Los documentos desclasificados por el Gobierno sobre el intento de golpe de Estado del 23-F no han aportado nada relevante a la información que ya se conocía. Pero lo que sí confirma todo ese material es que la asonada fue una gran chapuza. ¡Afortunadamente!

El elemento clave para llegar a esa conclusión es que don Juan Carlos no participó ni activa ni pasivamente en un proyecto que, en teoría, se hacía en su nombre y cuyo éxito dependía de su aval.

Fue una chapuza porque lo que querían Milans del Bosch y Tejero difería esencialmente de lo que pretendía el general Alfonso Armada, cuya aportación al golpe no eran tropas, ni acorazados, sino su proximidad al rey. ¿Hubieran tragado Milans y Tejero con un gobierno de coalición por mucho que hubiese estado presidido por un militar? No.

De hecho, el papel de Armada fue muy confuso. En un primer momento hasta se llegó a pensar que fue él quien desactivó la intentona, cuando, en realidad, lo que pretendía era asumir la presidencia del Gobierno apareciendo como un pacificador bendecido por el monarca.

Los conspiradores no contaban con el apoyo de la mayoría de las capitanías generales. Jugaron de farol. Pensaban que algunos de ellos acabarían sumándose por afinidad ideológica y porque podían sospechar que el rey estaba detrás.

Don Juan Carlos no participó en un complot que se hacía en teoría en su nombre y cuyo éxito dependía de él

Pero esa maniobra se desmontó de forma rápida y eficaz. Armada le había dicho al general José Juste, que mandaba la División Acorazada Brunete, que él estaría en la tarde noche del 23-F en la Zarzuela, mano a mano con don Juan Carlos, como dirigiendo el cotarro. El general Armada intentó ir a Zarzuela, pero el jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, se dio cuenta de que lo que pretendía el que fuera instructor y amigo del rey era crear la falsa imagen de que el monarca compartía sus planes.

Cuando Juste llama a Zarzuela preguntando por Armada y Fernández Campo le dice que "ni está ni se le espera", el golpe se para, porque Juste mantiene los tanques en los cuarteles y los capitanes generales se dan cuenta de que don Juan Carlos no participa en el complot.

Tras ese gesto, la difusión en televisión del mensaje del rey, bien es verdad que un tanto tardía, supuso el aborto definitivo del golpe. A partir de ahí, ya solo quedaba esperar a ver cómo se podía liberar el Congreso de los Diputados sin víctimas.

Milans, Tejero, Armada y los demás conmilitones confiaron en el efecto bola de nieve que tendría en los cuarteles la toma del Congreso y la salida de los tanques a la calle en Valencia. Pero se equivocaron.

Fue chapuza incluso la operación del Congreso, en la que participaron agentes de la Benemérita engañados, que ni siquiera sabían adónde iban. Como lo fue también la participación de agentes y mandos del CESID, con el comandante Cortina como hombre en la sombra que salió inopinadamente de rositas.

En las Fuerzas Armadas había a principios de los 80 algunos generales y coroneles que no creían en la democracia. Habían hecho su carrera durante el franquismo y querían una vuelta atrás. Eso era un hecho. Pero la mayoría de la sociedad española ya había dejado de ser franquista. Desde Alianza Popular hasta el Partido Comunista defendían el sistema y la Constitución que había sido aprobada con amplio respaldo en 1978. La trama civil del golpe era muy endeble y sus jefes (como García Carrés) no tenían respaldo popular. La Unión Nacional del ultra Blas Piñar tan sólo obtuvo un diputado en las elecciones generales de marzo de 1979 (las últimas celebradas antes del 23-F).

Los golpistas fueron chapuceros y se equivocaron en lo esencial: España había dejado de ser franquista y ellos no se habían enterado.