Venezuela ha vuelto al centro del tablero internacional no porque haya recuperado la democracia, sino porque se ha convertido en un problema de gobernabilidad que las grandes potencias quieren administrar, no resolver. Ese es el núcleo del dilema venezolano hoy. Puede que este experimento funcione durante un tiempo. Pero cuando la política de lo posible sustituye a la legitimidad, el problema deja de ser Venezuela y pasa a ser el modelo.

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Como ha señalado con crudeza Francisco Poleo, la pregunta decisiva ya no es quién tiene razón, sino quién puede gobernar. Ese desplazamiento —de la legitimidad al poder efectivo— explica por qué acuerdos, sanciones y discursos morales resultan hoy secundarios frente a una lógica más áspera: seguridad, control y transacción. Para entender este momento no basta con analizar estrategias, hay que observar los perfiles psicológicos de quienes negocian, su relación con el poder, el miedo, el tiempo y la traición, en un contexto en el que Estados Unidos ya no busca transformar el mundo, sino blindar su retaguardia caribeña frente al avance de China.

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Delcy y Jorge Rodríguez encarnan como pocos la psicología del chavismo que sobrevive a sí mismo. No son tribunos ni improvisados, sino operadores fríos, formados y meticulosos. En los retratos que traza Ibéyise Pacheco aparece con nitidez el dato fundacional: la muerte de su padre, Jorge Rodríguez padre, en custodia policial en 1976, no solo los marcó emocionalmente, sino que estructuró una relación patológica con el poder basada en la desconfianza, el agravio y la necesidad de control. No buscan redención histórica ni utopías revolucionarias. Buscan blindaje.

Para los Rodríguez, el tiempo no es urgencia, sino herramienta. Cada negociación sirve para ganar reconocimiento externo, dividir al adversario y ofrecer concesiones reversibles

Ese origen explica su uso instrumental de la ideología, su administración quirúrgica del miedo —selectivo, ejemplarizante— y su extraordinaria paciencia táctica. Para los Rodríguez, el tiempo no es urgencia, sino herramienta. Cada negociación sirve para ganar reconocimiento externo, dividir al adversario y ofrecer concesiones reversibles. No creen en pactos duraderos, solo en equilibrios provisionales. Y negocian bien precisamente porque no creen en casi nada.

En ese esquema, la (ilegítima) presidenta encargada Delcy Rodríguez concentra roles estratégicos que no son meramente formales. El anuncio inminente de designación para los puestos ahora vacantes o bajo su órbita directa (vicepresidencia ejecutiva, vicepresidencia económica y ministerio de hidrocarburos) será determinante para anticipar la dirección económica del país en los próximos meses. En Venezuela, la economía es la forma más concreta de la política.

En el extremo opuesto se sitúa María Corina Machado. Su perfil psicológico es el de quien concibe el poder como mandato moral y no como refugio personal. No gobierna desde el miedo, sino desde la legitimidad. Su horizonte es largo, estructural, y su lenguaje es el de la restitución democrática. Esa coherencia le ha otorgado un respaldo social masivo, pero también la ha dejado en desventaja en un tablero internacional que ha vuelto a medir la eficacia política en términos de control coercitivo, no de representación. En la política de lo posible, la legitimidad sin armas pesa poco.

Marco Rubio ocupa una posición cada vez más incómoda. Cree genuinamente en la dimensión moral del conflicto venezolano y sigue insistiendo en que esto no es una guerra contra Venezuela, sino una operación de seguridad y ley. Su relación con el poder está mediada por principios; su horizonte es largo. Pero su margen de maniobra es limitado. Ejecuta una política exterior diseñada por una presidencia que ha desplazado la democracia del centro de sus prioridades y la ha subordinado a objetivos de seguridad hemisférica.

Marco Rubio ejecuta una política exterior diseñada por una presidencia que ha desplazado la democracia del centro de sus prioridades

Donald Trump, en cambio, no vive esa contradicción. Su perfil psicológico es el de la transacción elevada a doctrina. La democracia para él no es sino inconveniente o molestia. No distingue entre aliados y adversarios, solo entre operaciones útiles y operaciones prescindibles. El poder es una extensión de su voluntad personal; el miedo, una herramienta comunicativa; el tiempo, el siguiente titular. Venezuela no es una causa, ni siquiera un conflicto: es una ficha en una partida mayor que incluye energía, migración, narcotráfico y, sobre todo, la competencia estratégica con China.

Ese es el segundo eje de esta negociación. Estados Unidos actúa hoy como una potencia en repliegue relativo, presionada por el avance chino y decidida a blindar su entorno inmediato. El Caribe vuelve a ser visto como perímetro estratégico. Venezuela, Cuba y Nicaragua forman parte del mismo mapa mental, espacios que neutralizar para cortar accesos de Pekín, Moscú y Teherán. En ese contexto, la democracia deja de ser objetivo y pasa a ser variable dependiente.

Las exigencias a Caracas son claras y pragmáticas: cortar envíos de petróleo a Cuba, frenar rutas del narcotráfico, limitar la presencia iraní y rusa y abrir el sector energético a empresas estadounidenses. Nada de ello exige desmontar el entramado autoritario interno. Al contrario, como es instrumentalmente útil, puede reforzarlo. Las reformas políticas profundas para una transición verdadera quedan desplazadas a un futuro indeterminado.

Washington acepta ambigüedad interna a cambio de alineación externa. El chavismo residual se adapta

El resultado es un equilibrio inestable, sostenido por conversaciones privadas, gestos públicos de confrontación y cumplimiento incremental. Washington acepta ambigüedad interna a cambio de alineación externa. El chavismo residual se adapta. Y la oposición democrática queda, de momento, fuera de la ecuación decisoria, relegada a un futuro electoral tramposo, pues no la abrumadora elección democrática ya tuvo lugar hace año y medio.

A ello se suma la proverbial impredecibilidad de Trump. El mismo presidente que hoy tolera un equilibrio autoritario puede cansarse mañana, enfurecerse ante un episodio confuso o decidir que la paciencia dejó de ser rentable. En las primeras 72 horas tras la salida atropellada (y facilitada) de Maduro, ya se han vivido escenas grotescas, como el falso autogolpe en Miraflores, cuando drones de seguridad propios fueron confundidos con un ataque externo y repelidos a tiros. Por no hablar de las detenciones atropelladas de periodistas y civiles. En ese clima de paranoia, cualquier incidente puede escalar.

Más allá de los barriles de petróleo que ya cuantifica Trump y de lo que conocemos ahora sobre la sospechosa inquina hacia María Corina disfrazada de estrategia en su (muy masculino) entorno cercano, lo único cierto es que los pasos deben darse uno a uno. La respuesta digna e infinitamente prudente de Machado, sabedora de con quién se juega el futuro de su país, mantiene intacta la agenda. Ella no se cansará de repetirlo. Siempre hará lo que más convenga para el objetivo final: la libertad para Venezuela.

Primero, salida de Maduro. Hecho. Segundo, liberación de todos los presos políticos con compromiso internacional visible. En curso. Tercero, garantizar una transición sin impunidad ni venganzas y organizar el retorno seguro y escalonado de la diáspora.

Cuando toque.


Beatriz Becerra es psicóloga y escritora. Doctora en Derecho, Gobierno y Políticas Públicas, fue eurodiputada y vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo (2014-2019) y es vicepresidenta y cofundadora de España Mejor.