Llegué a Filipinas poco después del terremoto que sacudió Cebú el pasado 30 de septiembre. Algunas familias se quedaron sin hogar, y muchas infraestructuras esenciales, como los sistemas de distribución de agua, resultaron dañadas y siguen en proceso de reparación. Varias localidades permanecieron sin agua ni electricidad durante semanas, y en las ciudades de Bogo y San Remigio, donde tenemos proyectos, algunos edificios se derrumbaron.

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Para ofrecer refugio temporal a quienes no podían regresar a sus casas, se levantaron ciudades de tiendas. Pero el paso del tifón Tino volvió a complicar la situación: las intensas lluvias inundaron parte de estos asentamientos y afectaron los trabajos de recuperación. Apenas unos días más tarde, el supertifón Uwan agravó aún más las condiciones, dificultando el acceso y la distribución de ayuda.

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Aunque no me encuentro en las zonas más afectadas, nuestro equipo ha estado realizando evaluaciones de necesidades para comprender el impacto real de estos desastres. Las imágenes y testimonios que recibimos muestran una realidad compleja: viviendas dañadas, interrupciones en el suministro eléctrico y de agua, y familias que intentan recuperarse mientras se preparan para posibles nuevos impactos.

Lo más difícil de presenciar no son solo los daños visibles, sino el cansancio acumulado de quienes viven emergencia tras emergencia

En mis primeros días en Filipinas, visité el terreno para conocer de cerca la realidad que enfrentan nuestros equipos. En uno de los campos de tiendas, conocí a una madre primeriza que había dado a luz hacía menos de tres meses. Sostenía a su bebé mientras esperaba nuestra distribución de kits de higiene. Me contó que, por suerte, su familia había salido ilesa del seísmo. La noche del tifón pensé en ella. Imaginé lo que debe ser cuidar de una recién nacida en una tienda de lona, en plena inundación, intentando protegerla del viento y del agua mientras la tranquilizas con un “todo está bien”, deseando que la noche acabe pronto.

Durante el tifón, nuestro equipo permaneció en la oficina. Compartimos espacio, sin electricidad, con la luz de los teléfonos móviles. Recuerdo hablar con una compañera filipina que no podía contactar con su familia, en otra isla. Pasaron cinco días hasta que se restableció el servicio eléctrico y supo que estaban a salvo. Durante esos días, siguió trabajando para apoyar a las personas afectadas. Esa determinación resume bien lo que significa responder en medio de la incertidumbre.

En los centros de evacuación, la situación sigue siendo complicada: el espacio es limitado, los servicios básicos son insuficientes y las familias dependen del apoyo mutuo para cubrir sus necesidades más urgentes. Muchos preguntan cuándo podrán volver a sus hogares y rehacer sus casas, con la esperanza de recuperar la normalidad lo antes posible. En el norte de Cebú, donde inicialmente respondimos tras el seísmo, hemos apoyado con refugio, agua, saneamiento e higiene, además de acompañar procesos de reconstrucción local. Ahora estamos valorando una posible ampliación de la respuesta hacia las zonas del sur, donde los daños materiales y la pérdida de servicios básicos son significativos.

Pero también hay otra cara de la emergencia: la fortaleza de la población. En cada barrio y barangay, la gente se organiza rápidamente. Mujeres que cocinan para sus vecinas con lo poco que tienen, jóvenes que ayudan a limpiar y reparar, grupos que se apoyan mutuamente para compartir agua, comida o un techo. Esa red de apoyo es lo que hace posible seguir adelante incluso en los momentos más difíciles. Desde Acción contra el Hambre acompañamos ese esfuerzo, trabajando junto a las autoridades locales y los líderes comunitarios, porque son ellos quienes impulsan la recuperación desde el primer día.

En Filipinas, las condiciones climáticas extremas se han convertido en una amenaza constante: tormentas más intensas, periodos de sequía prolongados y terremotos que agravan vulnerabilidades ya existentes

Lo más difícil de presenciar no son solo los daños visibles, sino el cansancio acumulado de quienes viven emergencia tras emergencia. En Filipinas, las condiciones climáticas extremas se han convertido en una amenaza constante: tormentas más intensas, periodos de sequía prolongados y terremotos que agravan vulnerabilidades ya existentes. A nivel personal, resulta difícil ver cómo la vida cotidiana se interrumpe una y otra vez. Días sin agua, sin electricidad, con la incertidumbre de no saber cuándo llegará la siguiente emergencia. Y, aun así, hay una enorme capacidad de recuperación. Esa fuerza colectiva nos recuerda la importancia de invertir en prevención, preparación y adaptación frente a los efectos cada vez más severos del clima.

Desde aquí, solo quiero subrayar la importancia de mantener el apoyo más allá de los primeros momentos de la emergencia. La recuperación lleva tiempo y requiere constancia. Las familias están reconstruyendo sus vidas y sus medios de vida, y acompañarlas en ese proceso es esencial. La solidaridad sostenida y el compromiso colectivo son lo que realmente permite avanzar hacia una recuperación duradera.


Cristina Izquierdo es coordinadora de nutrición del equipo de emergencias de Acción contra el Hambre desplegado en Filipinas