Me sorprendió el protagonismo que Milan Kundera daba al baile en La insoportable levedad del ser, hasta el punto de que la forma de moverse de los personajes era consecuente con su carácter y su rol en la novela. No esperaba encontrar a gente bailando en un libro que arranca retomando la idea nietzscheana del eterno retorno para explicar la ecuación entre levedad y peso y, sobre todo, me sorprendió porque, desde mi provinciana visión del mundo, no podía imaginar a las personas de un país comunista desmelenadas sobre la pista. Mis prejuicios se originaron en las revistas de propaganda que las embajadas del Este hacían circular por América Latina o en los festivales donde se proyectaban películas búlgaras con subtítulos en húngaro. A eso se suma que, en mi época y país, los dirigentes políticos afines a la cortina de hierro tenían el gesto adusto y solo hablaban para echar broncas; algo así como Ione Belarra, pero en versión señoro que se dejó la juventud leyendo los Grundrisse.
En mi defensa diré que me crié contemplando cómo la gente bailaba en los momentos de fiesta, alegría y desfase. Por ello asocié el baile a espacios de libertad en los que las reglas y la rutina se rompen, tal y como se escenificó en la performance de la final de la Super Bowl 2026, en concreto, en esa boda donde los niños bailan entre ellos o con sus abuelos, saltando por ahí a deshoras. Una escena similar se repite cada 15 de agosto cuando los pueblos de España dejan de estar vaciados para repoblarse en torno a una orquesta. Un ritual que arranca con pasodobles para los abuelos y cuyo primer pase termina a las once de la noche, cuando todo el mundo se va a cenar. Pasada la medianoche suenan los clásicos de ayer, hoy y siempre, y los éxitos de temporada cantados a todo pulmón por una fila de niños que se saben al dedillo las coreografías. La orquesta funciona como niñera mientras los padres bailan o conversan con los primos que llevan un año sin ver. Aquí también, al igual que en la boda que montó Bad Bunny, las criaturas a las que se les acaba la cuerda duermen sobre sillas de plástico y la juventud perrea.
Recuerdo mi sorpresa cuando me enteré de que la Real Academia había incluido la palabra "perreo" en su diccionario. He vuelto a mirar la definición para escribir este artículo y me encuentro con la siguiente descripción: "Baile que se ejecuta generalmente a ritmo de reguetón, con eróticos movimientos de caderas, y en el que, cuando se baila por parejas, el hombre se coloca habitualmente detrás de la mujer con los cuerpos muy juntos”. Me sorprende que incluya la palabra "erótico" cuando, en realidad, todo baile es un juego con los cuerpos que, dependiendo del ánimo y la predisposición, puede desencadenar tensión sexual. Algo que pasa incluso en los bailes donde se mantiene una calculada distancia entre la pareja, como lo demostró Malkovich convertido en el vizconde Valmont de Las amistades peligrosas, cuando a través de una afectada elegancia ejercía una forma de poder silencioso, desplegando una estrategia de dominación y seducción.
Como fiel devoto del método comparado, busqué "tango" en el mismo diccionario y me encontré con una definición burocrática: "Baile rioplatense, difundido internacionalmente, de pareja enlazada, forma musical binaria y compás de dos por cuatro", despojándolo así de su origen prostibulario y de esa carga sexual que el académico Arturo Pérez Reverte reconoció en uno de sus artículos: "Si hubiera tangueado así alguna vez (…) me habría comido a las minas de dos en dos", para luego confesar que envidiaba a un "gordo" que, al sonar el bandoneón, se transformaba en un elegante bailarín que conseguiría lo que él no lograría en su vida: "Abrazar a cualquier mujer, hermosa o no, y que todas las guapas goteen agua de limón, clup, clup, clup, locas por bailar con él".
El tango comparte barrio bajo con la bachata a pesar de la distancia. Cuando yo era joven, ningún salsero de bien bailaba bachata por un desprecio de clase. Quién nos diría que en pocos años ese baile, que obliga a la proximidad y que en sus versiones más simples tiene una cadenciosa monotonía, sería parte del mainstream. Que un baile deje de escandalizar —como le pasa ahora al perreo— es cuestión de tiempo. Pasó con la chacona, antes de que Bach la incorporase a su repertorio, y tenemos un ejemplo más próximo en el pole dance, que se originó en los sitios de estriptis para acabar siendo parte de la oferta de actividad física de los gimnasios.
El poder moderno produce tecnologías disciplinarias para crear cuerpos dóciles a través de normas interiorizadas"
Volviendo al perreo, la cuestión de fondo no es tanto su estética o lo cansino que puede resultar el machaque del reguetón. Lo que incomoda es que rompe con el orden asignado a los cuerpos al adoptar una posición sexual explícita. Desde Foucault sabemos que el poder moderno produce tecnologías disciplinarias para crear cuerpos dóciles a través de normas interiorizadas; una de ellas es el control de la sensualidad, de manera que la sexualidad es gestionada discursivamente: no se silencia, sino que se define, se delimita y se administra.
Una de las mejores definiciones de una "tecnología disciplinaria" la escuché en el documental Iranien, de Mehran Tamadon, que muestra la convivencia del director con cuatro clérigos fundamentalistas durante dos días buscando demostrar, sin éxito, que es posible la coexistencia en tolerancia. Uno de los religiosos argumenta que la ocultación del cuerpo femenino es necesaria para preservar el orden moral, pues la mujer posee una potencia erótica capaz de desestabilizar el espacio público si no está regulada. La responsabilidad moral se desplaza así hacia la gestión preventiva del deseo masculino a través del control del cuerpo femenino.
Cuando de "erotismo" se trata, la "tecnología disciplinaria" se aplica siempre a la mujer, "aunque ella perree sola". Eso explica que, en el citado show de Bad Bunny, las críticas se centraran en las mujeres que perreaban. En este orden de cosas, una indignada señora chilena expresaba su temor de que el mundo entero creyera que todas las latinoamericanas son "así": como "prostitutas caribeñas". Sin embargo, no encontré comentarios sobre la carga erótica de los bailarines, que se movían con la misma sensualidad y eran tan bellos y esculturales como las bailarinas. Por el contrario, lo que se señalaba era su "chulería", aplicando de nuevo el estereotipo de poder asignado a lo masculino.
Una de las versiones más sofisticadas del ataque al perreo es la que se posiciona como una forma de feminismo para denunciar la sexualización de la mujer, punto de vista que en ocasiones hace el juego a quienes limitan la capacidad de las mujeres de jugar y expresar su sensualidad y erotismo. Se pone el foco en que "bailar así" puede ser un elemento de provocación, argumento que está más cerca de los clérigos iraníes y que se distancia del derecho de la mujer a explorar de forma segura sus múltiples dimensiones, al igual que pueden hacer los hombres.
Afortunadamente, hay personas como Noemí López Trujillo quien, desde el feminismo femme, reivindica la feminidad —estética, deseo y expresión corporal— como espacio político, cuestionando la masculinidad normativa y defendiendo la autonomía femenina frente a regulaciones patriarcales del cuerpo y la sexualidad. Un feminismo que no teme devolverle al baile su carga de verdad: un juego de cuerpos donde la proximidad no es pecado, sino autonomía. Una certeza física que nos recuerda que, para ser libres, hay que arriesgarse al contacto; porque, en resumen, bailar de lejos no es bailar.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.
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