Cuando fui a estudiar a Quito llegué a un barrio cuyas calles tenían nombres de islas. La nomenclatura rendía homenaje al Archipiélago de las Galápagos y por ello la avenida que lo atravesaba hasta morir en la plaza de toros fue bautizada como su descubridor: Tomás de Berlanga. Tengo un lejano recuerdo de la imagen que ilustraba la historia del descubrimiento en el Libro del escolar ecuatoriano, nuestra Enciclopedia Álvarez. Era todo muy naif porque mostraba a un fraile en una canoa con unos indígenas remando, algo que no tiene nada que ver con lo realmente ocurrido. Además, en el texto se insistía mucho en que se notificó el descubrimiento en la recién fundada villa de Puerto Viejo, asentamiento originario de la ciudad ecuatoriana de Portoviejo: prueba irrefutable de que las islas son nuestras. De ahí que este personaje tenga cierta relevancia en la construcción de la mitología nacional pues, en el imaginario colectivo, se traslada al propio país la singularidad de un territorio único a nivel mundial.
Me volví a encontrar con el fraile dominico al visitar Berlanga de Duero, una de esas bellas y señoriales ciudades que tomaron forma cuando Soria era aún cabeza de Extremadura. En la fachada de la Colegiata de Santa María del Mercado, donde está enterrado, hay una placa que le rinde homenaje y en la que se hace un recorrido por su vida: se menciona el descubrimiento antes comentado y que fue obispo de Panamá, diócesis que tenía el bonito nombre de Tierra Firme. Pero lo que me sorprendió sobre manera es que, además, se pone de relieve su aporte a la dieta mediterránea. Mi sorpresa se debía a que, en mi cabeza, ese tipo de dieta era más propia las costas, no de la meseta alta del medievo, y estaba vinculada a los romanos, pueblo que no es muy querido por esa zona que cruza el Duero, como es bien sabido.
Me picó la curiosidad, empecé a indagar y resulta que el dominico fue quien introdujo en Europa el tomate, la patata y el perejil –sobre esto último no hay unanimidad–. Sin embargo, lo de patrón de la dieta mediterránea me seguía pareciendo un poco excesivo, más allá de que, de no haber sido por él, el tabulé no habría existido. Mis dudas comenzaron a aclararse cuando vi que la candidatura presentada ante la Unesco para que se declarase la dieta mediterránea como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad fue presentada por las regiones de Chouen (Marruecos), Koroni (Grecia), Cilento (Italia) y Soria.
A Tomás de Berlanga no le hace justicia nombrarle únicamente patrón de la dieta mediterránea"
No quiero que se piense que con esto busco quitar valor al aporte de Berlanga en la introducción de especies alimenticias. Al contrario, creo que no le hace justicia nombrarle únicamente patrón de la dieta mediterránea. Su aporte con la introducción de la patata en Europa es mucho mayor, puesto que marcó un punto de inflexión en la nutrición de todo el continente al incorporar un alimento que, por la manera en que se cultiva y por su rendimiento, palió las habituales y recurrentes hambrunas que diezmaban a la población.
Pero las papas no son el único tubérculo americano que ahora es universal. La mandioca, yuca o casava también lo es. Este tubérculo, originario de la Amazonía, ahora es uno de los pilares alimentarios de las zonas tropicales del mundo gracias a que crece en suelos pobres, soporta humedad a la vez que sequías y puede permanecer enterrado meses sin pudrirse, funcionando como despensa viva. A pesar de que algunas variedades pueden ser tóxicas, los pueblos indígenas desarrollaron un sofisticado conocimiento técnico de cómo usarla a través del rallado, el prensado, la cocción y la selección de especies para hacerlas más comestibles. Tras la conquista, los imperios ibéricos la incorporaron rápidamente a sus circuitos atlánticos: en el siglo XVI viajó a África como alimento barato para esclavos y ejércitos y, desde allí, se expandió por Asia.
Para América también viajaron "alimentos coloniales y ultramarinos", un ejemplo sería el trigo. Su introducción se atribuye al franciscano flamenco Joos de Rijcke, castellanizado como Jodoco Ricke, quien se dedicó a la experimentación agrícola en el convento de los franciscanos de Quito, un edificio cuya riqueza artística también es mérito suyo. Es curioso como el origen ha pervivido en el lenguaje, pues cuando era niño a la harina de trigo aun se la llamaba en Ecuador "harina de Castilla". No hay que olvidar que, como en todo proceso migratorio, los viajes de los alimentos y de las formas de prepararlos tienen varias direcciones tal y como lo explica muy bien Rosa Tovar en el libro titulado De ida y vuelta, en el que, a través de deliciosas historias, muestra los innumerables caminos de la historia culinaria y su faceta global.
Volviendo a nuestro fascinante personaje del inicio, Tomás de Berlanga, quiero señalar que destacó en todas las facetas de su vida antes de retirarse a su tierra natal con 50 años de esa época. No sólo fue clérigo y naturalista, sino también político. Así, actuó como enviado de Carlos I en varios conflictos durante los primeros tiempos de la conquista, en un momento convulso en que a la corona le costaba imponer su autoridad. Fue precisamente entonces, cuando le enviaron a Perú para mediar en la guerra civil entre las facciones de Almagro y Pizarro, cuando la corriente de Humboldt le desvió hacia las Galápagos en 1535.
Me gustaría subrayar que su figura, como la del propio Jodoco Ricke, está lejos de esa imagen de los clérigos ultramontanos que presentan tanto quienes cuentan la historia desde la leyenda negra, como quienes esgrimen el "nada por lo que pedir perdón". Todos ellos pintan a los curas como unos soldados de Cristo Rey que arrancaban almas salvajes de las fauces de los caníbales y las convertían para aumentar el inventario de nuestra santa madre iglesia.
Por el contrario, Berlanga tenía formación en navegación (cálculo y astronomía) y ciencias naturales, como muestran sus trabajos de adaptación de plantas o el caimán que trajo para estudiarlo y que ahora se exhibe en la Colegiata, frente a su tumba. También hay testimonios de que aconsejó que se hiciese un canal en Panamá, aprovechando los mismos ríos y lagos sobre los que se construyó muchos años después.
Este perfil resulta menos sorprendente si tenemos en cuenta que Berlanga se formó como dominico en el convento de San Esteban de Salamanca. Lugar que alojó a Cristóbal Colón, más allá de la apócrifa leyenda que lo sitúa ahí mostrando la redondez de la tierra con un huevo. También era dominico fray Diego de Deza, confesor de la reina Isabel de Castilla, quien intermedió por el navegante para que la Corona financiase su viaje.
Tomás de Berlanga se formó en el mismo espacio intelectual en el que hace 500 años surgió la Escuela de Salamanca"
Con toda seguridad y puesto que la biografía de la reina muestra que era una mujer inteligente, los argumentos para convencerla debieron estar más cerca de la ciencia que de la fe. En ese convento no solo se estudiaba teología, y Salamanca era uno de los centros más potentes en el estudio de la astronomía, base de la navegación de la época. En este terreno fueron fundamentales los aportes del judío Abraham Zacut, que no pudo ejercer como profesor de la universidad porque se lo impedía el derecho canónico; pero que, sin embargo, escribió en esta ciudad su obra Almanach perpetuum celestium motuum, que luego fue traducida al castellano por uno de los profesores con los que colaboró, Juan de Salaya, cuñado del gramático Nebrija.
Para acabar de poner en contexto a Tomás de Berlanga, hay que tomar en cuenta que estamos hablando de una persona que se formó en el mismo espacio intelectual en el que hace 500 años surgió la Escuela de Salamanca. Aniversario que el actual equipo rectoral de la Universidad ha tenido la feliz idea de conmemorar, entre otras cosas, con la entrega del doctorado honoris causa al tenista Rafael Nadal bajo el argumento de que representa "los valores de la Escuela de Salamanca". Sin duda, una maniobra de publicidad similar a las de los comercios que en grandes letras anunciaban "alimentos coloniales y ultramarinos" para llamar la atención de los parroquianos.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.
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