Cuando sucede un accidente ferroviario, la atención pública se concentra, con toda razón, en conocer el número de víctimas, las causas técnicas del accidente, los testimonios de los supervivientes y las posibles responsabilidades humanas y políticas. Las imágenes del tren siniestrado, los equipos de rescate y las declaraciones de los damnificados ocupan portadas y noticieros durante días, encabezando todos nuestros medios de comunicación. Sin embargo, hay una consecuencia menos visible que rara vez recibe la misma atención: el impacto emocional que estos sucesos provocan en la población general. Un impacto silencioso, pero profundo, que merece ser pensado y debatido.
Un accidente de este tipo no afecta solo a quienes lo viven en primera persona. Afecta también a quienes miran, leen y escuchan lo sucedido. En cuestión de minutos, la tragedia se instala en la vida cotidiana de miles de personas que no estuvieron allí, pero que se sienten sobrecogidas por lo ocurrido. La razón es obvia: coger un tren es parte de nuestra normalidad; le podría suceder a cualquiera. Es un medio que usamos para ir a trabajar, visitar a la familia o regresar a casa. Cuando algo tan habitual se convierte en escenario de una tragedia, la sensación de inseguridad general aumenta.
Vivimos en una sociedad que funciona gracias a la ilusión de control. Confiamos en que las infraestructuras están bien mantenidas, en que los protocolos funcionan y en que los riesgos están calculados
Las reacciones emocionales que pueden surgir son muy parecidas a las de los casos de duelo por pérdida. La primera reacción suele ser el shock: una pausa incómoda en la que cuesta creer lo que se está viendo, porque se está integrando en nuestra cognición. Luego llega el miedo, que no siempre es explícito, pero sí una inquietud persistente debido a que nuestro sistema de alerta se enciende. Los pensamientos empiezan: «Yo también viajo en tren», «Ese trayecto lo he hecho muchas veces», «Si me pasara algo así, dejaría a mis hijos huérfanos».
El accidente deja de ser una noticia ajena, transformando una remota probabilidad en una posibilidad cercana. A partir de ahí, la confianza en los sistemas de seguridad, en la tecnología y en la previsibilidad de la vida diaria se ve cuestionada. «Si le ha pasado a mi vecino, también me puede suceder a mí».
Vivimos en una sociedad que funciona gracias a la ilusión de control. Confiamos en que las infraestructuras están bien mantenidas, en que los protocolos funcionan y en que los riesgos están calculados. Un accidente ferroviario rompe esa narrativa de seguridad que la mayoría de la población tiene instalada. Nos recuerda que, incluso en entornos cotidianos, el error, la negligencia o el fallo pueden aparecer. Esta toma de conciencia de que todos estamos expuestos al azar y de que nuestra supervivencia depende de terceros que, en muchos casos, pueden cometer errores puede ocasionar un elevado malestar emocional.
A este malestar se suma la empatía con las víctimas. Las historias personales, por ejemplo: el opositor que volvía a casa, la trabajadora que hacía su trayecto habitual, la familia que regresaba de pasar el fin de semana en Madrid… generan una identificación inmediata con las víctimas y los supervivientes. No es solo tristeza por lo ocurrido; es una especie de duelo compartido. Un dolor que no es propio, pero que se siente como tal. Este fenómeno, cada vez más frecuente en una era de hiperconectividad, demuestra que el sufrimiento también puede ser compartido. Es un duelo nacional y universal; es humanidad, y menos mal.
Los medios de comunicación y las redes sociales desempeñan un papel fundamental en estos momentos. La repetición constante de imágenes impactantes, el uso de titulares alarmistas y la difusión de bulos pueden intensificar el miedo y la ansiedad social. No se trata de ocultar la realidad, sino de asumir que la forma en que se cuenta una tragedia también puede influir en la salud mental de la sociedad que procesa emocionalmente lo ocurrido.
Un accidente ferroviario deja huellas emocionales en la población general
Debemos tener en cuenta que hay personas especialmente vulnerables a este tipo de sucesos: por ejemplo, quienes conviven a diario con la ansiedad, quienes han vivido experiencias traumáticas previas o quienes dependen del tren para ir a su trabajo y no tienen alternativas. Para ellas, el accidente no termina cuando se apaga la televisión. Continúa en forma de insomnio, pensamientos recurrentes o un estado de alerta constante. Ignorar esta dimensión es, en cierto modo, otra forma de desatención.
Sin embargo, rara vez se abre un debate profundo sobre el cuidado emocional posterior. Se habla de indemnizaciones, de reformas técnicas y de responsabilidades políticas, pero poco de cómo acompañar psicológicamente a una sociedad sacudida, como si el impacto emocional fuera un daño colateral inevitable y menor, y no lo es.
Un accidente ferroviario deja huellas emocionales en la población general. La seguridad no es solo una cuestión de infraestructuras, sino que forma parte también de la estabilidad emocional y de la confianza que la sociedad necesita recibir.
Carmen de Castro Esgueva es docente del grado de Psicología en UNIE Universidad. Es psicóloga general sanitaria.
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