El lunes es ese día ambiguo y propicio en el que Pedro Sánchez se asoma al celaje de la mañana, que lo coloca ya como en una cárcel de pájaros, y se saca la historia de la semana como el que se saca un huevo. Por epatar, por espantar, por sorprender, por distraer, por despistar, por seducir, por seguir vivo como ese pájaro encarcelado. El lunes 23, lo que le trajo a Sánchez el sol románico de febrero, hecho de piedra y sombra, fueron, claro, los relámpagos cuarteleros, fusileros y escoberos del 23-F. La semana empezaba y terminaba a la vez, consagrada ya al golpismo, al tejerazo, a los jacos militronchos, a los fachas de bigotillo y alforza, de lorza y fajín, que conspiran lamiéndose la pasamanería y los costurones y besando la mantelería patriótica o de mesón. No era este día, que le llegaba a Sánchez con brillos de corneta, un aniversario ni demasiado redondo ni demasiado arbitrario, 45 años. Pero el presidente, que se asoma a los lunes como a un viaducto, esperando el milagro o la fulminación, ha decidido que era hora de desclasificar documentos sobre el asunto (no sé si todos o sólo una antología en edición príncipe, con pastas heráldicas). Por supuesto, no se trata de que haga 45 años del golpe, sino de que empieza otra semana de Sánchez.
Que hoy sea lunes es más importante que el que sea 23-F. Se dice mucho que el 23-F es el evento fundacional de nuestra democracia, pero a mí eso me parece poco al lado de cada lunes de Sánchez, en el que vuelven a nacer la política, la historia y el mundo. Cada lunes volvemos a aprender qué es lo importante, lo fundamental, lo urgente, y siempre es algo sorprendente y a veces pequeño que no sabíamos, ni sabía Sánchez hasta ese momento, que necesitábamos. O sea que el personal está por ahí intentando llegar a final de mes escurriendo el champú, o mirando pisos imposibles o irreales que parecen de Escher, o queriendo coger un tren que de repente es como un tren de cine mudo, o creyendo que ya nada puede degradarse más en la política una vez que lo público es un botín y los ministerios son como cuevas de Bagdad, y llega Sánchez y lo cambia todo. Llegan los lunes como un Pentecostés sanchista y nos damos cuenta de que todos nuestros anhelos y desazones son mezquinos y ridículos. Cada lunes Sánchez nos coloca delante el nuevo horizonte de nuestras vidas y del mundo, con halo de acuarela, y hacia allá vamos todos.
El 23-F no era tan 23-F hasta que no ha sido un lunes de Sánchez, y ahora no hay otra cosa en el cielo que el 23-F, como un cometa del fin del mundo, el cometa del fin del mundo de cada lunes. Los lunes de Sánchez, con esa vocación de hoja caducifolia que tienen las hojas de calendario, no suelen durar más que hasta el siguiente lunes, pero en esa semana no necesitamos nada más. Yo diría que esos documentos desclasificados, con o sin filtro, acabarán con los mitos para dejarnos, simplemente, otra de nuestras asonadas de cafetín, orujo y calentón, con más torpeza que valentía y más chapuza que intención (Tejero tenía algo de Pepe Gotera). O no nos aclararán nada, que sería lo más conveniente para poder seguir hablando de Tejero como de un torero muerto, y del Elefante Blanco como si fuera Moby Dick, y de Armada, que iba como con la tanqueta del nombre por delante pero parece que sólo quería ser presidente del Gobierno para presumir en el casino militar. Y del rey Juan Carlos, claro, que esa noche hizo como la primera comunión de rey. A lo mejor hasta sale Felipe González, entre Armada y Anson, todos ellos como el mueble bar de la abuela. Volveremos a repetir todas las teorías y todo el bestiario, los tiros y los telefonazos, los tópicos y los suspiros, lo que los papeles dicen y lo que los papeles niegan. Pero ahora con angustia verdadera y actualísima, esa angustia que sólo Sánchez nos puede transmitir.
El 23-F es ya más de Sánchez que de Tejero, como Franco es ya más de Sánchez que de los franquistas, si queda alguno (Trump está sustituyendo a ese viejo de las pesetas que sólo parece un viejo de Dickens). Vuelve a ser 23-F, pero no como siempre, porque esta vez le va la vida en ello a Sánchez. Sánchez vive semana a semana, es como si funcionara con monedas, como esos contadores de gas antiguos, con monedón histórico, ideológico, caritativo o sentimental. Sabemos que lo del 23-F también pasará porque pasa cada lunes. Pasará como esos planes para sanear la democracia que no sanean la democracia o esos planes contra la corrupción que por supuesto no acaban con la corrupción. Pasará como Franco en su sarcófago igual que una hormigonera, y como la pelea infantil, desmedida y pesadillesca contra Elon Musk, como si fuera el rey de las ratas de El cascanueces. Pasará como la regularización de inmigrantes, que quizá ni se regularicen, y pasará como esos millones de arena y esas viviendas de arena que quizá nunca se gasten ni se construyan. Pasará como la corrupción y los escándalos de Sánchez, que siempre pasan. Pero ahora toca tricornio, toca facherío, tocan Borbones un poco Romanov, tocan los herederos de Franco como herederos de un estanco. Y es que los que dieron el otro gran golpe, el del 1-O, son socios, progreso, estabilidad y democracia.
El 23-F es una fecha cósmica desde que ha caído en un lunes. Aunque ni más ni menos cósmica, en realidad, que cuando Sánchez amaneció con la polémica o la palanca de Arquímedes de cambiar el huso horario (durante una semana pareció que la cuerda del reloj podía cambiar nuestra economía, nuestra biología e incluso el propio eje del planeta). Hasta que llegó otro lunes y ya no sé qué tocó, quizá un bono para estudiantes dormilones o para caseros gruñones, o ricino para jueces, o reojos a Trump, u otra vez Franco, que es cíclico o recurrente, también como los cometas o como las melancolías roñosas. Pero esta semana sólo nos ocuparemos del 23-F. Más que de Aldama, y de Bono, y de Ángel Víctor Torres y, sobre todo, de Sánchez. Lo haremos todos, la verdad, porque los lunes de Sánchez son como conjunciones o cataclismos planetarios, algo que no se puede dejar de mirar. Hablaremos del 23-F porque ahora es lo más importante para el país y para la democracia, como todo lo que cae en lunes. El 23-F cae en lunes, en lunes de Sánchez, y ni siquiera el propio 23-F será tan 23-F como éste. Al menos, hasta la semana que viene.
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