El sesgo expansionista de algunos dirigentes de los Estados Unidos no es nuevo, ni en absoluto original. La consolidación territorial de la Unión, fue siempre el “desiderátum” de la gran república.

Desde el momento del desembarco de los Padres Peregrinos, llegando desde Inglaterra a las costas orientales de América, su idea del destino manifiesto del continente, santificado como Tierra Prometida de la Cristiandad reformada, ha sido omnipresente a lo largo de la historia.

Sin embargo, en los últimos tiempos, esta actitud ha incrementado sus expectativas, manifestando incluso la idea de incorporar territorios, que jamás habían sido seriamente reivindicados.

A lo largo de sus dos siglos de existencia, los Estados Unidos incorporaron Alaska, ocupando así el territorio ruso de América, a su vez expropiado a España por Catalina la Grande, pese a las protestas de Carlos III; anexaron la mitad del Virreinato de Nueva España, ya convertido en México, aprovechando la desprotección europea, derivada de la independencia de dicho territorio respecto de España; consiguieron el abandono de Luisiana por parte de los franceses, aunque mantuvieron los apellidos y el jazz; y respetaron, con tanta resignación como recelo, el dominio británico del Canadá, y la soberanía danesa sobre Groenlandia.

Como es de ver, la actual expectativa territorial respecto de Groenlandia y el Canal de Panamá no constituye más que la continuación de antiguos planteamientos.

No obstante, esta actitud aparece ahora en un nuevo contexto, en el que surgen dos obstáculos a dicha expansión: por un lado, la globalización, que sostiene la necesidad de la cooperación entre las naciones para alcanzar nuevas cotas de bienestar, y por otro lado, la vigencia de los Derechos Humanos, así como del Derecho Internacional, realidades jurídicas que no existían en los primeros tiempos.

Los nacionalistas hispanoamericanos tienen la oportunidad de comprobar cuál de los movimientos políticos se aparta de la reivindicación histórica de su dignidad. Deben considerar si el adversario es la Comunidad Histórica, denominación mediante la cual la Constitución Española alude a los países que compartieron su soberanía hasta el siglo XIX, o bien la comunidad política anglosajona, que recela de la hispanidad, y no responde adecuadamente a los intereses de sus pueblos.

España constituyó siempre una unión política con América, siendo tan español un ciudadano de Buenos Aires como uno de Madrid, al momento de la separación de ambos continentes

La referida actitud estadounidense es una invitación a renovar los lazos jamás olvidados, que sostienen la Comunidad Histórica de los Pueblos Hispanos, orientada por el humanismo tradicional. La posición de España se reafirma como un referente de unidad, siendo la Corona la institución llamada a tender puentes entre Iberoamérica y el mundo.

España no puede seguir siendo deslegitimada, con base en una supuesta depredación colonizadora, que no responde a la realidad histórica. España constituyó siempre una unión política con América, siendo tan español un ciudadano de Buenos Aires como uno de Madrid, al momento de la separación de ambos continentes.

España intentó, por sentido del deber y por instinto de autodefensa, sostener su soberanía en América, incluso con ayuda de las armas leales, que al final cedieron, ante la presión soberanista.

La defensa de la españolidad de América dio lugar a actos heroicos, en combates no menos dignos. Una nación devastada por la invasión francesa, y sin apoyo de las potencias anglosajonas, no podía sostener su presencia en América, teniendo en cuenta que dicho continente nunca había sido tierra de ocupación, por lo que la Corona no estaba preparada para resistir, en condiciones de inferioridad técnica y logística, la simultánea acción centrífuga de los movimientos soberanistas, al tiempo que protegía su territorio de la terrible depredación napoleónica.

En el siglo XIX reconoció España la legitimidad de dichas naciones, surgidas del impulso de soberanía de los pueblos americanos, en todo caso unidos para siempre a nuestra Comunidad, habiéndose desgajado de España políticamente, pero jamás humanamente.

Las nuevas naciones son la proyección de sus pueblos, construida sobre la división territorial hispánica, magistralmente diseñada por la Corona para administrar, en igualdad de condiciones con la Península, tan inmensos territorios, que fueron ámbito de difusión de valores, que orientaron la acción española desde el Renacimiento.

Este es el gran momento de España, tiempo de reivindicar el humanismo solidario de los pueblos de América, animados por el deseo de construir un mundo en paz, basado en la cultura común de valores compartidos.