposa de éste, y otros tres aventureros que tenían sus intereses puestos en la banda. Desembarcaron apiñados diez en una furgoneta y sin permiso de trabajo. Salieron al escenario aquella misma noche. Del tirón.

Mientras dormían la mona cada madrugada hacinados tras una pantalla de cine, aquellos jóvenes se iban haciendo grandes»

«Darle caña» durante tanto tiempo cada día en antros sin aire acondicionado requiere de mucha energía, o algo que lo pareciera. El Preludin fluía por las venas de nuestros cachorros mientras derrochaban litros de sudor y se bebían las ingentes cantidades de cervezas que su atento público (borrachos y prostitutas no menos borrachas) les compraban. Algunas de esas birras volvían de nuevo sobre el público al ser arrojadas por la banda en sus histéricos shows al ritmo de expresiones como «¡Haced palmas, jodidos nazis!». Eso gustó. Eran irreverentes. El que luego sería su ángel de la guarda, Brian Epstein, pensó que merecía la pena hacerlos grandes tras escuchar una de las grabaciones de aquellos «degenerados». El resto es Historia de la Música.

Mientras dormían la mona cada madrugada hacinados tras una pantalla de cine, aquellos jóvenes se iban haciendo grandes. Porque, no lo olvidemos, «ponerse a ello» es la mejor manera de crecer en algo. Si estás lejos de casa, en un momento de irreverencia cultural, con cuatro duros, tus 18 años recién calzados y en la ciudad del pecado, mal se tiene que dar para que no acabes aprendiendo de la vida. Ahora se le llama a eso «prácticas remuneradas». Hicieron callo tocando cientos de horas, enfrentándose a todo tipo de público, en todo tipo de estados físicos, y hasta cambiaron su look por el que todos conocemos gracias a una fotógrafa (amiga y fan) llamada Astrid Kirchherr. Sin esa experiencia, no hubiera habido fenómeno. Hubiera sido un mundo sin ellos, como pinta la película Yesterday.

El final de aquella aventura tuvo forma de preservativo quemado como gamberrada, y deportación inminente. Sobre todo de Harrison, que todavía era menor de edad.

Como vemos, no basta con tener un extraordinario talento, también hay que sacarlo como sea. No digo a veces, sino siempre es necesario pasar algún tiempo en los infiernos para poder aprender lo que se requiere para el éxito. Buscando la comodidad o la seguridad nunca lo encontraremos. ¡Cuánto arte se estará desperdiciando tras un mostrador, en una obra, o sirviendo mesas, siendo estos oficios muy dignos! Pero la valía artística y cultural es un bien muy delicado, que se evapora enseguida para llegar a fin de mes.