Desde Dubái, protegido por la magia ancestral de Arabia, como montado en alfombra voladora o en estrella fugaz, Sánchez ha terminado declarando una guerra. Y no tanto al adolescente enganchado en las redes a los bailes, al acoso o a la depresión, sin distinguirlos muy bien, como un payaso, sino a Elon Musk. Elon Musk tiene los caprichos y la crueldad de los niños (es un genio niño, como Trump es un emperador niño), más todo el dinero del mundo en un cubo de playa para hacerlos realidad, así que es un serio enemigo. Pero yo creo que es justo lo que busca Sánchez ahora, enemigos más grandes, más poderosos y más atómicos, a ver si eso le salva, porque el cuento de que viene la derechona patria, con sus gallegos sosos, sus comadres arremangadas e incluso sus fachillas de clembuterol empieza a no funcionar. No es ya que a Sánchez le preocupen más las redes sociales que la red ferroviaria, que por cierto “no es una tetera” según nos ha descubierto Óscar Puente (lo ha dicho como si hubiera abierto el aparadorcito de su ministerio por primera vez, buscando efectivamente el juego de té, y se hubiera encontrado, para su sorpresa y decepción, sólo ferralla podrida). No es ya que Sánchez busque distracciones, que también. Sánchez busca grandes enemigos planetarios, a ver si le resulta más útil ir de Flash Gordon que de Uclés.
Desde Texas, protegido por la magia realísima de la tecnología (“cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, decía Arthur C. Clarke), como montado en un transformer o en plasma, Musk ha contraatacado, pues. Se ha lanzado a las redes como en calzoncillo adolescente y ha calificado al presidente, al que llama “Dirty Sánchez”, de tirano y traidor. La verdad es que Sánchez ya había buscado a Musk antes, cuando el segundo adulto con gorra, pañal y puchero más poderoso del mundo criticó la regularización masiva de inmigrantes (también fue como si Sánchez abriera por primera vez el aparadorcito progre de España y se encontrara a medio millón de inmigrantes sin papeles en vez de encontrarse el Nobel de la Paz, el Goya honorífico y una fototeta de Lalachús). Entonces, nuestro presidente le contestó a Musk que “Marte puede esperar, la humanidad no”. Yo creo que aquí empezó el proyecto Flash Gordon, la guerra interplanetaria con guapo hortera y malo achinado, mucho mejor que nuestras guerras provincianas y atávicas, todas de herrumbre y despeñadero como nuestros atávicos ferrocarriles de pobres, estudiantinas y descalabrados.
Lo de siempre parece que ya no sirve, y hasta a Uclés lo hemos visto rebatirse a sí mismo en un vídeo de hace apenas un mes, asegurando eso tan facha de que la Guerra Civil la perdimos todos (fue espectacular y terrorífico, como si se hubiera desatornillado la boina y le viéramos por debajo un palpitante cerebro de reptil o cyborg, un cyborg steam punk, un cerebro como una olla exprés con el cocido del pueblo, que es lo que le pega). Lo de siempre no sirve y a ver qué puede hacer Sánchez, que Vox engorda pero no tanto a costa del PP sino de la propia izquierda, porque España es más voluble de lo que piensan los que piensan como en piedra, incluso con boina de piedra como una espita de piedra. Si la gobernanza no funciona se pasa al relato ibérico, vendible como la chacina ibérica, pero si esto tampoco funciona se pasa al relato de ciencia ficción, que no se le había ocurrido a nadie antes hasta que Sánchez se ha visto entre la muerte y la singularidad tecnológica. Ahí está Elon Musk con escafandra y capa, que ha hecho de Sánchez su archienemigo de formas apretaditas, dispuesto a combatir con él entre la ingravidez y la desatomización.
Sánchez busca grandes enemigos planetarios, a ver si le resulta más útil ir de Flash Gordon que de Uclés
La guerra contra las redes sociales de Sánchez, con Estrella de la Muerte incluida, va más allá de la protección de nuestros menores, que si le preocupara de verdad debería empezar por la escuela, que a veces parece jardín de infancia y a veces parece cárcel, sin que termine de enseñar ni educar demasiado. Como decía ayer, a mí me parece bien la medida de sacar de las redes sociales a los menores de 16 años, aunque lo demás, eso de la trazabilidad de la huella del odio y tal, que suena tan científico o anticientífico como un detector de los cazafantasmas, sabemos que sólo trazará y detectará lo que ya tiene muy bien trazado y detectado Sánchez. Pero yo creo que Sánchez empieza a pensar que tampoco esto le sirve, ni el control de los medios ni el control de las redes, ni la propaganda ni la censura, porque la realidad ha acabado agotando el relato hispánico, viejo como el tebeo, y el relato sanchista, que cuanto más se repite más hace engordar a sus adversarios.
Creo que Sánchez está pensando que sólo le sirve una guerra universal, infantil, de guapos contra lagartos o esqueletos, algo que empezó con Trump, siguió con Gaza y ahora no es que esté en la luna sino en Matrix. Suena tan desesperado como evidente, pero todo en Sánchez es ya desesperado y evidente. El objetivo, por supuesto, no es en sí esta guerra de frikis, sino ganar tiempo. Una nueva guerra para conservar la temperatura de guerra, la moral de guerra, mientras espera el milagro. Sánchez ha ido a por Musk como a por el niño rico con balón, para poder seguir jugando. No le importan los menores, ni nuestra salud mental, ni la inmigración, ni la FP, ni los caseros con mantita de los Roper, ni nada.
Al final, lo único verdadero va a ser la tetera rota, esa tetera rota que es España (ya Miguel Mihura escribió aquello de La tetera, con mucho costumbrismo absurdo y claustrofóbico). El sistema ferroviario que no necesitaba mantenimiento, la alta velocidad que iba a pasar a 350 km/h (ya había hasta pines repartidos a los ministros, que parecían un puente de mando de Star Trek), resulta que no se puede arreglar en dos días, “que no es una tetera”. La verdad es que tampoco es tan fácil arreglar una tetera, y los japoneses hasta tienen un arte, el kintsugi, para al menos convertir en joya las cicatrices irreparables de las cosas rotas, cicatrices que también son parte de la memoria y de la realidad. La tetera rota, la España rota de la que van a quedar cicatrices de hierro o sangre entre nuestros toros, flores y palomas talaveranos, eso va a ser lo único verdadero. Lo demás son guerras inventadas por niños caprichosos y crueles, con héroes tan absurdos e inverosímiles como sus malvados, como cuando en la merienda hacen luchar a un dinosaurio contra Spiderman o a un vaquero contra un camión volquete.
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