El 11 de enero, apenas 48 horas antes de sus premios Zenda, Arturo Pérez-Reverte agitaba el avispero sucesorio de la Real Academia Española con un artículo publicado en el diario El Mundo en el que denunciaba la cobardía normativa de la institución y responsabilizaba a su director, Santiago Muñoz Machado, de la marginación de los académicos escritores como él frente a un grupo de mediocres lingüistas, “talibanes del todo vale”. Dos meses después de haber salido en su defensa tras el ataque estratégico lanzado desde el Instituto Cervantes por Luis García Montero, el escritor apuntaba sin miramientos contra Muñoz Machado, pato cojo que abandona el cargo en 2026. El 13 de enero, el director de la RAE excusaba su asistencia a los Zenda mientras el creador de Alatriste presumía de patrocinadores y poder de convocatoria y recibía los parabienes de la reina Letizia.

Este domingo, a pocos días del lanzamiento de su nueva novela, el escritor David Uclés anunciaba a través de un vídeo publicado en su perfil de Instagram que se apeaba de un ciclo de charlas y conferencias sobre la Guerra Civil organizado por Pérez-Reverte en Sevilla para no coincidir en el cartel con dos personas que según él han “quebrado los derechos fundamentales del hombre” (sic): el expresidente Aznar, “la persona que más daño físico ha hecho al pueblo español recientemente”, e Iván Espinosa de los Monteros en tanto que cofundador de “un partido que atenta contra mi libertad de expresión” y “contra mi derecho a existir”. Pérez-Reverte y su hombre de confianza en la organización del ciclo, el periodista andaluz Jesús Vigorra, reaccionaron con dureza el mismo domingo, lamentando “el sectarismo y la ignorancia” de Uclés, antes de que la entidad que patrocina el evento, la Fundación Cajasol, emitiera un comunicado más mesurado.

Si con su tronante tribuna Pérez-Reverte logró varios días de protagonismo en los medios, multiplicó la visibilidad de sus premios y metió el miedo en el cuerpo a sus colegas académicos, ahora Uclés se ha garantizado condensar odios, adhesiones y atención hasta que la semana que viene, entre el 2 y el 5 de febrero, tenga lugar el ciclo sevillano, y sobre todo hasta que el 4 de febrero se publique La ciudad de las luces muertas, la novela “escrita en realismo mágico” con la que ha ganado el 82º Premio Nadal después del éxito abrumador de su monumental ficción sobre la Guerra Civil, La península de las casas vacías. Pérez-Reverte y Uclés, estilos muy distintos, estrategias equivalentes. Y como resultado, en ambos casos, una promoción impagable.

El 'anti-Pérez-Reverte'

Decíamos ayer que Uclés funciona como una suerte de anti-Pérez-Reverte, y que uno y otro representan los polos de un asfixiante canon donde ya es imposible figurar sin poner el personaje por delante. Los extremeños se tocan, que diría el clásico, y en este caso no han tardado incluso en chocar. Después de que el poderoso escritor que lo quiere todo –escribir libros, a veces editarlos, vender muchos ejemplares, tener un medio desde el que influir y hacer negocios y ahora también mandar en la Academia, directamente o por persona interpuesta– intentara atraerse a Uclés contando con él para su evento sevillano o diciéndole palabras suaves aunque sospechosas –“un chico muy interesante”, “muy listo”, “me cae bien”–, la amabilidad sincera o de conveniencia ha dado paso a las plumas afiladas, la suya propia y las de los amigos que han salido en su auxilio, como si lo necesitara.

El mismo domingo, Jesús García Calero, director del Cultural de ABC, se apresuraba a escribir un suelto en su periódico, titulado “Lo que tú digas, bonito”, en el que se metía con el vídeo de Uclés, “que parece rodado en el escobero de sus causas vacías”, y criticaba su “vocación de Caín”. “Ha empezado pronto, y mal, la promo del libro con el que ganó el Nadal. Si solamente tolera a los que piensan como él, ¿va a pedir entrevistas o reseñas en periódicos que discrepan de sus ideas”, como ABC?”, advertía Calero, anticipando una recepción hostil, quién sabe si un veto.

En Zenda, la casa de Pérez-Reverte, fue el escritor Edu Galán quien se ocupó de criticar la postura “infantiloide y, por lo tanto, tontorrona” de Uclés, al que retaba a mantener tanta coherencia en adelante cuando coincida con gente de derechas en un cartel: “Con treinta años, tanto éxito y tantos Congresos, Encuentros, Festivales literarios y medios de comunicación por delante, se le avecina mucho trabajo”, le advertía. Tanto Calero como Galán son amigos de Pérez-Reverte y moderarán mesas en el festival sevillano de la semana que viene.

"Tomamos nota"

Otro que también estará en Sevilla, acompañando precisamente a José María Aznar –y dos días después a Félix Bolaños–, es Juanma Lamet. El periodista de El Mundo lamentaba en X la “pataleta” de Uclés, que “confirma una parte de la maldición que arrastramos”, el “gen divisivo”. “Tomamos nota de su egoísmo, de su tacticismo marketiniano y de su rácano concepto de pluralidad. Paradójicamente, su discursito adolescente sólo confirma que el acto acaba de mejorar sin él”.

Al margen del paradójico sentimiento que le produce a Lamet la ausencia de Uclés –le indigna pero le alivia–, llama especialmente la atención ese “tomamos nota”. ¿Quiénes? ¿Para qué? La expresión se encuentra también en el comunicado en caliente de Pérez-Reverte y Vigorra: “Confiamos en que los posibles lectores presentes o futuros de David Uclés tomen buena nota de todo esto”.

Cuando uno ve a mandarines, edecanes y demás personal del establecimiento cultural expidiendo o requisando certificados de buena conducta siente la irremediable tentación de ponerse del lado del débil. La tarde del lunes escribí un mensaje a David Uclés preguntándole específicamente por sus palabras sobre Aznar. ¿Qué quiso decir exactamente con lo de que “es la persona que más daño físico ha hecho al pueblo español recientemente”?. Su respuesta, escueta: “Lo siento, Borja. Un abrazo”.

A la misma hora que declinaba la invitación a explicarse, Uclés compartía en sus stories de Instagram unos memes de Belén Esteban con los que pretendía ilustrar su opinión sobre Pérez-Reverte. Los borró pocos minutos después, arrepentido o bien asesorado por alguien de su editorial.

El Uclés de anteayer

En mayo de 2025, coincidiendo con la última Feria del Libro, entrevisté a David Uclés. Entonces, un año después de su publicación, La península de las casas vacías ya era un fenómeno de ventas que superaba los 100.000 ejemplares. Hoy lleva 30 ediciones y pasa de los 300.000. “Mucha gente, sobre todo parte de la izquierda más polarizada, que creo que no se ha terminado el libro, dice que soy equidistante”, explicaba entonces. “No lo soy, lo que hago es señalar todo. Este país debería aprender a ver el conflicto sin las gafas políticas contemporáneas. Si tú eres de izquierdas o derechas y alguien próximo a ti lo hizo mal tienes que tener honestidad para reconocerlo".

Aquel Uclés y el de hoy parecen dos personajes distintos. Quizá han cambiado sus objetivos y con ello su estrategia. Quizá nunca haya sabido nada de la Guerra Civil y del franquismo, algo que hoy es perfectamente compatible con haber escrito un libro muy largo sobre ello. “En realismo mágico”, eso sí. Quizá por eso no sabe que, aunque no todos perdimos la guerra –como reza en anticuada fórmula el título de las jornadas de Pérez-Reverte–, sí hubo muchos que perdieron la guerra después de ganarla, como Dionisio Ridruejo, al que Uclés solo cita una vez en su libro como “el denominado Goebbels íbero, un tal Dionisio Ridruejo que había estrechado la mano a Hitler”, pero que desde los años 50 se inmoló luchando por una democracia improbable. 

Un par

Dicho todo esto, y perdonen los meandros, hay que reconocerle a Uclés un par. De méritos. Primero, el valor de desafiar a alguien como Pérez-Reverte, que no toma prisioneros, y renunciar definitivamente a los favores y las simpatías de la cultureta de amiguetes que orbitan a su alrededor –que ya le despreciaba–. Y segundo, haber expuesto, aun con renglones torcidos, el sinsentido de que figuras políticas sin un bagaje en la materia participen en un evento cultural sobre la Guerra Civil –a la que, por cierto, Pérez-Reverte y Vigorra ya dedicaron la primera edición de Letras en Sevilla, en 2017, entonces sin políticos–. 

¿Qué tienen que decir de interés sobre la Guerra Civil José María Aznar o Iván Espinosa de los Monteros? ¿Y Carmen Calvo y Alberto Ruiz-Gallardón –que de su abuelo El Tebib Arrumi dirá poco o nada– confrontados en un encuentro cuyo título se pregunta si Todas las cunetas son iguales? ¿Y Félix Bolaños, aparte de prorrogar la enojosa propaganda de su fallido Año Franco? Los políticos aparecen programados junto a profesionales de la historia de la talla de Juan Pablo Fusi, Enrique Moradiellos o Gutmaro Gómez Bravo, o estudiosos del frente intelectual de la guerra, como Andrés Trapiello, pero son en realidad los protagonistas de un evento paralelo de poder e influencia. Y lo que es peor: se prestan a un simulacro de entendimiento que además perpetúa la idea perniciosa de que las izquierdas y las derechas de hoy representan a las de entonces.