La eurodiputada de Podemos se ha venido arriba esta semana tras acusarla de "abogar por el genocidio" el dueño de X, Elon Musk. Irene Montero le contestó de inmediato en la misma red advirtiéndole: "Las personas decentes deben reemplazarte. Urgentemente. Para que dejes de violar, bombardear, secuestrar niños y matar". No sabe Musk con quién está hablando.
No es el multimillonario una persona por la que sienta predilección. Más bien al contrario. De hecho, el comentario que ha provocado la respuesta de la dirigente de Podemos demuestra que adolece del mismo defecto que muchos de los usuarios de X: disparar antes de pensar.
Pero, vayamos al origen del conflicto. Montero participó en un mitin de Podemos en Aragón el pasado sábado. Ya se había aprobado el decreto de regularización de inmigrantes producto de un pacto de su organización con el Gobierno (o, mejor dicho, con la parte socialista del Gobierno). Desde la extrema derecha se ha argumentado que ese decreto esconde en realidad una fórmula para aumentar el censo electoral, produciendo con ello un reemplazo del voto nacional por el voto inmigrante, que se supone votar más a la izquierda que a la derecha.
El Gobierno contraatacó afirmando que eso no es así, ya que los inmigrantes regularizados sólo pueden votar en las elecciones municipales. Pero Montero ha dejado a los socialistas y a Sumar en mal lugar con su vehemente discurso que daría la razón a Vox: "Papeles son derechos. Ningún ser humano es ilegal. Rabian porque son señoritos como Abascal... quieren seguir teniendo esclavos. Queremos que voten. ¡Ojalá podamos reemplazar a los fachas con la gente trabajadora del país, tengan el color de piel que tengan, sea china, negra o marrona".
Esto fue lo que provocó la respuesta de Musk. No es un genocidio lo que propone Montero -a no ser que se refiera a un genocidio con el idioma-. El lenguaje inclusivo tiene un precio y, en esta ocasión, ha sido el de inventarse un término que no existe: "marrona". Podía haber dicho mulata, pero eso le debió parecer racista a Montero. A lo que aspira Montero es a que los inmigrantes lleguen a ser suficientes como para que Vox y el PP se queden en minoría. Ese es el reemplazo al que aspira.
El drama para Montero es que el partido del "esclavista" Abascal va a tener en Aragón diez veces mas votos que Podemos
Para votar en unas elecciones generales o autonómicas es previo el requisito de la nacionalidad, para lo que se requieren determinados compromisos, además de demostrar una serie de conocimientos sobre el país. El plazo para lograr la nacionalidad en España es de diez años, con algunas excepciones. Por mucho que Sánchez quisiera darse prisa en darles la nacionalidad, no daría tiempo para que los más de 500.000 ahora regularizados pudieran votar en 2027, si es que este Gobierno aguanta hasta entonces.
Por más que Podemos crea que los inmigrantes votan a las izquierdas, y, por tanto, que dándoles el derecho al voto algo les podría caer a ellos, la verdad es que no se matan por votar. De los 6,2 millones de personas regularizadas hasta ahora, sólo votan en las elecciones municipales 411.000 (un 6,6% del total). ¿Sirve ese porcentaje para inclinar la balanza, teniendo en cuenta que muchos de ellos votan a la derecha? Me temo que no. El deseado voto inmigrante tiene mucho de bulo.
Lo triste para Podemos es que no les votan ni los inmigrantes ni las gentes trabajadoras del país. Lo confirmarán las próximas elecciones en Aragón, donde Podemos se puede quedar sin representación (ahora tiene un escaño) al obtener sólo el 2,3% de los votos, según la media de las encuestas publicadas en los últimos días.
El drama para Podemos es que Vox podría duplicar su representación, pasando de 7 a 14 escaños en el Parlamento aragonés. Es decir, que los votantes de Abascal en Aragón podrían suponer casi diez veces más que los que consiga Podemos. Y esos votantes, parece obvio, no son señoritos que van a caballo y quieren tener esclavos, sino trabajadores, muchos de ellos del campo, que están hasta el gorro de las políticas de izquierdas y las corruptelas del Gobierno de Pedro Sánchez y sus socios.
En lugar de polemizar con Elon Musk para sentirse importante, Montero debería reflexionar sobre por qué la formación en la que milita ha perdido tanto poder e influencia en los últimos diez años. De acariciar el Palacio de la Moncloa -asaltar los cielos- a implorar para mantener su grupo parlamentario. También debería preguntarse si ese distanciamiento de la clase trabajadora tiene algo que ver con la desconexión entre lo que propone y su estilo de vida, con su chalé de Galapagar y con su sueldazo de eurodiputada. En política, la ejemplaridad cuenta. Al menos eso es lo que proclamaban ella y Pablo Iglesias cuando vivían en Vallecas.
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