Espinosa de los Monteros, que gastaba modales suaves y golpes secos de jugador de polo, se ha marchado de Vox como en velerito, diciendo pacíficamente adiós con la gorra a un partido que ahora es ya, total y definitivamente, sólo un reducto almenado de locos con pendón, como personajes de Don Mendo, y curas con pistola. De Espinosa dicen que era del “ala liberal” de Vox, que a mí me suena a plumón del águila renegrida de los falangistas que se quedan. La verdad es que el liberalismo no es compatible con esos esencialismos identitarios y espirituales, en plan Herder o en plan José Antonio (nuestro Herder vestido de marinerito), en los que siempre se ha manejado y se ha gustado Vox, que ellos gozaban disfrazándose de Pizarro como de criadita francesa. Ahora que han ganado el falangismo joseantoniano y el Yunque de cristazo, ciriazo y pellizco, nos recuerdan que en Vox había un ala liberal como un ala manca, pero a mí me parece que el pajarraco ya se veía venir y si había liberales estaban muy despistados allí, jugando con ropajes de sota o del señor cura.

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Espinosa se va con su mechón esproncediano al viento, que queda muy bien para despedirse y hasta Pablo Iglesias se lo puso cuando se cortó la coleta revolucionaria que quedó sin embargo viva, como cola de lagartija. Espinosa se va sin jaleo, que más que elegante eso es sospechoso, sobre todo cuando Macarena Olona ya ha advertido que es ahora cuando vendrá el acoso. Yo no sé si Olona también era del ala liberal o sólo del ala murillesca, pero no se fue por fracasar en las elecciones andaluzas sino porque se cayó del caballo como una guapa que se resbala de la jaca de la feria y se queda dolorida, digna, consecuente y quizá algo tarumba por un tiempo. O sea, se dio cuenta de que Vox era una secta en la que no se sabía quién mandaba, qué se buscaba ni por qué convivían allí igual fascistas que eunucos. Yo creo que Espinosa tampoco se ha ido por diferencias de estrategia ni porque el partido haya perdido 19 diputados después de jugar al medievo desdentado, sino porque ha tenido la misma revelación que Olona, porque él también se ha caído de su caballo de polo, liberal o sólo encopetado. 

Ahora Vox ya es ese nacionalcatolicismo de mala leche y cojón seco, del placer del látigo en vez del placer del colchón, y de esa patria de algún Herder cazurro que hace la mili en Ceuta vestido de primera comunión

Espinosa de los Monteros se va, y yo creo que lo que pasa es que Vox se está desprendiendo de ese plumón liberal o al menos tibio que le impedía ser lo que estaba llamado a ser. O sea, “unidad de destino en lo universal”, aunque yo lo llamaría más bien una cartuja de frikis que juegan a los castillos, las espadas y los sortilegios en un ambiente sexualmente amputado y cargado a la vez, como esos frikis de Dragones y Mazmorras. Yo creo que toda la estrategia de Buxadé, del Yunque y de esta gente que está entre cadáver de Viernes Santo, hermana de cura y malvado corporativo, como un malo de Iron Man, no tenía como objetivo entrar en el Gobierno, ni siquiera ganar el sillón de boticario en el pueblo. No, yo creo que el objetivo era simplemente que la secta ganara por encima de lo que una vez fue un proyecto político, ese populismo un poco joseantoniano aunque folclórico, pero que aún no era una cruzada llevada por gente con capirote en el occipucio y cilicio en el muslo o en el escroto.

Ahora Vox ya es esa cruzada, cosa que entusiasma a los cruzados pero va a dejar helado a ese votante suyo que ya está viendo que están más pendientes de meterse en las lecturas, los cines, las bragas o los ciclos menstruales del personal, como si Buxadé fuera Pam, que en armar una alternativa al sanchismo. O en hacer cualquier cosa que siga siendo política, más populista, más rancia o más jotera, pero política, en vez de limitarse a cumplir versículos sobre carne y gusanos y escatologías de profetas castrados (creo que era Michel Onfray, ese diablo, el que situaba el origen de la moral cristiana, o de toda la doctrina cristiana, tal como la crea o formula Pablo de Tarso, en la condición de impotente irremediable del santo). Ahora Vox ya es ese nacionalcatolicismo de mala leche y cojón seco, del placer del látigo en vez del placer del colchón, y de esa patria de algún Herder cazurro y zangolotino que hace la mili en Ceuta vestido de primera comunión. Y eso tiene el público que tiene y acaba donde acaba, o sea en las catacumbas. Y sin Imperio que se convierta a su fanatismo.

Se va Espinosa de los Monteros, que a lo mejor no era liberal del todo pero aún distinguía un partido político de una secta de flagelantes. Cuando chocan los extremismos, ya lo he dicho, suele ganar el más extremo, y ahora en Vox han ganado los falangistas endomingados, los barberos de pueblo castradores y los guerreros de espadón de mesón que sirven a esos cristos con sangre morbosa de doncella en las canillas y las mejillas. Quizá se preguntan ustedes qué pasa con Abascal, que ni siquiera lo he sacado aquí, que se diría que es un secundario, el cristobita con barbita sarracena de esos guiñoles de antes, del medievo del mundo o del medievo de Vox. Y seguramente es justo eso.

La misma Olona dudaba que Abascal mandara en Vox, que las decisiones y las órdenes parecía que venían por carta inmaterial y luminosa del Espíritu Santo o carta chorreante y amenazante de Richelieu. Yo creo que Abascal no tiene nada salvo Vox, acabe él en un ministerio o acabe de profeta de gusanos. Espinosa tiene caballos con copete y negocios con copete, Olona tiene un puesto de funcionaria y zapatos de niña nuevos, otros tienen bufetes o empresas con monograma bruñido, o al menos mesones de torero. Pero Abascal parece que no tiene adónde volver, que él sólo conoce la política, aunque su política sea ahora unas catacumbas de adoradores de prepucios de santo. Quizá Abascal no puede hacer otra cosa que pudrirse en las catacumbas con el partido que fundó y perdió. Pudrirse en las catacumbas como el más fiel de los creyentes o sólo el más cobarde de los siervos.