El año 1959 es un milestone en la historia del jazz, esa música tan auténticamente estadounidense como el country o el soul. Fueron 12 meses en los que se publicaron discos que revolucionaron el género a cargo de Charles Mingus, Ornette Coleman o Dave Brubeck, cuyo cuarteto provenía de la costa oeste y no era mayoritariamente afroamericano. Todos ellos músicos tan Made in USA como el cantante MAGA Kid Rock.
Pero la obra de referencia de esa camada es Kind of Blue, del cuarteto de Miles Davis, un disco que Carlos Boyero definió como "un lugar en el que sus enamorados oyentes nos quedaríamos a vivir". También ese mismo año el trompetista sufrió una agresión policial que marcó su vida y le recordó que no le valía de nada provenir de una familia de clase media —en esa época su padre era dentista y su madre, maestra de música— o haberse convertido en un músico de fama internacional. Venía de ser aclamado por la élite intelectual y cultural francesa —que ya es decir bastante— tras improvisar la banda sonora de Ascensor para un cadalso.
El ataque injustificado de un policía le recordó que era un ciudadano de segunda por ser "negro" en los Estados Unidos. Todo indica que al agente le molestó verlo conversando con una mujer blanca: una aficionada que simplemente se le acercó cuando estaba fumando en la escalera. Uno de sus músicos recordaba que, a veces, Davis se quedaba como ausente y al volver a la realidad soltaba alguna blasfemia contra su agresor. Los testimonios coinciden en que una de las cosas que más desconcierto le generaba era la gratuidad del ataque. En el documental Miles Davis: Birth of the Cool se le puede ver con la ropa ensangrentada a las afueras del mítico club de jazz Birdland, en Nueva York, que esa noche anunciaba con letras enormes la presentación de Kind of Blue.
Miles no fue el único de los genios de 1959 que tuvo que padecer el racismo de su país. Contaba el añorado Juan Claudio Cifuentes, "Cifu para los amigos", que Charles Mingus tenía el cabreo metido en el cuerpo porque su sueño inicial y frustrado era ser violonchelista de una orquesta sinfónica. Esa ilusión se evaporó cuando uno de sus maestros, con resignación, le preguntó si había visto alguna vez a un "negro" tocando en una de esas orquestas y le sugirió que optara por el contrabajo y el jazz, una música que nació en clubes por los que siempre pasaba la policía buscando viciosos, aunque hoy la escuchen quienes ven películas de arte y ensayo. Al mismísimo Thelonious Monk le retiraron la licencia para tocar en bares tras una de esas redadas.
Lo auténticamente estadounidense, para mí, no es la pureza, sino el conflicto cultural permanente"
Afortunadamente para los MAGA y demás franquicias supremacistas, lo auténticamente Made in USA no es solo el jazz u otras músicas de las subculturas asentadas en ese país. También hay música culta: no en vano sus grandes capitales cuentan con orquestas filarmónicas de fama internacional. En ese campo destaca Porgy and Bess, la ópera nacional de los Estados Unidos donde confluyen algunos elementos diferenciales y característicos de la cultura estadounidense: el coautor del libreto y de la novela en que se basa, DuBose Heyward, era descendiente de uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, es decir, del linaje fundacional que hoy algunos invocan como sinónimo de pureza; el compositor de la música, George Gershwin, provenía de una familia de judíos de origen ucraniano; y el argumento gira en torno a la marginalidad afroamericana.
Porgy es un hombre con discapacidad física que intenta librar a Bess de su proxeneta, que vende drogas en los suburbios de Charleston, en Carolina del Sur. Al haber sido escrita en la década de 1920, no hubo acusaciones de apropiación cultural, como sí ha ocurrido con Lady Gaga, denostada por puristas anticoloniales por el pecado capital de haber cantado con una orquesta sonera. Es más, nadie podrá decir que Porgy and Bess, que cuenta la miseria provocada por el esclavismo del sur, no es una historia auténticamente americana.
Respecto a la música, es fruto del Nueva York global de inicios del siglo XX. Se dice que George Gershwin estaba acomplejado por no ser lo suficientemente académico y tener influencias de géneros como el jazz. O sea, hubiera sido como creer que Rhapsody in Blue —otra vez blue—, esa pieza suya que despierta los sentidos al fundirse con Manhattan al inicio de la película de Woody Allen, hubiese quedado mejor quitándole ese fondo de big band tan maravilloso.
Gershwin, siendo ya un exitoso músico de Broadway y compositor para películas, se fue a París buscando ser alumno de Maurice Ravel, que en ese momento marcaba el canon de la música culta. La leyenda cuenta que fue rechazado bajo el argumento de que sus influencias "no academicistas", en lugar de empobrecer sus composiciones, las mejoraban. Se dice también que Ravel le preguntó cuánto ganaba al año y que, al oír la respuesta, señaló: "Entonces es usted quien tiene que darme clases a mí". Quién le diría al maestro francés que su Bolero se haría un producto de consumo popular en 1979 gracias a una comedia llamada 10, la mujer perfecta.
Al igual que el jazz, los músicos citados y obras como Porgy and Bess forman parte de la cultura de EEUU y seguramente para disgusto de muchos, la salsa es tan neoyorquina como Donald Trump. Mientras el segundo desciende de inmigrantes alemanes, la primera, como ya conté aquí, es hija del crisol caribeño del Spanish Harlem de inicios de los 70. Por eso no resulta extraño que una de las canciones que ha sonado en el espectáculo de entretiempo de la final del campeonato de fútbol americano haya sido NUEVAYoL, que arranca con un sample de Un verano en Nueva York, del Gran Combo de Puerto Rico, una orquesta integrada por ciudadanos norteamericanos, nacionales puertorriqueños. El espectáculo, liderado por Benito Antonio Martínez Ocasio, incluyó otras referencias al componente latino que siempre ha tenido Estados Unidos; o si no, que se lo pregunten a quienes cambiaron de país cuando los gringos, con la complicidad de las élites mexicanas, anexaron gran parte del sur y el oeste de su actual territorio, sitios donde no se hablaba inglés ni se descendía del Mayflower.
Es imposible no haberse enterado del revuelo causado por quienes se han tomado el show del Súper Tazón como afrenta, y no me refiero solo al presidente Trump —lo raro habría sido lo contrario, tomando en cuenta su plan de limpieza étnica—, sino también a los latinoamericanos a quienes les preocupa que se piense que ellos "son así". Aunque muchos de los argumentos son zafios y no contribuyen al debate, sí vale la pena preguntarse, en estos tiempos esencialistas, qué es lo auténtico de la cultura de un país. El punto de partida es obvio: resulta absurdo pensar que, en un país que en realidad son 50, o incluso en una región entera, las manifestaciones culturales puedan ser las mismas. A partir de ahí, la discusión se vuelve más compleja: compatibilidad de culturas, diversidad, mestizaje.
También resulta sugestivo ver cómo la performance de Bad Bunny ha generado reacciones maniqueas. Hay devotos y detractores de lo ahí visto, y no se trata solo del debate identitario sobre qué es lo auténticamente estadounidense o lo latino, sino también de machismo, sexualización, música, baile o imperialismo. Varios de esos temas sin duda me interesan y sobre ellos me gustaría compartir mis reflexiones, llenas de dudas y certezas, en las próximas semanas. Pero no quiero terminar sin señalar algo de lo que sí estoy seguro: lo auténticamente estadounidense, para mí, no es la pureza, sino el conflicto cultural permanente.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.
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