Sánchez ha recuperado el “no a la guerra” y el trío de mariachis de las Azores, y nos traería de vuelta el perrito piloto, y los Puturrú de Fuá, y la Mirinda, y hasta a Franco como cosa muy loca, si eso le sirviera para salvar su cabeza entre pétrea y membranosa, como de tortuga. Sánchez convocó al país a la hora del mal café y de las malas noticias, y uno ya barruntaba una épica como de tamborilero, de cornetín de campamento, de excursión en bicicleta o de caza de patos. Desde la Moncloa, bajo un palomar imaginario de águilas calvas (Sánchez en realidad quiere ser Trump / anti-Trump), Sánchez, presidencial o presidencialista, sin parlamento y sin preguntas, dramático o solo enharinado de drama, se levantaba de buena mañana para decirnos “no a la guerra” como el que se levanta para hacer yoga o para hacer torrijas, o ni eso. Me refiero a que esa frase sin más no la puede decir un gobernante, es una frase como de saludo pasota, la frase más barata que puede decir alguien cuando hay una guerra, o sea que ni es valiente ni patriótica. Macron también ha reconocido que se trata de una intervención ilegal pero no deja de mandar portaviones y de tomar medidas para proteger legítimamente sus intereses y a sus ciudadanos. No dice “no a la guerra” a las nueve de la mañana para luego volverse a la cama, como después de la meada de las nueve de la mañana.

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Sánchez, entre clarines, gaitas o legañas, nos explicó que “la posición de España se resume en cuatro palabras: no a la guerra”, y eso es algo innegable. Es decir, no se puede negar que Sánchez lo ha reducido todo a ese bostezo perezoso, a esa rascada de ingle, a esa frase de taza o de cojín, a pesar de que un buen gobernante no debería funcionar como un fotógrafo de gatitos. Entre irse a la guerra de Terminator o de Gila e irse con guitarra al barco de Chanquete hay muchas posibilidades, y sin duda la que más le conviene a España no está ni en un extremo ni en el otro. Lo que le conviene a Sánchez, sin embargo, sí está siempre en un extremo. Siempre es la guerra total o la pasividad total, el desplante ante Trump o Musk y la sumisión ante Puigdemont, Otegi o Marruecos. Eso sí, ni sus guerras de boquilla o de gallitos ni sus serenatas y reverencias descoyuntadas tienen nada que ver con el interés del país. Le decía sabiamente a Susanna Griso el gran Inocencio Arias, con doctorado o pontificado de pajarita, que solo hay que recordar que, hace nada, la mayor preocupación que tenía Albares (o sea Sánchez) en la Unión Europea era que se hablara catalán.

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Sánchez no es ya que esté contra Trump, que casi todo el mundo lo está salvo los que quieren (también aquí) que les regale una gorra, una franquicia o un virreinato. No, lo malo es que Sánchez se aparta de la postura de la UE, que está siendo, con sus matices, un comprensible e intranquilo pragmatismo ante un conflicto que ya se ha iniciado y que no va a parar ni, sobre todo, va a mejorar por salir con bongos a la calle o por hacer detox mañanero ante las cámaras (podrían posar Sánchez y Begoña como John y Yoko). O sea, ocuparse de la seguridad propia y de los aliados cuando Irán está atacando como a pedradas el mapa, y también de la estabilidad económica, que tiene más que ver con el suministro energético y las rutas de comercio que con prometer ayuditas, achicorias y zurraspas al castigado ciudadano, como ha insinuado Sánchez. No hace falta siquiera estar de acuerdo en que el criminal y aciago régimen iraní es el gran promotor mundial del terrorismo y el gran desestabilizador de la zona o de todo el mundo (Oriente Medio es la llaga que nunca se cierra). No hace falta recordar que también se intervino en los Balcanes sin muchas venias, ni que la propia ONU reconoce el deber de proteger a los pueblos incluso contra sus gobernantes, si son unos asesinos. Solo hace falta preocuparse más por tu país que por tu propaganda o tu salvación.

Todo lo que hace Sánchez, en la Moncloa, en Europa y en el mundo, se explica únicamente por sus necesidades

La gran farsa de Sánchez no era la mañana heroica y un poco aria que escogió para hacerse el protagonista que se sube al caballo, el audaz cínico que considera una hazaña perjudicar a todos (España, Europa y el mundo) para beneficiarse él (de nuevo polarizar para movilizar). Ni hablar delante como de un gran espejo de estanque, mirándose las trenzas de guerrero o de arcángel, en vez de hacerlo en el Congreso. La gran farsa de Sánchez es que no tiene política exterior, solo nacional, o no tiene siquiera política nacional, solo política doméstica, la que se ocupa de su casa, de su trono monclovita de colchón o de retrete. Nada en la política exterior de Sánchez tiene sentido para España (Marruecos, Argelia, Venezuela, China, OTAN, más las guerras personales contra los conflictos globales o contra sus neuras particulares). Todo lo que hace Sánchez, en la Moncloa con albornocito, en Europa con la pandereta y en el mundo con la guitarra, se explica únicamente por sus necesidades. Todas las guerras son la de Sánchez, la de Irán, la de Gaza, la de Puigdemont, la de los jueces, la de la prensa, la de la mentira, la del Peugeot. A la guerra de Sánchez si que habría que decirle que no.

Hay que darle la razón a Sánchez, no en su postura ante la guerra, que más que valiente es dominguera, festivalera, interesada y barata, sino en eso de que él es un gobernante de cuatro palabras. Incluso de menos, que el sotanillo de la Moncloa saca de vez en cuando un solo palabro churrero que da para media legislatura churrera. Eso sí, ahora parece que la pereza o el agotamiento ya no dan para inventar relatos o leyendas nuevos y hay que tirar como del cine mudo que hacían Aznar, Blair y Bush, que tampoco es algo tan raro después de habernos sacado el Nodo de Franco. La verdad es que en Irak no había nada de lo que nos decían, pero en Irán está todo lo que ya sabíamos. Aunque nada de esto importa mucho. La necesidad de Sánchez siempre se convierte en interés general, o el interés general se define como la necesidad de Sánchez.

Sánchez ha recuperado el “no a la guerra” y es capaz de traernos todavía el hula hoop y al hombre de la tónica, al que le puede hacer oposición casi como a Aznar o Felipe. Sánchez ha sacado del cajón de los botones incluso la patria, esa cosa tan facha. Ahora hasta Yolanda está con el patriotismo, y Óscar Puente se ha colocado en 'X' un banderón de España como de Marta Sánchez. Por supuesto, confunden el matonismo de Trump, contra el que le defienden, como no podía ser de otra forma, la UE y hasta yo, con el heroísmo de Sánchez, que nunca fue sino interés y ya va siendo, más incluso que mentira, holgazanería o cobardía, traición. Atacaba Sánchez, inconmensurable en el cinismo, a los que usan “el humo de la guerra para ocultarse”, y seguía mirándose las trenzas en el lago de fango o brea.