Desde finales de diciembre de 2025, Irán vive uno de los momentos más decisivos de su historia contemporánea. Lo que comenzó como una protesta contra el colapso económico se ha transformado, en enero de 2026, en un levantamiento nacional con un objetivo político inequívoco: el derrocamiento de la dictadura teocrática encabezada por Ali Jameneí y la instauración de una república democrática y laica.

En apenas dos semanas, las protestas se han extendido a cerca de 190 ciudades en las 31 provincias del país. La magnitud y la persistencia del movimiento han sacudido los cimientos del régimen. A pesar de la represión brutal —con munición real, redadas en hospitales y miles de detenciones—, las calles siguen llenas. El mensaje es inequívoco: el miedo ha cambiado de bando.

La líder de la oposición democrática, Maryam Rajavi, lo expresó con claridad en una declaración reciente que resume el espíritu de este momento histórico:

«El levantamiento ha demostrado que la voluntad del pueblo y de la resistencia es más fuerte que la Guardia Revolucionaria y que decenas de instituciones represivas del régimen. Esta es la experiencia práctica para la libertad final de todo el país».

Estas palabras no son retórica. En varias ciudades, gracias a la coordinación entre la población y las Unidades de Resistencia, se han liberado temporalmente barrios enteros; en Abdanan, Malekshahi o Lordegán, los ciudadanos llegaron a tomar el control de sus ciudades durante horas. No se trata de espontaneidad caótica, sino de una rebelión con organización y dirección.

Un régimen sin respuestas y una sociedad al límite

El origen inmediato del levantamiento fue el colapso económico: el rial ha perdido cerca del 80 % de su valor en un año, la inflación devora salarios, y los cortes de agua y electricidad se han vuelto cotidianos. Pero reducir esta explosión social a lo económico sería un error. La raíz es más profunda: un sistema incapaz de reformarse, corroído por la corrupción y sostenido únicamente por la violencia.

La respuesta del poder ha sido previsible y criminal. Hasta ahora se han identificado al menos 57 manifestantes asesinados, con cientos de heridos y miles de detenidos que permanecen en un limbo legal bajo condiciones inhumanas. El jefe del Poder Judicial ha ordenado “aplastar” las protestas, mientras el Líder Supremo deshumaniza a los manifestantes llamándolos “vándalos”. Este lenguaje no es casual: prepara el terreno para más sangre.

A ello se suma el apagón digital impuesto desde el 8 de enero. El régimen sabe que Internet libre es el oxígeno de una revuelta moderna. Cortarlo es un acto de guerra contra la sociedad civil y una confesión de debilidad.

Ni Sha ni Líder Supremo: una ruptura histórica

Uno de los rasgos más significativos de este levantamiento es su claridad política. En todo el país resuena una consigna que rompe con décadas de falsas dicotomías: «Muerte al opresor, sea el Shah o el Líder». Con ella, los iraníes rechazan tanto la teocracia actual como cualquier intento de restaurar la dictadura monárquica del pasado.

No es casual que, en paralelo, el aparato cibernético del régimen y ciertos círculos vinculados al antiguo sistema del Shah en el extranjero difundan vídeos manipulados para fingir un apoyo popular a la monarquía. Esta desinformación busca dividir, desmoralizar y excluir a minorías étnicas que recuerdan muy bien la represión sufrida bajo el Shah. Pero en las calles, la respuesta ha sido contundente: el futuro de Irán no pasa ni por el turbante ni por la corona.

Una alternativa democrática real

A diferencia de otras crisis, hoy existe una alternativa organizada y con un proyecto político claro. El movimiento encabezado por el Consejo Nacional de la Resistencia Iraní y apoyado en el terreno por las Unidades de Resistencia del Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán no pide intervención militar ni financiación extranjera. Se apoya en el pueblo iraní y en una visión de futuro basada en la dignidad humana: soberanía popular, separación entre religión y Estado, igualdad de género y un Irán en paz con el mundo.

La responsabilidad de la comunidad internacional

Ha llegado el momento de que las democracias occidentales abandonen la ambigüedad. No basta con “expresar preocupación”. Reconocer el derecho del pueblo iraní a resistir la dictadura, condenar explícitamente los crímenes contra la humanidad y exigir el restablecimiento inmediato del acceso libre a Internet no es injerencia: es coherencia con los valores que dicen defender.

Irán está viviendo algo más que una protesta. Está ensayando su libertad. La historia juzgará no solo a los verdugos de Teherán, sino también a quienes, pudiendo estar del lado correcto, eligieron mirar hacia otro lado.


Firouz Mahvi