En noviembre de 2023, después de fracasar como cabeza de lista provincial del Bloque Nacionalista Galego (BNG) para las Elecciones Generales de julio de ese año, Carme da Silva renunció a la concejalía de Urbanismo del Ayuntamiento de Pontevedra para dedicarse en exclusiva al cargo de senadora de designación autonómica que se le había concedido por los servicios prestados. Dejaba atrás casi 30 años de trayectoria en el consistorio de su ciudad natal para ser su "concejala" ante las Cortes "del Estado", dijo "visiblemente emocionada" en su despedida, según recogió la prensa local. Pero al final a Carme da Silva, María Carmen da Silva Méndez según su ficha de senadora, le han puesto cara y nombre en el resto del Estado no por hablar de Pontevedra, del envidiable modelo de urbanismo y movilidad que ella contribuyó a diseñar e implementar –contra ese otro modelo, con un "componente machista terrible", basado en el vehículo privado, pensado "para señores de 40 y tantos, triunfadores que se desplazan únicamente en su coche hasta el trabajo", aseguraba recientemente en una entrevista–. Al final, a Carme da Silva la estamos conociendo el resto de españoles por hablar de Orense, y hacerlo además tontamente.

"En primer lugar le quería solicitar encarecidamente que un error que cometió a lo largo de toda su exposición no lo siga cometiendo en próximas intervenciones. Orense no existe. Es Ourense", riñó con gesto severo a la vicepresidenta Sara Aagesen durante la Comisión de Transición Ecológica del Senado en la que se estaba hablando de los incendios de este verano. "No lo siga repitiendo porque dolían los oídos de oír como 20 o 30 veces esa denominación incorrecta".

Sin poder disimular su perplejidad –¿"un error"? ¿"No lo siga repitiendo"?–, la zurda Aagesen tomó nota antes de mirar al tendido de la Sala Clara Campoamor buscando la complicidad del público. El voto de Da Silva no vale nada en un Senado dominado por el PP, pero el escaño del BNG en el Congreso sí, y la senadora es mujer de confianza de la líder del Bloque, Ana Pontón. Así que cuando a la vicepresidenta tercera le tocó responder a Da Silva una hora después, se disculpó lo más brevemente que pudo –"no quería ofender en ningún caso"–, lo cual a su vez dio pie a la concejala-senadora a insistir y asegurarse de que Aagesen había entendido lo que le tenía que decir. "Gracias por el respeto por la toponimia de Galicia que va a tener a continuación y decirle que Ourense es la única forma oficial y legal de denominar esa provincia y esa ciudad". 

Después, aunque a la que se escrutaba era a Aagesen, Da Silva expelió un breve mitin contra la Xunta de Galicia y el PP –"Rajoy, Rueda y Feijóo, el 10 de agosto, cuando ya había más de 15.000 hectáreas quemadas en Galicia, estaban en los toros en Pontevedra. Menudo trío"–, en el que dejó claro que todas las competencias en materia forestal son exclusivamente autonómicas, y que por tanto al Gobierno de España no le corresponde ninguna responsabilidad en la gestión de los incendios. Para decir todo lo que tenía que decir y rascar unos segundos más de intervención, no dudó en solicitar al presidente de la comisión, el popular José Ángel Alonso, "un poquito de flexibilidad dada la magnitud de la catástrofe que estamos viviendo en mi país".

En el delirante escenario político español ya casi nada sorprende. El español bienpensante ha aceptado la traducción simultánea en el Congreso, otra de tantas concesiones del Gobierno para apuntalar su precaria supervivencia. Pero de repente la reprimenda de Carme da Silva, su actitud de seño inflexible, ha puesto en evidencia, al menos durante las horas que ha durado la viralidad del momento, el absurdo institucionalizado en esta España descosida. El ceño fruncido y el dolor de oídos de Carme da Silva son los mismos de quienes hace setenta años exigían que les hablaran en cristiano. Otro nacionalismo con una nueva ortodoxia, y la doble coartada de la izquierda y la cultura.