Esta vez nadie estaba comiendo con florerito o con mariachis, esta vez no tardó tanto en llegar la UME (en Valencia parecía que habían tenido que llegar cruzando desiertos de espinas, de agua y de burócratas). Pero tampoco nos consuela demasiado que el político haya llegado a tiempo al telediario, al pésame o santiguarse bajo las espadañas del pueblo. El político con chaleco reflectante, con sudadera o trenca o cremallera ante el desastre o ante la obra, el político que parece que ha salido a bajar los cartones al contenedor, tampoco nos sirve de mucho. El político nos sirve antes, haciendo política para que los servicios públicos funcionen y los accidentes sean accidentes y no negligencias. Y nos sirve después, asegurándose de que las víctimas sean atendidas y reconfortadas y tomando medidas para que el desastre no vuelva a suceder. Pero existe ese momento o ese lapso del político inútil, ante el micrófono, ante los focos, subiéndose la cremallerita como se sube uno el cuello del abrigo en los entierros, sin saber muy bien por qué, como si así aumentara el duelo o el respeto que uno duda si siente de verdad o sólo se ve obligado a sentir. El político que no está tomando una decisión, sino que está como dejándose llover bajo la desgracia, como esos amantes que se empapan bajo la lluvia y lo suyo parece más amor y más despedida; ese político, en fin, a mí me sobra mucho.

El político se sube la cremallerita, se ajusta el chaleco, afila la cara, respira el frío como un caballo, se inventa el viento en los ojos o se lo lleva puesto en las gafas, como las gafas de Sánchez, y a mí me parece que esto no le importa a nadie. Parece que hay otra sintonía entre Moreno Bonilla y Sánchez, o sea que no es como cuando Mazón ya nos miraba como un perseguido al lado del presidente, con el jerseicillo como un disfraz de mendigo. Parece que esta vez los políticos comieron y viajaron sin polémicas, que los militares llegaron sin polémica, que las autoridades están dando sus condolencias y sus datos sin polémica, y que todo es ejemplo de cooperación, de utilidad del Estado y de humana conmoción y emoción. Otra diferencia con Mazón (o con Ayuso) es que parece que por fin es de mal gusto apuntar a culpables o siquiera a responsables, y que es de miserables usar la tragedia con fines políticos. Algo va cambiando, aunque ya digo que el político viudo a mí me sobra mucho, prefiero el político haciendo política. Y creo que también sobra tanta gente haciendo de viudo, prefiero el ciudadano asumiendo que su humanidad y la incompetencia de nuestros gobernantes son compatibles e incluso enardecedoras.

Ahora uno no piensa mucho en los políticos con ramo y mosquitera de pena, piensa más en el que estaba en el tren y de repente ya no estaba en el mundo, arrancado de la vida como una hoja lanceolada. Y en todos los que no han perdido la vida pero han visto lo fácil que se pierde, por un segundo, por un gramo, por un milímetro, por un newton o por un grado de algo muy técnico pero muy real que ya veremos qué fue. Y también pensamos, no lo neguemos, que podríamos haber sido nosotros, que hemos cogido muchas veces ese tren en el que van y vienen novias de ojos muy abiertos, niños de bocas muy abiertas, citas del médico palpitantes como tu costado, entrevistas de trabajo que no están en otra ciudad sino en otro mundo, algún premio que te han dado donde ya los trenes se hunden en la arena como caracolas, y veranos de hule e inviernos de cerezas, todos de ida y vuelta. No sé las veces que habré pasado por Adamuz sin saber que eso era Adamuz. En general, no sabemos las veces que hemos pasado por la muerte sin saber que podía ser la muerte. Y es cuando el luto por el otro se empieza a transformar en posible luto por uno mismo, y ya se unen la responsabilidad ciudadana y la responsabilidad política.

Algo va cambiando, aunque ya digo que el político viudo a mí me sobra mucho, prefiero el político haciendo política

Después de las primeras horas, cuando uno ya ha empezado a imaginarse o a plancharse ese luto por uno mismo, lo que pienso es cuántas veces pasé por Adamuz, y que la última fue justo hace una semana. Y pienso, claro, cuántas veces tembló, por allí o por otro sitio, la bandejita del asiento o todo el vagón, que era entero como un juego de té o el equipaje de un viaje a la india. Mi Alvia empezó a acumular retraso justo a partir de Córdoba y se nos avisó de “limitaciones en la velocidad por incidencias en las infraestructuras” (hay muchas incidencias en ese tramo, sólo tienen que ver los tuits de Adif). El tren parecía tener miedo y creo que no lo vi superar nunca los 250 km/h, justo el límite que habían pedido no sobrepasar los maquinistas en aquel comunicado que ahora también es de mal gusto citar. Pero es que, aun en el luto, o más todavía en el luto, uno se tienta el cuerpo.

Es cierto que ya nos había pasado antes, los traqueteos, los retrasos, las “incidencias” sin descripción ni culpables, y eso de que el tren se parara entre trigales, como un borriquito perdido, como una novia con pamela, o se parara en la noche, como un submarino bajo el hielo. Claro que al final llegábamos, a tiempo, con algo de retraso o ya muy tarde, con la noche sobrevenida y el frío como confundido de latitud, pero llegábamos vivos. Aunque nada de aquello era normal, nunca habíamos tenido tantos retrasos, tantas incidencias ni tanto miedo, que uno ya se montaba en el tren como en una barcaza por el Mekong. La causa del accidente de Adamuz aún no la sabemos, pero lo que hemos vivido en los trenes nos recuerda que quedan muchas causas y probabilidades para éste y para otros.

Estamos de luto un poco igual que los políticos, con las manos entrelazadas en el pecho, la resignación como un escapulario, con la cremallerita y las solapas subiendo y bajando con los suspiros o con el relente, y sin pensar más que en los ángeles niños. Pero tampoco es cuestión de que el propio luto nos mate. Ni nos vuelva idiotas. A lo mejor tenemos que quitarnos alguna pluma del luto, alguna lágrima del orzuelo, para volver a darnos cuenta de que los servicios públicos no funcionan, de que la respuesta del Estado es el avemaría y el no somos nadie, y es así porque el dinero público se va en politiquilla, en propaganda, en chantajes, en chistorras y en soldadas. A lo mejor tenemos que quitarnos alguna pestaña del ojo, algún nudo de la garganta y algún abanico de la nariz para recordar a qué se dedica más que nada el actual ministro de Transportes, y que el anterior está en una celda, y que hay una expresidenta de Adif imputada por cinco delitos, incluidos cohecho y organización criminal, y que nos manejamos sin presupuestos y sin vergüenza. A lo mejor nos tenemos que comer algún moco para evitar más lutos o más sustos. Ahora todos lloramos, un poco por los demás y un poco por nosotros, pero que tampoco dure mucho. La verdad es que el político de luto no sirve de nada, y el ciudadano de luto, tampoco.